viernes 14  de  agosto 2026
DESPUÉS DEL TIFÓN 

Filipinas: la religión como tabla de salvación

El país tiene 100 millones de habitantes y más del 80% de la población se declara católica

Esperanza Calvo Vázquez/Especial

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Una de las primeras cosas que volvieron a la normalidad casi inmediatamente en Tacloban fue la religión.

En Filipinas, un país de 100 millones de habitantes donde más del 80% de la población se declara católica, ni siquiera la fuerza del tifón apartó a la gente de la iglesia.

Lo sabe bien Adela Robles, una voluntaria de la Parroquia de Santo Niño que días después de la tormenta intenta limpiar -a mano y con el agua de lluvia que ha recogido en un caldero- el fango que impregna los manteles del altar y las sotanas de los curas. Dice que es importante volver a la normalidad cuanto antes. u201cMuchos culpan a Dios, creen que lo podía haber evitado. Yo no, yo le doy gracias porque estoy viva y porque mi hijo sobrevivió. Casi se ahoga con el tsunami porque no sabe nadar bien u201d, recuerda.

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Adela vive cerca de la parroquia, fruto de la herencia colonial española. Es uno de los templos más grandes de Taclobán. Como ella, otras 200 personas acudieron a misa a las 7 a.m. el pasado día 8 de noviembre, cuando llegó Yolanda.

Consiguieron terminar el oficio pero en seguida se dieron cuenta de que los vientos eran demasiado fuertes y que éste no sería un tifón cualquiera. Desde luego, no uno más. Comenzaban a volar las primeras vidrieras y las palmeras se doblaban como si fueran de goma.

Los sacerdotes decidieron entonces abrir las puertas del convento y acoger allí a toda aquella gente. u201cTodos a la cocina, en la primera planta u201d, ordenó el padre Amadeo. Había muchos niños pequeños y la gente estaba nerviosa. De pronto, un estruendo enorme desató el pánico. El tejado de la iglesia acababa de volar por los aires. El viento lo había arrancado de cuajo.

El padre Amadeo decidió subir a su habitación de la segunda planta, había olvidado algo (ya no recuerda qué). De pronto, vio que la muchedumbre lo seguía escaleras arriba. u201c u00bfPor qué me siguen? Esperen en la cocina u201d, les dijo. Pero el agua ya alcanzaba la cintura de los que estaban en la planta baja. Comprendieron entonces que aquello era mucho más que un tifón y que el viento, misteriosamente, había producido un tsunami. Es decir, lo nunca visto.

u201cLo peor duró como 10 minutos, en los que realmente no sabíamos hasta dónde subiría el agua. Intentamos tranquilizar a la gente, pero el momento fue muy dramático u201d, recuerda el sacerdote. Cuando el viento comenzó a aflojar, decidió armarse de valor y bajar a comprobar los daños. u201cMe llevé el teléfono, pensé que era importante grabar en qué estado había quedado todo para que lo viesen nuestros superiores en Manila u201d, explica. Los vídeos que grabó son estremecedores. u201cPero afortunadamente en esta iglesia, los daños fueron solo materiales. Ninguno de los que se refugiaron aquí resultó herido aunque muchos perdieron sus casas y a familiares o amigos u201d, dice emocionado.

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El padre Amadeo no tiene mucho tiempo para entrevistas. Lleva una llave inglesa en la mano porque tiene que arreglar el único todoterreno que sobrevivió al tifón y que no está seriamente dañado. Los sacerdotes los necesitan para distribuir ayuda entre la red de albergues de la iglesia pero también, en los primeros días, para poder ir a los enterramientos masivos, a las fosas comunes.

u201cNos gustaría haberles dado a todos ellos un entierro digno, individualizado. Pero dadas las circunstancias ha sido imposible u201d explica Monseñor Opiniano, al frente de la parroquia. Recuerda perfectamente la extraña calma que llegó después del tifón, y cómo los sacerdotes de todo Taclobán salieron a la calle a dar la extremaunción a todo el que la necesitó. u201cLa gente tiene que estar segura de que la iglesia está allí para rezar por ellos. Todo el mundo es una víctima aquí, los que se han ido y los que permanecen, que están tan ocupados en sobrevivir que tampoco pueden ayudar a los demás. Por eso nuestro papel es importante. Tienen que saber que estamos con ellos u201d, explica.

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Los sacerdotes realizan el camino hacia las fosas comunes en silencio. Lo han recorrido demasiadas veces los últimos días. A veces se nos olvida que los hombres de Dios también son humanos. Y esa montaña de cadáveres apiñados en los camiones la forman, a fin de cuentas, los que fueron sus vecinos. u201cPuede que la religión no sea la prioridad en estos momentos. Está claro que la emergencia sanitaria obliga a darles sepultura lo antes posible. Pero la fe juega un papel importante aquí. Las familias necesitan consuelo, necesitan saber que sus muertos han sido bendecidos y que rezamos por ellos u201d, dice el padre Isagani, el más joven de todos ellos.

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El funeral es sencillo. No hay familiares presentes, ni flores, ni lágrimas. Tan sólo los sacerdotes, que rocían los cuerpos con agua bendita tras pronunciar un responso.

Bomberos y periodistas guardan silencio, intentando soportar el hedor de tanta muerte. u201cMis hombres están muy afectados, estamos enterrando unos 500 cuerpos por día u201d, reconoce Lionel Aurelio, el jefe del grupo. u201cSomos bomberos, estamos acostumbrados a ayudar a la gente, no a enterrarla u201d.

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