POR ÁLVARO ALBA
ESPECIAL
POR ÁLVARO ALBA
ESPECIAL
Por 17 años la política rusa se rige por una sola persona, Vladimir Vladimirovich Putin. El 31 de diciembre de 1999, el presidente Boris Yeltsin renunció y le da el mando. Desde entonces el país lo controla el excoronel de la KGB quien mantiene desde el Kremlin hábitos, estrategias y métodos de la policía secreta soviética. Lo mismo como presidente que como primer ministro.
La nomenklatura soviética y rusa lleva a la cima a los que consideran en el proceso como figuras neutrales, deslucidas, sin ambiciones aparentes. Así fue con Nikita Jruschev en 1953 al morir Stalin; con la selección de Leonid Brezhnev en 1964 o con Mijail S. Gorbachev en 1985. Yeltsin y los oligarcas rusos escogieron como sucesor a un gris funcionario que se destacó por su fidelidad.
La fuerza de Putin surge al unificar a los “siloviki”, la élite gobernante que se nutre de los ministerios de Defensa, Inteligencia y Seguridad. Y si vienen de Leningrado, mucho mejor. El KGB fue desintegrado pero sus oficiales estaban en el aparato gubernamental, oficinas del Kremlin, y con la llegada al poder de Putin volvieron estos a ser “el Estado dentro del Estado”, “la nueva nobleza rusa”, los “siloviki”.
Putin nació en Leningrado en 1952 y siendo estudiante de secundaria fue a la oficina local de la KGB para alistarse como voluntario, sin éxito. Entonces matriculó jurisprudencia en la universidad e ingresó al partido comunista. Fue reclutado por el KGB cuando cursaba el cuarto año y enviado al contraespionaje para espiar turistas, estudiantes y extranjeros residentes.
Con buen dominio del alemán, en 1984 fue director de la Casa de Amistad RDA-URSS en Dresde. El fin del bloque socialista en 1989 lo sorprendió allí y regresó para ver un país que vivió la perestroika y el glasnost. Aunque siguió en la nómina del KGB, no fue hasta agosto de 1991 que presentó la renuncia.
En San Petersburgo laboró como asesor del rector de la universidad y en 1990 se unió al equipo del presidente del Soviet local, Anatoli A. Sobchak, líder demócrata del momento y aliado de Yeltsin. Le aconsejó en política exterior y comercio internacional, y siempre estuvo a su lado, llevando las maletas, dando papeles o abriendo la puerta del auto. Lo nombraron presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores y vicealcalde de la ciudad. En 1996 su protector perdió las elecciones a la alcaldía y parte del equipo fue llamado al Kremlin para reforzar la administración presidencial.
Con la experiencia de San Petersburgo, llegó a Moscú como vicedirector de la administración presidencial. A cabalidad cumplía las órdenes de Yeltsin y en 1998 se convirtió en el director del Servicio Federal de Seguridad (FSB). En agosto de 1999 fue primer ministro y prometió cazar a los separatistas chechenos “aunque se escondan en el retrete”. El vocabulario rudo del premier gustó al ruso. El siglo XXI se inició en Rusia con el traspaso de poder de Yeltsin a Putin.
Las elecciones presidenciales de marzo del 2000 fueron “a lo soviético”, con alto porcentaje de votación, nada de debates y Putin no tuvo que ir a segunda vuelta.
Su popularidad aumentó a pesar de tragedias nacionales como el hundimiento del submarino Kurks, la toma de rehenes en la escuela de Beslan y en un teatro moscovita. Las guerras en Georgia, Ucrania, anexión de Crimea, asesinato de opositores, envenenamiento, lo hicieron más popular.
Realizó transformaciones constitucionales que solo dieron acceso a la Duma a los que se presentaban por lista partidista, los gobernadores regionales no se eligen, son nombrados por el presidente. El período presidencial va de cuatro a seis años. Por lo que Putin puede seguir hasta el 2024. Haciendo que el “putinismo” vaya adquiriendo conceptualización y malas mañas.
Su vida personal está llena de mitos enaltecidos por una prensa servil. De estatura pequeña, (1.68 -5.6) no aparece con frecuencia junto a personas altas.
Fue el primer mandatario del Kremlin que se divorció. Sus aventuras con una gimnasta que promovió a diputada en la Duma son tabú en la prensa rusa.
Los miles de burócratas y políticos rusos han recibido como regalo de Año Nuevo una colección de citas de Putin, que fue enviada por la presidencia rusa. En 400 páginas, con el título “Palabra que cambia el mundo”, el Kremlin agrupó 19 discursos y artículos del mandatario. También se vende en las tiendas del país el agua de colonia “Líder”. La caja tiene la silueta de Putin y por 6.000 rublos (85-90 dólares), cualquier hombre en Rusia huele como el presidente.
Vanidad y orgullo sobran. Se retrata manejando un submarino, un avión militar, a caballo, en auto de Fórmula 1 o motocicleta. Sin camisa, con el rostro al descubierto, pesca, caza o cocina salchichas al fuego. Es judoca, cazador, pescador y piloto.
Su rostro, que llena las oficinas gubernamentales, primera plana de los diarios y noticieros del país, en vez de envejecer con los años rejuvenece. El misterio de la fuente de la juventud está al alcance de muchos, inyecciones de Botox en el rostro y una que otra intervención quirúrgica alrededor de los ojos.
La prensa notó en el 2010 los primeros rasgos de la transformación, pues en un viaje a Ucrania apreciaron una protuberancia alrededor del ojo izquierdo que expertos coincidieron en identificar como una operación cosmética.
En más de una ocasión ha desaparecido su imagen omnipresente, lo que motiva especulaciones sobre su estado de salud, pero reaparece con rostro juvenil.
