Estas discrepancias muestran que el republicanismo difícilmente puede comprenderse desde sus manifestaciones históricas o desde determinadas instituciones políticas. Parece necesario buscar un fundamento más profundo, capaz de explicar por qué conceptos como ciudadanía, patriotismo, bien común, participación política o virtud cívica aparecen una y otra vez asociados a esta tradición.
Ese fundamento no es otro que una determinada concepción de la persona.
Toda filosofía política supone una determinada respuesta a la pregunta por el hombre. Antes de organizar el poder, toda comunidad necesita saber quién es la persona y cuál es el camino que conduce a su plenitud. El espíritu republicano responde a esta cuestión recuperando una de las intuiciones más fecundas del pensamiento clásico.
Aristóteles sostuvo que el hombre es por naturaleza un zoon politikon, un viviente político, un ser social por naturaleza. La afirmación suele entenderse como una simple referencia a la vida en sociedad. Su alcance, sin embargo, es mucho mayor. Significa que la comunidad política no constituye un artificio creado para satisfacer necesidades materiales, ni un simple instrumento al servicio de intereses individuales. La polis representa el ámbito donde la persona alcanza la plenitud de su humanidad.
La política deja entonces de ser una mera técnica de administración para convertirse en una dimensión constitutiva de la vida humana.
Desde este principio cobran sentido todos los rasgos que tradicionalmente caracterizan al espíritu republicano. La ciudadanía deja de ser únicamente un estatuto jurídico para convertirse en una realidad ética. El patriotismo deja de entenderse como un sentimiento pasajero para transformarse en una virtud. La participación política deja de responder exclusivamente al interés personal y pasa a concebirse como un camino de perfeccionamiento humano.
Todo ello puede resumirse en una idea fundamental: la persona es un ser constitutivamente relacional, desde otros, con otros y para otros.
Vivimos desde otros. Nuestro origen no está en nosotros mismos. Nadie se ha dado la existencia. La vida es recibida antes que conquistada. Ese carácter originariamente donal explica por qué la gratitud constituye una de las primeras virtudes del espíritu republicano. Quien comprende que la vida es un regalo descubre también que la familia, la tradición y la patria forman parte de aquellos bienes que merece la pena cuidar, proteger y transmitir.
Desde esta perspectiva, la vida humana posee una dignidad que antecede a cualquier decisión política o reconocimiento jurídico. Cada persona constituye un ser único e irrepetible y, precisamente por ello, el respeto, la promoción y la defensa de la vida desde la concepción hasta la muerte natural forman parte del núcleo mismo del espíritu republicano.
También desde aquí encuentra su fundamento el patriotismo.
No entendido como una forma de nacionalismo excluyente ni como una exaltación retórica de los símbolos nacionales, sino como una virtud cívica. Después de Dios y de los padres, la patria constituye uno de los grandes principios de nuestro propio ser. En ella hemos recibido una lengua, una historia, unas instituciones, unas costumbres y una memoria común que ninguna generación crea por sí sola.
El patriotismo expresa, por tanto, una forma de gratitud hacia esa comunidad histórica que nos precede y que hace posible nuestra propia existencia. No consiste únicamente en un sentimiento. Implica deberes concretos de respeto, servicio y responsabilidad hacia el bien de la nación.
Pero la persona no solo vive desde otros, vive también con otros.
La convivencia pertenece a la naturaleza misma del hombre. Vivir es convivir. La familia, las comunidades intermedias y la ciudad constituyen los espacios donde la persona aprende aquello que ninguna existencia aislada podría enseñarle.
La tradición griega utilizó la palabra logos para designar simultáneamente la razón y la palabra. No es una casualidad. La palabra permite unir, reunir y acoger. Gracias a ella el diálogo se convierte en la forma más propiamente humana de convivencia.
Por eso el espíritu republicano sitúa el diálogo en el centro de la vida social y política.
No cualquier conversación merece ese nombre. Dialogar significa buscar juntos la verdad. Significa comprender que la política no puede reducirse al enfrentamiento permanente ni a la simple confrontación de intereses. La ciudad existe precisamente para hacer posible esa búsqueda compartida del bien común.
Es en la familia, en las comunidades intermedias y en la vida pública donde encuentran su verdadero sentido la amistad cívica, la justicia, la solidaridad, la prudencia, la veracidad, la cordialidad y el respeto recíproco. Todas ellas forman parte de las virtudes que el espíritu republicano considera indispensables para sostener una comunidad política verdaderamente humana.
La tercera dimensión de la persona consiste en vivir para otros.
Ser para otros significa darse. Significa comprender que la libertad alcanza su expresión más alta cuando deja de girar exclusivamente sobre uno mismo y se orienta hacia el bien de los demás. Nadie puede darse si antes no es dueño de sí mismo. Por eso, el espíritu republicano entiende que la libertad no consiste simplemente en elegir, sino en elegir el bien y poner esa libertad al servicio de los otros.
