Por ORLANDO LÓPEZ-SELVA
Especial

Después de un almuerzo, fuimos al museo del Chiang Kai-Ckek, el fundador de la República de Taiwán. Todos los detalles de este padre de la patria estaban recogidos con buen gusto y minuciosidad geométrica. Sus libros, vestimentas, pequeñas pertenencias, escritos, fotografías, carros, sillas, pinceles, y hasta una Biblia. Todo exhibido para que aprendiéramos de la personalidad y vivencias de este gran hombre: el artífice indudable de la gran dignidad de Taiwán. Y además un líder seminal para la construcción del carácter y el espíritu de los taiwaneses, como lo fueron David Ben-Gurión para Israel, Lee Kwan Yew para Singapur, o Sukarno para Indonesia.

La visita concluye en un salón magnífico donde una gigantesca figura de Chiang Kai-Chek yace sentada en un gran trono. Me recordó la de Abraham Lincoln, en Washington. Igual pose, aquel en mármol; este, tal vez, en bronce. Frente al mismo, hay cambio de guardia. Soldados de blanco y azul cuidan al eterno patriota que mira hacia el horizonte de un país que yace erguido, enhiesto, como un mástil en medio de la nave que se enrumba por aguas procelosas.

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Los edificios del museo ostentan ese inconfundible rasgo de la arquitectura china de techos de semi-arcos que terminan en puntas levantadas como alas de sombrero, y pequeñas tablillas yuxtapuestas, a guisa de las tejas de nuestros países.

Uno siente la devoción taiwanesa hacia el patriota.

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El museo del Chiang Kai-Ckek, el padre fundador de la República de Taiwán, recibe cidentos de visitantes cada día.
El museo del Chiang Kai-Ckek, el padre fundador de la República de Taiwán, recibe cidentos de visitantes cada día.

El generalísimo Chiang, en gran medida, tuvo mucha influencia occidental: sus trajes de gala, sus carros Chevrolet, Buick, sus lecturas de escritores occidentales, sus citas en discursos.

En Oriente, mirar hacia Occidente ¿era una actitud de admiración? ¿O indicaba solo una referencia por la crisis entonces, señalando los valores que forjaban a los estados modernos?

El centro de poder mundial está en Asia. Es una indudable realidad política, económica -y, paso a paso- cultural. ¿Cuándo en Occidente disminuya todo el caudal de instituciones e ideas, sin dudas, los colosos asiáticos impondrán sus referentes en todos los campos o solo habrá mayor diversidad?

Al ver el despertar pujante de Estados Unidos, el poeta Rubén Darío se preguntó en ("Oda a Roosevelt"): "¿...cuántos millones de hombres hablaremos inglés?..."

Cabe hoy otra pregunta: ¿Cuántos millones de hombres hablaremos mandarín?

Después del museo fuimos a un mercado de la ciudad. Según me dicen, hay tantos por todas partes. Este no era nocturno. Pero, sin dudas, ese adjetivo era oscilante.

[En mi mente preguntaba: ¿Cómo pudieron los comunistas de Mao querer frenar las inclinaciones naturales de un pueblo hacia el comercio, sabiendo que ello era anacrónico y contrario a la naturaleza humana?].

Pude caminar entre las gentes y verles de cerca, oír sus palabras -que aunque no comprendiera- eran un referente maravilloso de la diversidad humana para mí. Mi único contacto verbal se limitaba a decir: "¿Do you speak English?", con la esperanza de iniciar un diálogo que me abriera las puertas. Pero, me sentí impertinente, ignorante.

Los rostros de los taiwaneses son limpios, como si no tuvieran preocupaciones. O, tal vez, era su ataraxia natural. Pero sí sentí, de manera constante, la amabilidad y las sonrisas -viniendo más de las mujeres jóvenes que lucían interesantes sin pretender coqueteos-, como una manifestación de amistad sincera. Hoy esa característica fácilmente se perdió entre los grupos sociales que asumen la modernidad en Occidente.

Mientras transitábamos por ese mercado de aromas múltiples -colores viejos como estampas en sepia, mezcladas con los brillos del toque moderno- me di cuenta de que los taiwaneses comen de todo, y a cualquier hora. Pequeños tramos, ventas y carritos de comida; todos ofreciendo algo al paladar del transeúnte. ¡Son omnívoros 24-7!

Presente en todo, el negocio de las comidas callejeras o de variedad infinita. Graham Greene -en una de sus novelas- decía que "todo chino es un cocinero natural". Nada más cierto. Vi todos los platos (no es una hipérbole), ingredientes, especias, vegetales, animales, frutas, etc. La imaginación no suple.

No vi pordioseros ni mendigos. ¿Pas des clochards dans les rues?

Ahí sentí el sabor de todo lo chino. En las vitrinas, exhibidores y cajones, las frutas y carnes secas, las especias, las maderas (¡el bambú, la seda, y la cerámica hechas piezas artísticas; ¡ovunque Io guardavo, como dirían los italianos!). Y todo dispuesto con simetría, armonía colorida, buen gusto. La policromía como deleite a mis pupilas. ¡Ah! Este es el rostro de la cultura china que mis ojos disfrutan.

Me sentía atraído por los ideogramas. Secretos que se ven pero no se nos revelan. Unos pocos trazos, tantas ideas. Sentía un placer inconmensurable al ver tantos escritos, hechos con pinceles gordos. ¿Así serían los del Giotto di Bondone?

Taiwán parece estar en transición hacia la pos-modernidad, de una manera vertiginosa, sin cambiar sus raíces. Y a pesar de estar viendo hacia adelante, también mira hacia atrás. O mejor dicho, hacia dentro. Los taiwaneses no se alejan de lo ancestral. A diario, pasan de un extremo al otro; oscilan entre digitalización y tradición. Un ejemplo; aunque ellos hayan aprendido a usar los cubiertos occidentales, nunca abandonan los palillos. [Bueno, de niño aprendí a contar con un ábaco chino. Mis hijas aprendieron con calculadoras y smart-phones].

Los mercados son puntos de referencia desde y en donde se puede ver todo el quehacer cultural, humano, creativo y económico de una nación. Es una especie de ojo para ver el todo (un Aleph, para usar un símbolo Borgesiano).

Rápidamente me di cuenta. El comercio chino no cesa. De día gravita alrededor de las grandes instituciones: bancos, agencias de gobierno, las mega-tiendas y restaurantes; y de noche, gira en torno a las pequeñas empresas. Ahí todos son el homo faber moderno. Y en estos pequeños burgos nocturnos, uno ve a China como un gran mercado multicolor y sin tiempo.

Apesarado estuve por mi carencia del Mandarín. Quería preguntar con ingenuidad y curiosidad: ¿Qué cosa es eso?

Regresamos al hotel.

Taiwán vive intensamente de día y de noche. Esta hecho de hierro; huele a té. El ritmo no cambia, solo el color del tiempo.

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