Por ORLANDO LÓPEZ-SELVA
Especial

El 16 de septiembre último, Taiwán confirmó que estaban rotas las relaciones con las Islas Salomón, hasta ese momento, un viejo aliado de Taipéi en Oceanía.

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Ahora Taipéi solo cuenta con 16 países de la comunidad internacional que le reconocen diplomáticamente. Esta acción es otro golpe bajo del régimen de Pekín que quiere forzar a rendirse a los 27 millones de taiwaneses que aman la libertad, para apoderarse paulatinamente de la isla e integrarla bajo su jurisdicción territorial.

¿Por qué Pekín actúa así? ¿Qué debemos hacer?

Mi punto. El desmembramiento paulatino de los amigos de Taiwán, por parte del régimen comunista chino de Xi Jin-ping, es una injusticia mayúscula. Es un crimen diplomático que debe poner en pie a la comunidad internacional. Hay que frenar estas jugadas sucias. Es un crie de cœur. Toda injustica que padezca el pueblo taiwanés, cada vez que el dragón gigante le arrebate a uno de sus aliados, es inaceptable. Es asqueroso. Estados Unidos debería actuar. Europa Occidental y todos los países latinoamericanos también. ¿Es tanto el miedo que le tenemos al nuevo emperador de Pekín que vamos a callarnos al ver estos desmanes?

En los años 50 y 60 del siglo pasado eran frecuentes las muestras de rabia de Mao Tse-tung. La entonces Unión Soviética tenía un territorio mucho mayor, y la mitad del mismo estaba en el Este asiático. Y, según él, esta parte le había sido arrebatada por los zares rusos. Y lo mismo argumentaba acerca de Mongolia. Ya no digamos los otros territorios que poco a poco China continental fue despojando, por la fuerza o diplomáticamente: Tíbet, Macao, Hong Kong.

Taiwán siempre ha estado en la lista para proseguir con el despojo. Y aunque el "camarada" Mao sea historia, esas mismas rabia y frustración han sido heredadas por los otros líderes chinos posteriores: desde 1975 a Deng Shiao-ping, hasta el último emperador, Xi Jin-ping.

Y como ahora vivimos en una era donde deberían prevalecer el derecho internacional y la cooperación internacional, se ejecuta el rapto de manera más solapada y sutil. Pero la malévola torpeza es perceptible.

La historia de despojos en estos últimos tres años es larga. No los vamos a enumerar aquí. Contar las bajas es lamentarse de lo perdido. Hay que ver con optimismo hacia adelante.

No vamos a discutir acerca de los argumentos de Pekín que ve a Taiwán como una provincia rebelde. No. Eso es inaceptable. En Taipéi hay un régimen democrático establecido y electo popularmente, con separación de poderes y regido todo por un Estado de derecho.

Demás también está decir que Taiwán, un país algo más pequeño que Costa Rica, con una población igual a la de Venezuela, es la economía número 19 del mundo. ¿Puede algo ser más elocuente y tangible?

Es sabido que Washington le está suministrando aviones, tanques y otros pertrechos militares al gobierno de la presidenta Tsai Ing-wen. Pero acá hay una clara ambivalencia, mientras el gobierno norteamericano reconoce de iure a la República Popular de China, es solo de facto el reconocimiento para Taiwán, el amigo verdadero, el aliado, la nación que sigue los valores occidentales, respeta los derechos humanos y practica las libertades y la democracia.

¿Qué pasa con la Unión Europea?

No es válido argumentar que como en la casa europea todos están afanados queriendo resolver uno y mil problemas, los asuntos más allá de sus narices son para después. ¡Nein! ¡Pas possible! Basta un precedente para la reciente cumbre del G-7: los incendios en la Amazonia.

¿O han olvidado los europeos occidentales la historia? ¿En la medida que Inglaterra, con su entonces primer ministro Neville Chamberlain, le consentía todo arrebato a Adolph Hitler, la Alemania nazi de entonces, se sentía más permitida y consentida para hacer lo que quisiera, y convertir al Tercer Reich en la mayor amenaza mundial de mediados de los años 1930?

¿Por qué se hacen tanto de la vista gorda los teóricos y gerentes de la diplomacia europea al ver todos los vejámenes sucedidos con los tibetanos, uigures, hongkoneses, taiwaneses?

El cuento rayado de que en Taiwán no hay petróleo, sería un argumento inmoral, estólido. Ahí hay 27 millones de personas que comulgan con los más fuertes y dignos valores occidentales en el continente asiático: los libertarios, los capitalistas y los democráticos.

¿No es suficiente? ¿O queremos ver otro Hong Kong en el territorio de la hermosa Formosa?

El filósofo contemporáneo francés Bernard-Henri Lévy, en su libro: The Empire and the five Kings: America´s abdication and the Fate of the World, sostiene que cinco antiguos imperios: Rusia, Turquía, Irán, los islamistas raciales sunitas ―y China, desde luego― quieren destruir los valores occidentales que son el sustento de nuestra civilización.

Si nos apegamos a la teoría ―y cada vez más convertida en hechos palpables de China― veremos que Taiwán, además de ser para el régimen de Pekín una provincia rebelde, sería una puñalada hartera ejecutada contra Occidente.

¿Qué pasaría si Taiwán decide darle un manotazo a China...? ¿Saltarán los camaradas escarlatas gritando que los agredieron? No. El partido comunista no pondrá reparos. No se contendría. Entonces ―y confiemos en que la violencia no tenga cabida― los neo-comunistas yuaneros saltarán con todo su arsenal y pertrechos. Ellos están ahora creando las condiciones para que cuando haya que actuar de forma militar, ya la diplomacia esté atada y enmudecida.

En Pekín están haciendo lo más que pueden para ver hasta dónde los dejan llegar.

Ahora, para frenar esos zarpazos inadmisibles de "los camaradas", hay que actuar. No se le puede dar largas a un asunto de esta naturaleza, porque si la diplomacia multilateral occidental no actúa pronto, después todo estaría salido de las manos.

Estoy seguro de que los taiwaneses actuarán con dignidad, patriotismo y responsabilidad. Pero ellos solos no podrían enfrentase en largas a sus agresivos vecinos.

Faltan más acciones solidarias y visibles desde esta parte del mundo para detener a un nuevo imperio que no cree en leyes, respeto ni valores.

¿Qué esperamos?

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