Orlando López-Selva
ESPECIAL

El Gobierno de Taiwán, bajo el liderazgo de la presidente Tsai Ing-Wen, ha mantenido una postura digna ante las amenazas del régimen comunista de Xi Jin-ping. Xi disputa la independencia de los taiwaneses y su disposición de ser un país independiente y soberano: de valores políticos propios, sistema democrático y capitalismo sin controles estatales.

En pocas palabras, el ascenso a la cumbre de la híperpotencia del régimen de Pekín busca someter a todos al orbe chino. Y ello le lleva, injustamente, a pretender apoderarse de Taiwán, como si fuera una ex colonia. Condición que nunca tuvo. Pero, lo hacen con base en sus avasalladores antecedentes imperiales en Tíbet, Macao, y Hong Kong.

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Mi punto. Taiwán es un aliado importante de las democracias occidentales. Es una nación democrática, libre, próspera (la economía número 22 del mundo). Si dejamos que el régimen de Pekin se la tome ―por la vía marxista de socavar sus instituciones, hackeando sus sistemas, o usando la fuerza militar― estaremos fortaleciendo a otro monstruo dictatorial. Eso no debe ser. No luchar por Taiwán, sería, de entrada, darle ánimos a China Continental para que atropelle a todos sus vecinos aquende o allende de los mares.

La historia del porqué existe un Taiwán es simple. Cuando en los años 1940 luchaban ―los guerrilleros guidados por Mao Tsé Tung contra los nacionalistas (del Kuomintang), liderados por Chiang Kai-Chek― los comunistas triunfaron. Así, el generalísimo Chek fue a refugiarse a la isla de Formosa (hoy Taiwán) donde asentó su gobierno y fundó una nueva república.

¡Válido!

Hay que destacar un hecho importante para el derecho internacional. Formosa (como le llamaron los exploradores portugueses a Taiwán) nunca estuvo bajo la jurisdicción de Pekín (como se le decía entonces a Pekín).

Es más, una gran cantidad de países occidentales reconocían al gobierno de Chiang Kai-Chek, como el legítimo representante chino.

Pero como Mao Tsé-tung era comunista, Rusia, en el Consejo de Seguridad de la ONU, se opuso a que se reconociera a Taiwán. Ello conllevó, muy cándidamente a los países occidentales a reconocer al régimen comunista de Pekín como el único Estado chino.

Desde entonces, Taiwán ha estado luchando solo. Y en ese esfuerzo, dos docenas de países le han reconocido (¡Es una lucha encomiable!). En ese proceso, la maligna diplomacia comunista ha ido forzando la merma de los aliados ―con donaciones cuantiosas, inversiones en áreas de desarrollo prioritarias, o mediante chantajes e intimidaciones― para arrebatarle aliados a Taipéi.

Es verdad, desde el fondo de su conciencia y sabiendo quienes son sus verdaderos aliados, Washington ha propiciado un reconocimiento solo de facto de Taiwán. Y la aprobación, el 7 de mayo pasado, en la cámara de representantes de Estados Unidos, de la Taiwan Assurance Act es un respaldo tácito a Taipéi.

¿Eso es suficiente?

No. Falta hacer más.

Me atrevo a decir que Taiwán es el único país en el mundo que utiliza una diplomacia full-throttle para sobrevivir. Y, admirablemente, no solo sobrevive, sino que progresa.

Históricamente, ha habido países que comparten el mismo nombre. Ha habido tres Guineas, tres Guayanas, dos Alemanias, dos Vietnam, dos Coreas, dos Sudán. ¿Por qué no pude haber dos Chinas? ¿O, acaso el argumento étnico debe forzar a todo mundo a vivir bajo un mismo paraguas porque así lo deciden los más grandes y poderosos?

Taiwán es un Estado probo. Es un Estado ejemplar en el concierto de naciones: es democrático, generoso; no agrede a nadie, ni pretende erigirse en potencia avasalladora, como lo demostrado ser la otra China.

Consecuente con ese comportamiento, en el 2005, el régimen comunista aprobó una Ley anti-secesión que no permitiría que Taiwán se independizara. Algo muy propio de estos regímenes, ya que en los años 70, la Unión Soviética aprobó “La doctrina Bredznev”, para que ningún país bajo su órbita regresara al capitalismo. ¿Una misma actitud represiva contra dos problemas distintos?

Y debemos luchar contra eso no solo para vivir en un mundo más plural. Sino porque todos debemos, también, propiciar la justicia internacional, desde la perspectiva de los non-state actors.

Por otra parte, hay un componente maligno en la pretensión de China Continental para boicotear la condición de Estado independiente de Taiwán, o de amenazar con invadirle. Si Taiwán es engullida, bajo el pretexto de que Pekínlo hace porque quiere reunir a todos los chinos en un solo Estado. Ello se equipararía a la política exterior perversa de Hitler en el Sudetenland, para anexar a la Checoeslovaquia de entonces. Esa “invasión ligera” condujo a la II Guerra Mundial ―diz-que por razones para homogenizar y acoger bajo una sola patria a todos los alemanes, en otros Estados. Ello se dio ante la pasividad e indiferencia occidentales.

Por tanto, en la pretensión de Pekín de instaurar “Un Estado: dos sistemas”, hay una intención clara de violar tres principios del derecho internacional: libre determinación, independencia, soberanía popular. Casualmente, reñidos con los ideales libertarios de los 23 millones de taiwaneses que no quisieran vivir bajo la dictadura intolerante de los nuevos emperadores rojos, solo porque son más grandes y fuertes.

El sistema internacional debería ya tomar cartas en el asunto. No solo por cuestiones de justicia, sino porque, de otra manera, políticamente, estaríamos sentando un precedente: permitiéndole a la imperial China asumir que el mundo no cuestionaría un despojo o vejación cometido contra pueblo pequeños.

Un nuevo orden internacional debe asentarse sobre principios de justicia, igualdad, solidaridad, y pluralidad.

Si queremos vivir en una más justa comunidad de naciones, la causa de Taiwán es un tema que debe conducirnos a la acción.

Taiwán es pequeño solo geográficamente. Pero su sentido de dignidad, éxitos económicos, valores y libertades le convierten en una gran nación y modelo.

La caridad, en el plano internacional, comienza por nuestros aliados. Y, sin dudas, Taiwán, es uno de ellos. Es un Estado-nación que se podría extinguir, si el gran dragón le atrapa entre sus repugnantes garras.

¿Por qué darle más alas a Pekín?

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