sábado 24  de  enero 2026
RELATO

La mala suerte de no ser Groenlandia

Vivencias que toman forma de relatos y conllevan a la reflexión

Diario las Américas | CAMILO LORET DE MOLA
Por CAMILO LORET DE MOLA

“Lo que te traje de Cuba es mucho mejor de lo que me encargaste”, ese fue el mensaje que Alejandro me dejó en el teléfono tan pronto aterrizó en Miami.

Unas semanas antes habíamos escrito a cuatro manos un cuestionario que él tendría que presentarle a cuanto cubano se cruzara en su camino durante su obligada visita a la familia en fin de año.

La idea era conocer por referencia propia cuan informados de la realidad estaban los cubanos de a pie, comprobar si era cierto que las nuevas tecnologías les habían ayudado a mirar allende los mares o si seguían encasillados en los canales de información del régimen. Era un sondeo a base de preguntas elementales y en lenguaje coloquial, que no levantaran suspicacias ni los miedos habituales.

Temas como: ¿Qué sabes de lo que le pasó a Maduro?, ¿Cómo anda la guerra entre Ucrania y Rusia?, ¿Qué te has enterado sobre un brete con Groenlandia?, ¿Tienes idea de lo que es El Toque?, o, ¿Sabes si todavía existe la ley de ajuste cubano?

Pero Alejandro lo modificó todo y se apareció con una prueba de campo distinta, diferente de cabo a rabo, pero según dice, superior a la original. Alejandro se justifica asegurando que la culpa del cambio de la encuesta la tuvo la pregunta sobre Groenlandia, “todos estaban al tanto de lo que pasaba, pero además se declaraban indignados porque no les pasara a ellos”. Se hace evidente que estoy literalmente perdido con el cuento que me trae, por eso se sienta, me pide calma y me invita a que comencemos desde el principio.

“Los cubanos de ahora son anexionistas, todos quieren que llegue Trump y convierta el país en el estado 51 de los Estados Unidos”.

Yo me río pensando que es una broma, pero el tipo sigue serio y además agrega, “los cubanos con que hablé no entienden a los que viven en Groenlandia, dicen que ojalá, Trump o cualquier otro millonario, quisiera comprarlos a ellos, que sería una fiesta nacional”.

Le rebato, eso quizás pasa en el pueblo de sus padres o entre los cuatro gatos que consiguió entrevistar, para mí el nacionalismo cubano está sostenido por enormes cabillas desde la época de José Marti y José Antonio Saco. Incluso pienso que el nacionalismo ha servido como una carta de emergencia que nuestros políticos y dictadores se sacaban de la manga en momentos críticos. Para pruebas un botón:

El presidente auténtico Ramón Grau San Martín, siendo interrumpido en medio de un acto porque le llamaba el embajador de Estados Unidos, dijo “dígale al embajador que ahora estoy hablando con el pueblo”. La frase fue repetida hasta el cansancio como un ejercicio chovinista de autenticidad criolla.

También consiguió aplausos redoblados Fulgencio Batista durante su primer gobierno, defendiendo la cubanía con la anulación de la enmienda Platt y además devolviendo a Carlos J. Finlay su lugar en la historia de la medicina que intentaba ser arrebatado por unos doctores estadounidenses.

Mucho más reciente, el escritor y bloguero cubano Ernesto Hernández Busto fue atacado por Tirios y Troyanos luego de sugerir que la única solución para la crisis cubana era una invasión estadounidense. Por eso me parece imposible que todo cambiara en tan poco tiempo y tildo de estafa la historia con que se me aparece Alejandro.

Desde La Habana Liliana me lanza un cubo de agua fría: “es verdad”, me dice cuando le consulto y me deja sumido en un silencio de sorpresa, “pero no es un problema de banderas y nacionalismo, estamos pensando con el estómago, la cosa va tan mal que no hay quien aguante un periodo de transición a lo venezolano”.

Le hablo de la diáspora, de los exiliados, que quizás lo que quieren es el regreso de los cubanos de afuera, “en tu grupo nadie piensa, muchos ni confían en lo que dicen, como que hablan por ustedes no por nosotros”, me honra al colarme entre la oposición del lado de acá, pero me ofenden al vernos como egoístas de un solo lado, cuando es el respeto a ellos lo que siempre hemos defendido.

Liliana es una de las voces más seria que nos llega desde Cuba, sus análisis siempre imparciales y profundos me llevan a no tener de donde asirme para dudar de lo que dice, “¿no has visto los letreros que aparecen por todas partes?, están pidiendo que después de Maduro ahora vengan por Canel?, ¿qué crees que es eso?, están pidiendo que vengan, que invadan, y que junto con las armas ¡traigan jama!, como gritaba aquel loco”.

Me defiendo con que a lo mejor equivocan los términos, que lo que quieren es salir del régimen, quitarse el yugo de tantos años de desgracias, “nooo, compadre, como decía Marx, hay que comer y vestirse antes de pensar en política, y aquí estamos encueros y con hambre, lo que quieren es que vengan, pero que vengan ya”

Le pregunto por los revolucionarios, “existen, pero muchos de ellos cambiarían con solo un empujoncito, ahora mismo todos los que marchan tienen un sobrino que le manda las vitaminas desde enfrente”.

A mi pregunta de si no hay alguien en la dirección del régimen dispuesto a morirse por la revolución y de paso arrastrar a la muerte a los tontos útiles, Liliana insiste que los de arriba ya están echados a perder, “ganando dólares con sus inventos y rezando por un cambio negociado donde ellos sigan bailando y poniendo la música al mismo tiempo”.

Insisto en que no creo que los cubanos estén pidiendo una intervención o una ocupación que acabe en una anexión. Sería un cambio radical después de tantos años de nacionalismo a ultranza, de lágrimas por México, de gritos por Granada y Panamá, “ahora lloran también, pero por la mala suerte de no ser Groenlandia, por la desgracia de no estar cerca del polo norte, o porque no vivamos en la ruta de los barcos chinos o los submarinos rusos”, se calla por uno segundos, la siento respirar al teléfono antes de contraatacar, “no tenemos nada que sirva de carnada para engoar a Trump, es triste pero en los últimos años nos devaluamos, chico solo nos queda apelar a su buena voluntad”, así llama Lilian a la posible invasión con la que sueñan: buena voluntad.

Liliana me asegura que la nueva generación de cubanos desconfía de todo discurso, “el oficial y el apócrifo”, que dan por cerrado el capítulo de la fuga hacia los Estados Unidos por lo que su única esperanza es que “el monstruo venga a por ellos, porque al menos Martí vivió en el monstruo, nosotros no queremos morirnos sin la experiencia”

Reconecto con Alejandro para disculparme luego de haberlo llamada estafador, el tipo se ríe y me dice que no me preocupe, que no he podido vivir como él el momento del apagón, porque la mejor encuesta es estar despierto y atento cuando se va la luz, “el cubano grita, se desahoga, se le sale todo en ese instante y lo que más hace es llamar a Trump, pidiéndole que no se olvide de ellos, que venga de una vez”

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