Por ORLANDO LÓPEZ-SELVA

Especial

Cenamos en el hotel. Menú variado; aunque el acento recaía en lo asiático: chino y japonés. También había algunos platillos occidentales. Y uno que otro pringue indonesio, coreano.

Dormí como niño. Había salido de mi casa a las 5.00 de la mañana de un viernes. Llegué a mi destino un domingo, a las 6:00 am, después de 15,000 kilómetros y 23 horas de vuelo. Pasé por cuatro aeropuertos. ¡Ah! Los cansados trámites aduaneros, migratorios, y el check-in hotelero.

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El lunes, me desperté a las 4:00 am. Cumplí mis deberes higiénicos. Bajé a desayunar a las 6:30. La hostess del restaurante me recibió sonriente; usó el good morning, prestado para mí. Había comensales japoneses y chinos, identificables; un par de italianos, audibles. Tomé un periódico: el New York Times (lo único que podía entender). Leí un artículo extenso sobre la crisis venezolana. El resto de noticias se enfocaban en la región. Pero sí hojeé los otros diarios en Mandarín. Todos en formato grande, papel muy fino, abundantes colores, muchos anuncios.

Quería salir del hotel. Recordé unas líneas de un poema significativo para mí, de Robert Louis Stevenson:

I should like to rise and go

Where the golden apples grow;

Where below another sky,

Parrots islands anchored lie,

And, watched by cockatoos and goats,

Lonely Crusoes building boats…

Ningún negocio abría hasta las 9:00 am. ¿Estaba extasiado por estar en Asia o había redescubierto un país portentoso que me tenía fascinado?

Una ligera lluvia humedecía todo y refrescaba la mañana. Tomé un paraguas prestado del botones del vestíbulo. Las sonrisas siempre acompañaban a las palabras. No sabía dónde ir; pero quería caminar. Volver a las calles que es donde mejor se ve la vida.

Caminé, sin saberlo, hacia la Zhongshan North Road. Elegante boulevard. Saqué mi teléfono para hacer un video de la calle que, salvo los rótulos, parecía la avenida de una urbe occidental. Un hombre, con un sombrero cónico ―que vemos, usualmente, en los recolectores de arroz de Vietnam―, limpiaba la calle. ¿Quién ensucia? Por cierto, en los árboles no vi pájaros, ni oí trinos, aun cuando fui a un parque cercano. En Nueva York se ven y se oyen. [Recordé mi afición de birder].

Seguía la tenue brisa. Llegué a un cercano Seven-Eleven. Entré. Escuché el acostumbrado “Zhiao æn”, con ese cadencia lánguida que tienen ciertas expresiones mandarinas. Hurgué con la vista todos los productos. En el periódico había leído que los 7/11 estaban por todas partes, hasta el punto que se habían convertido en una referencia postal por su ubicuidad.

Hotel Okura
Lobby del hotel Okura Pretige en el distrito Jhongshan.
Lobby del hotel Okura Pretige en el distrito Jhongshan.

Los estantes llenos de comidas, que solo podía saber que lo eran por las viñetas en los envoltorios. Cierto, había productos que tenían alguna rotulación en inglés. Muchos eran de China Continental, Filipinas, Japón. La variedad de alimentos rápidos ―y snacks― era enorme. Todo es micro-ondeable.

Una anciana japonesa (lo intuyo) llegó frente a mí; juntó sus manos y se inclinó brevemente. ¿Gratitud porque le había ayudado a cruzar la calle?

Un par de mujeres guapas, de olor fresco, desayunaban ahí. Cuarentonas, paraguas al lado; los escarlatas labios les encendían el rostro y alegraban sus pálidos ojos erguidos ―como las modelos de Modigliani. Sentadas en una barra tomaban café; comían una especie de dumplings; usaban palillos, mientras leían en sus celulares. Una de ellas compró el periódico y se quedó absorta. Al quedarla viendo, alzó su mirada y me sonrió. El maquillaje de sus ojos desnudó un par de ligeras arrugas. Ella nunca supo que la habría querido dibujar. La observaba con mirada de recién llegado. En su rostro había gracia y distinción. Se llevó la mano derecha al cabello y lo cruzó con cuatro de sus dedos. Nunca más nos volveríamos a ver. Fue un encuentro breve de miradas: la mía, curiosa; la de ella, sorprendida.

Compré una pasta dentífrica y rasuradoras. Al preguntar el costo, la cajera me señaló el precio en una calculadora de mano. Pagué y salí.

Caminé dos cuadras más. La lluvia arreció y, aun con paraguas, me había mojado la espalda. Pero deseaba seguir por esos callejones lóbregos y sinuosos, con más rótulos que gentes: edificios gastados, silenciosos, grises, que escondían vidas. Un hombre que vendía dumplings, desde un carrito-paraguas ―después supe que eran de harina y rellenos de pescado―, me dijo algo. Nunca lo sabré.

Regresé a mi habitación del Okura Prestige. Ví la tv. Canales en mandarín; unos 3 o 4, en japonés; otros 3 en inglés; y 1 en árabe.

Desde la ventana de mi habitación escudriñaba todo. Taipéi es una mezcla de viejos y modernísimos edificios. Hay un río estrecho y des-arbolado que serpentea por la ciudad, dándole un toque fresco.

Este país está ansioso de ser reconocido por tirios y troyanos. Su hospitalidad natural, también sirve para propósitos políticos internacionales. Los vecinos continentales todo lo quieren para sí. ¿Es posible que Taiwán sea reconocido, en un futuro cercano, por muchas más naciones?

Debe cambiar estrategia.

Taiwán necesita más aliados. Aunque Washington los abandonó en 1971, pero por debajo les tiende la mano. ¿Cuánto más por hacer? Beijing quiere a toda la antropología china bajo su alero intolerante. A eso le llamo: empire-building process.

Taiwán requiere una diplomacia más creativa, enfocada en los ongs. ¿Aliados fuertes o pequeños y numerosos?

Cerca de las 9:00 am., bajé al vestíbulo. Esperé a Víctor y a Irina ―dos taiwaneses amables y sonrientes que nos mostraban su país, con humildad y candor.

Nos juntamos todos. Subimos al bus. Fuimos al Ministerio de Información. Vimos un video sobre el desarrollo, belleza y anhelos de Taiwán.

Taiwán tiene 36,000 kms².

¡Cuánto han conseguido en solo 70 años! No solo es el trabajo de un pueblo; es también el espíritu, su cultura milenaria que sabe vivir. Mi padre decía que la inteligencia suprema yace en el-saber-vivir. Esa frase la asocio a una amiga de la familia nuestra, doña Angela Quant.

Después del video, nos llevaron a una tienda de suvenires. Delicada y preciosa. Taiwán sí ama la belleza.

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