lunes 29  de  junio 2026
ANÁLISIS

250 años buscando la felicidad

La pregunta para los gobernantes es inevitable. ¿Están construyendo felicidad o simplemente administrando y acumulando poder?

Por Ricardo Trotti

A diferencia de la formación de otras naciones, hace 250 años los fundadores de Estados Unidos tuvieron la visión de consagrar the pursuit of happiness, la búsqueda de la felicidad, en la Declaración de Independencia de 1776, junto al derecho a la vida y a la libertad.

Fue un enorme gesto filosófico de Thomas Jefferson. Recogió en esa frase siglos de pensamiento, desde los filósofos griegos y romanos que situaron la felicidad en el centro de la vida virtuosa, hasta los filósofos morales escoceses. Y fue aún más audaz al reemplazar la “propiedad” de la tríada clásica de John Locke —vida, libertad y propiedad— por la búsqueda de la felicidad, prefiriendo la aspiración del alma a lo material.

Para los padres fundadores, según explica Jeffrey Rosen en The Pursuit of Happiness (2024), esa felicidad no era placer ni bienestar personal, como suelen simplificarla los índices que cada año coronan a los países escandinavos como los más felices del mundo. Esas métricas miden servicios, seguridad y confort. Un país puede tener los mejores hospitales y asfixiar la disidencia. Puede ofrecer seguridad material y perseguir la fe. Puede garantizar el bienestar y restringir las libertades individuales.

Para los fundadores, la felicidad tenía más que ver con el autodominio, la mejora del carácter y el uso de la razón para alcanzar la tranquilidad necesaria para el crecimiento personal. En definitiva, no se trataba de sentirse bien, sino de ser buenas personas y buenos ciudadanos.

Franklin, Washington, Adams, Jefferson, Madison y Hamilton, los arquitectos de la república, la encarnaron cada uno a su manera. Franklin la vivió como una virtud activa y como un servicio a la comunidad. Adams, como responsabilidad moral. Washington, como sacrificio. Aunque podía gobernar de por vida, entregó el poder tras dos mandatos y sentó el precedente más importante de la democracia moderna.

Cuando los fundadores redactaron la Constitución y, poco después, la Primera Enmienda, la búsqueda de la felicidad quedó fuera de la estructura legal. Y, sin embargo, es el principio que las agrupa y les da sentido. La libertad de expresión, de prensa, de religión, de petición y de reunión solo cobran pleno significado si contribuyen a una vida virtuosa y plena.

La felicidad virtuosa debería ser la vara con la que medimos a nuestros gobernantes y a nosotros mismos como sociedad. No el PBI, ni las encuestas de satisfacción, ni los índices de bienestar. La pregunta que deberíamos hacerles a Trump, a los republicanos y a los demócratas, y a los gobernantes y partidos de cualquier país, es si están construyendo felicidad colectiva o simplemente administrando el presente con la vieja coartada de Bismarck, que la política es el arte de lo posible.

Los 250 años se celebrarán este 4 de julio con fuegos artificiales, pícnics y discursos que, como suele ocurrir, terminarán polarizando más que uniendo. Pero si nos sentamos mentalmente con aquellos fundadores y pensamos en lo que concibieron, su mandato trasciende las fronteras de una nación y nos interpela a todos los seres humanos y a los gobiernos del planeta.

La pregunta para los gobernantes es inevitable. ¿Están construyendo felicidad o simplemente administrando y acumulando poder?

Y para nosotros, los ciudadanos de aquí y del mundo, la pregunta es igual de incómoda. ¿La hemos perseguido como una empresa colectiva, o la hemos reducido a un scroll infinito de satisfacciones instantáneas? ¿Estamos tratando de ser buenas personas, o solo de sentirnos bien?

En un próximo post reflexionaré sobre la felicidad y la bondad, dos virtudes que van de la mano y que son, justamente, la esencia de mi tercer libro de la trilogía Robots con Alma.

¡Recibe las últimas noticias en tus propias manos!

Descarga LA APP

Deja tu comentario

Te puede interesar