domingo 22  de  febrero 2026
PERIODISTA Y ESCRITOR SATÍRICO

Los últimos papeles de James

Meses antes me había adentrado en su novela más conocida, ‘Liberación’, pero nada tan próximo al sonido del alma como estos poemas crepusculares, versos que se abrazan a la vida con la serenidad que solo proporciona saber que ya todo ha terminado. “Of a whole thing. Show me the sea, / Second son, for the one time: the one time. Of all. Real God, roll. Roll”

Diario las Américas | ITXU DÍAZ
Por ITXU DÍAZ

Dicen que nunca es tarde. He bebido por primera vez de la obra del poeta estadounidense James Dickey este verano, con una pequeña y deliciosa obra póstuma. Casi unos apuntes del entretiempo mortal, filmados en verso, mientras la vida se abre a la salitre y a la luz tibia de la noche en el mar; ese océano que supo confinar en una vitrina para deleite de sus lectores. Una pincelada para cerrar el gran lienzo de sus poemas, las últimas piedras que labraba cuando sus pulmones terminaron de complicarle la vida, al alba de 1997. Al cese lento del oxígeno, nos cuentan los estudiosos de su obra, su vida y su poesía saltaban de la vejez a la juventud. Y para terminar, volver a empezar. Siempre hay un niño esperándonos al otro lado de la madurez.

Meses antes me había adentrado en su novela más conocida, ‘Liberación’, pero nada tan próximo al sonido del alma como estos poemas crepusculares, versos que se abrazan a la vida con la serenidad que solo proporciona saber que ya todo ha terminado. “Of a whole thing. Show me the sea, / Second son, for the one time: the one time. Of all. Real God, roll. Roll”.

Un intelectual tenaz. Toda la literatura, la clásica y la más reciente, destila en cada palabra de sus versos. No hay más azar en su obra que el que lector quiera soñar. Por eso su poesía es también un viaje, el que se inicia en cada verso hacia los mil destinos de su ademán literario. Que James Dickey construía imágenes enormes, preciosas, y espeluznantes, que zarandean el alma, la imaginación, que nos despiertan del tedio del verano, en estas tardes de agosto, para comprender otras vidas dentro de nuestra vida.

Y está la guerra, negro fantasma, a la que sobrevivió, blanco fantasma. Poeta y aviador. Tiempo de dolorosas imágenes, del horror a la pólvora y la sangre, indelebles en la memoria. Forjó su sensibilidad entre la brutalidad de dos guerras en las que sirvió a su país: la Segunda Guerra Mundial y la Guerra de Corea. Pero él era el estudio y no la guerra. Eran los libros y no la aviación. Era, al fin, un intelectual, a quien la guerra lanzó a su destino, cuando al fin la poesía pudo ser algo más que un bálsamo para sus soledades, y se convirtió en un poeta, un lúcido, sólido, y prestigioso poeta. Nada más, nada menos.

No sé si le resultó más fácil escapar a la guerra de los bombardeos o a la de la publicidad, en donde hubo de malgastar sus primeros ingenios, para ganarse la vida antes de que los versos le lanzaran al olimpo, en donde más tarde sería premiado, querido, estudiado, y envidiado. Poemas de profesor, los suyos. Dicen que son los mejores. Quizá todo depende del corazón, del estudio, y del talento. James Dickey lo tenía todo: la bravura intelectual, el talento para enseñar, el corazón para sentir que, después de todo, la vida cabe mejor en un verso.

Conferenciante, siempre poeta, crítico literario, elevó el modernismo más allá de donde los ingratos oportunistas pretendían soñarlo, y demostró sin pretenderlo que, a lo largo del tiempo, los idiomas, las costumbres, y las corrientes literarias, hay dos grandes clases de escritores: los que merecen la pena y los que no.

A veces los libros tienen ediciones a la altura de su contenido. ‘Death, and the Day’s Light’ es un libro para leer, para respirar, para acariciar, para guardar como un tesoro en la parte a oscuras la biblioteca. Un libro de los de antes, sin urgencias, para toda la vida. Quizá en la magia de su carácter culminante e inacabado se despliega su vocación de eternidad. Y siempre habrá una ocasión para abrir sus páginas al azar -una noche, una tenue melancolía, una pulsión del invierno- y navegar en la tranquila balsa de James Dickey, del amor a la guerra, del dolor a la marea, de la soledad al abrazo, aprendiendo tal vez en estos versos a mirar al océano con los ojos de la calma.

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