El combate de boxeo del pasado 27 de agosto entre los mexicanos Leo Santa Cruz y Abner Mares en California dejó muy buenas sensaciones, grandes números televisivos y mucho dinero en los bolsillos de los protagonistas, aunque no fue necesariamente así entre gran parte de la afición cubana a este deporte en Miami.
Varias son las razones por las que una gran parte de esos fanáticos de este deporte no se siente atraídos por el estilo que mostraron los dos guerreros mexicanos en esa cartelera que rompió records de audiencia en ESPN y ESPN Deportes.
Primero, creo que hay un cierto desdén hacia la manera en que los boxeadores mexicanos logran su objetivo de ser estrellas, ese estilo agresivo pero que muchas veces carece de una técnica depurada, elemento fundamental en figuras cubanas como Guillermo Rigondeaux y Erislandy Lara, quienes dominan el arte de Fistiana a la perfección, pero no acaban de convencer con su estilo evasivo y, muchas veces, de pocos golpes.
También, y esto lo comprendo mejor, la frustración de esos seguidores del boxeo cubano que han visto por décadas a sus ídolos deportivos dominar el escenario olímpico y que observan cómo aquí no ha sido así y que el mercado es dominado por pugilistas de otras nacionalidades que –muchas veces- no tienen la calidad de los suyos provoca malestar, furia, roña y sentimientos de animadversión.
Esa parte, repito, la entiendo mucho más y la vivo a diario en mi show de radio.
Otro aspecto es el de la asimilación a la realidad del boxeo profesional que exige espectáculo, acción y casi siempre sangre. Hay que tumbar, hay que aniquilar, hay que noquear al contrario. Eso siempre llama la atención, gusta a la esencia del ser humano (de siempre) y ayuda a vender las peleas. Y ahí es donde puede estar el meollo del asunto.
¿Vender o no vender? Hay que ofrecer entretenimiento para que las televisoras te busquen como boxeador en esta batalla de ratings televisivos y los famosos pay-per-view que pagan las acciones en el ring y dejan ganancias a los involucrados.
Ahí es donde creo que los boxeadores cubanos de los últimos tiempos han sufrido con su estilo y, aunque me duela decirlo, por su falta de preparación para los rigores del boxeo profesional fuera del cuadrilátero. No todo ocurre dentro del ring, sino que hay que hacer las cosas bien afuera también y, sobre todo, estar bien asesorado.
Con los cubanos, eso no siempre pasa.
A todo lo anterior se suma la parte de negación de estas estrellas caribeñas de innegable calidad de cambiar en algo su estilo o, al menos, aumentar su actividad en el cuadrilátero, sobre todo cuando son parte de grandes eventos y muchos ojos se fijan en lo que hacen.
Es por eso que los tildan, no siempre con razón, de aburridos. Y sus fanáticos los defienden a capa y espada. De ahí la disyuntiva que mencionaba al comienzo de qué era mejor, una llamada pelea de gallos o el arte de dar y que no te den. Una pelea de cervecería o un bailarín en el ring que pueda dar una demostración artística.
No quiero entrar en los sentimientos o intereses nacionales porque, aunque los mencionan siempre, yo personalmente no creo que la nacionalidad importe siempre al boxeo como negocio en Estados Unidos. Es cierto que si eres mexicano, tienes la ventaja de una fanaticada grande y leal. Pero también es cierto que muchos no mexicanos han vencido en este país. Manny Pacquiao, Sergio Martínez, Gennady Golovkin son buenos ejemplos.
Mientras vamos discerniendo qué es en realidad lo que le gusta a la gran mayoría, la disyuntiva se mantiene viva para los boxeadores cubanos. Unos todavía con posibilidades de brillar; otros ya casi fuera de batalla.
¿Cuál es cuál?
Sólo el tiempo nos lo dirá.