Desde esta perspectiva, el amor deja de ser únicamente un sentimiento privado para adquirir una dimensión social y política. Amar es querer el bien del otro y trabajar perseverantemente para alcanzarlo. Junto al bien de cada persona existe un bien que pertenece a todos y que solo puede alcanzarse viviendo en comunidad. Ese bien es el bien común.
Con frecuencia se confunde el bien común con el interés de la mayoría o con la suma de intereses particulares. No son equivalentes. El bien común es el bien de ese "nosotros" formado por personas, familias y comunidades que integran la sociedad. No constituye un bien abstracto separado de quienes la componen. Existe precisamente para que cada persona pueda alcanzar más plenamente su propio desarrollo.
Trabajar por el bien común significa cuidar el conjunto de instituciones, costumbres y relaciones que hacen posible la convivencia. Significa fortalecer la justicia, proteger la libertad, promover la paz social y crear las condiciones para que las familias, las comunidades y las personas puedan realizarse plenamente.
Desde aquí resulta posible comprender el verdadero sentido de la participación política.
Con demasiada frecuencia la política termina reducida a una disputa por el poder o a un mecanismo para defender intereses particulares. El espíritu republicano propone una visión distinta. La participación política constituye una forma privilegiada de crecimiento humano. El ciudadano no participa únicamente para obtener beneficios. Participa porque reconoce que el destino de la comunidad también forma parte de su propio destino.
La ciudad ofrece al hombre la posibilidad de desarrollar virtudes que difícilmente podrían cultivarse en el ámbito exclusivamente privado. La prudencia para deliberar, la justicia para decidir, la fortaleza para sostener convicciones, la magnanimidad para trabajar por objetivos que superan el interés inmediato y la amistad cívica para convivir con quienes piensan distinto forman parte de esa educación política.
Por eso el republicanismo valora la participación pública por razones éticas antes que estratégicas. Participar significa involucrarse en una empresa común que permite desarrollar plenamente las capacidades humanas. La política deja de ser una actividad reservada a especialistas y vuelve a convertirse en una responsabilidad compartida por todos los ciudadanos.
Esta manera de comprender la vida pública explica también otro rasgo característico del espíritu republicano: la austeridad.
La austeridad republicana no equivale a pobreza ni a desprecio por los bienes materiales. Se trata, más bien, de una moderación que permite mantener el justo orden entre los bienes privados y las responsabilidades públicas. El problema no es la prosperidad. El problema aparece cuando la búsqueda ilimitada del bienestar individual termina desplazando el cuidado de la res publica.
La tradición republicana siempre sospechó de una sociedad donde el afán de poseer absorbe completamente la atención del ciudadano. Quien vive exclusivamente preocupado por incrementar su patrimonio termina alejándose de los asuntos comunes y empobreciendo la vida política.
Montesquieu observaba que el amor a la república exige frugalidad en la vida privada porque solo quien domina sus deseos puede dedicar tiempo y energías al bien de la comunidad. Del mismo modo, Alexis de Tocqueville advertía que las sociedades democráticas podían alcanzar elevados niveles de riqueza y refinamiento y, sin embargo, perder aquello que constituye su verdadera grandeza. Podían producir ciudadanos prósperos, excelentes comerciantes y familias respetables, pero difícilmente formar grandes ciudadanos si la igualdad terminaba separándose de la libertad y de la responsabilidad.
La observación conserva hoy una sorprendente actualidad.
Vivimos en sociedades extraordinariamente preocupadas por el crecimiento económico, la distribución de la riqueza y la ampliación de derechos. Todo ello posee indudable importancia. Sin embargo, ninguna república puede sostenerse únicamente sobre instituciones, leyes o programas públicos. Todas ellas necesitan ciudadanos capaces de ejercer las virtudes que hacen posible la convivencia.
Las instituciones no viven por sí mismas, necesitan personas que las sostengan, necesitan familias que eduquen en el sentido del deber, necesitan escuelas que formen el carácter, necesitan comunidades donde el diálogo prevalezca sobre la descalificación, necesitan ciudadanos que comprendan que la libertad encuentra su plenitud cuando se pone al servicio del bien. Quizás esa sea la principal enseñanza del espíritu republicano para nuestro tiempo.
Durante décadas hemos discutido intensamente sobre sistemas políticos, reformas constitucionales y modelos económicos. Mucho menos frecuente ha sido la reflexión acerca del tipo de ciudadano que esas instituciones requieren para permanecer vivas.
El espíritu republicano recuerda precisamente esa verdad olvidada. Las repúblicas no nacen únicamente de una Constitución, nacen del carácter de sus ciudadanos, comienzan allí donde las personas descubren que la vida es un don recibido, que solo pueden realizarse plenamente viviendo con otros. Y que la libertad alcanza su mayor dignidad cuando se convierte en servicio.
En tiempos marcados por el individualismo, la fragmentación social y la creciente desconfianza hacia la política, recuperar ese espíritu constituye mucho más que una tarea intelectual. Representa una necesidad cultural y cívica.