Seguramente, muchos lectores recordarán una novela de la británica Agatha Christie titulada Diez negritos. En el curso de la misma, diez personas eran citadas a una isla donde, uno tras otro, caían muertos sin que pudiéramos saber quién era el asesino. 

Sobre la base de la letra de una canción, uno tras otro, acababan pasando de este mundo al otro. Tanto fue su éxito que del famoso libro de Christie se realizaron distintas adaptaciones cinematográficas, incluida una soviética. 

Yo lo he recordado al ver el toque de difuntos por la carrera de Dilma Roussef.  Me explico. Hace apenas un trienio, la existencia del denominado por unos “socialismo del siglo XXI”, y por otros, populismo latinoamericano, parecía que iba a disfrutar de un brillante futuro. Con el respaldo económico de la Venezuela chavista y el apoyo logístico de la Cuba castrista, Nicaragua, Bolivia y Ecuador se habían sumergido en regímenes parecidos. Por su parte, tanto Argentina como Brasil – con gobiernos apenas más moderados – ponían de manifiesto que incluso las naciones más relevantes del subcontinente podían verse atraídas a apoyar e incluso a imitar esos derroteros políticos.  Que semejantes gobiernos contaban un enorme futuro quedó aún más de manifiesto cuando en una de las últimas monarquías teocráticas del mundo – el estado Vaticano – la aristocracia que elige al jefe del estado optó por un cardenal argentino llamado Bergoglio. 

El nuevo papa – que escogió el nombre de Francisco – tenía precedentes de entendimiento más que profundo con Fidel Castro y, por eso mismo, parecía la persona adecuada para entenderse y pactar con dirigentes como Correa o Morales. 

Las piezas encajaban o, al menos, eso parecía. Y entonces, cuando el papa Francisco había conseguido que Obama tendiera una mano a los Castro y se había convertido en el primer valedor de Maduro, los diez negritos de Hispanoamérica comenzaron a caer.  

Como si el pontífice transmitiera la mala fortuna, apenas separados por semanas, Maduro perdió el control del poder legislativo enfrentado con una desagradable oposición institucional; el kirchnerismo fue derrotado electoralmente en Argentina abriendo paso a uno de los intentos más sensatos de levantar a la gran nación suramericana. Morales se vio desposeído de un instrumento para perpetuarse indefinidamente en el poder y Correa comenzó a enfrentarse con serias dificultades que no sabe abordar, más que por la vía contraproducente de subir los impuestos.  Ahora, como pieza más que decisiva, el Partido de los trabajadores de Brasil está a punto de perder la presidencia tras casi década y media de dominio político.  En todos y cada uno de los casos, las derrotas sufridas por los distintos gobiernos han sido asestadas de manera pulcramente democrática y no mediante la violencia o el golpismo. 

No soy tan ingenuo como para pensar que los diez negritos tienen poca vida por delante. En algún caso, su existencia se prolongará meses; en otros, semanas; en casos como el nicaragüense durará años y, por último, el final de la dictadura cubana seguramente no tendrá lugar antes de una década. 

Sin embargo, como en la novela de Agatha Christie, los negritos han comenzado a caer y, al fin y a la postre, no quedará ninguno.  Esta vez, sin embargo, la canción que marcará su desaparición no será otra que la de la libertad.           

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