La Copa, así se llamaba el centro del universo para los que nacimos y nos criamos en el barrio de Miramar, allá en La Habana de la segunda mitad del siglo XX.
Vivencias que toman forma de relatos y conducen a la reflexión
La Copa, así se llamaba el centro del universo para los que nacimos y nos criamos en el barrio de Miramar, allá en La Habana de la segunda mitad del siglo XX.
Era una enorme cuadra, al menos así la recordamos, donde lograban sobrevivir algunos negocios heredados del capitalismo, en especial el Ten cent; con aire acondicionado y una enorme cafetería decorada con pinturas alegóricas a las provincias del país.
Por cierto, que se me aguaron los ojos cuando hace poco descubrí las pinturas del Ten cent en una galería de arte aquí en Miami, fue como volver a saborear el batido de la infancia, que mi abuela pagaba puntualmente cada sábado y que en mi fantasía infantil me lo servían en el mismo vaso que sostenía la mujer del cuadro que representaba a La Habana.
Cuando en las casas decíamos “voy pa’ La Copa” todos sabíamos que no nos referíamos a la escultura de estilo romano que se levantaba en la quinta avenida sino a la cuadra donde estaba la fuente vacía donde jugábamos a los “cogidos”, el aparato de “fronzen” con helados de barquillos a quince centavos, la barbería infinita por el efecto de los espejos que te repetían miles de veces, o la rampa pulida por la que nos deslizábamos como tobogán de parque de diversiones.
Quienes tenían la dicha de vivir en esa cuadra también le daban brillo al lugar, como las hermanas Inguanzo, con un talento increíble para las artes y que siendo muy jóvenes vivían solas en un apartamento. O Sandra, una muchachita encantadora, hija de un “yuma”, que acumulaba a más de un pretendiente en los bajos de su balcón. O Manolo Portales quien llegó a convencerme de que era el hombre anfibio porque pasaba más tiempo en el mar que en su casa.
También había personajes siniestros como un hombre con un garfio por mano que vivía en la casa de la piscina de enfrente a la estación de gasolina y que había venido deportado, expatriado decían entonces, de los Estados Unidos. O Cándida, la ‘chivata’ oficial del barrio que le amargó la vida al 80% de los vecinos.
El exilio me regaló una maravillosa prima, la intelectual cubana Uva de Aragón, que además de ser la única persona que conozco orgullosa con el legado de sus dos padres, me dejó boquiabierto al saber que, generaciones antes, ella reinó en la cuadra de mis recreos. Había crecido en la casa que conocimos como la embajada de Yugoslavia, la de la enorme antena en el patio y un policía con fusil en la puerta. Uva me demostró cómo, en diferentes momentos, vivimos el mismo sueño de tomarnos el guarapo de “los chinos” o sentarnos a romancear en el murito de la jardinera de la peletería y que nos regañaran por correr por los pasillos de la única tienda por departamentos que había en el barrio.
Conseguí que Uva conversara con Vesna Majstorovic, la hija del embajador de Yugoslavia que en los 70 ocupaba la que fuera su casa y sin el menor reproche las dos se entregaron a un recorrido imaginario por cada habitación del segundo piso, por la cocina, la puerta enrejada y el patio de aquel paraíso que, por razones diferentes, disfrutaron en su infancia.
Le cuento a mi nueva prima que la morriña me lleva a buscar en Internet las imágenes disponibles del que fuera mi parnaso y que quedó espantado al ver lo destruido que está todo. Ella sonríe, así de arrasado lo veía ella hasta que dio conmigo y escuchó mi descripción de lo dorado y brillante que refulgían los vestigios de lo que fuera “su Copa”.
Uva me pide que revise las fotos del destrozo actual para que vea que aún hay niños jugando y riendo, o parejas felices, porque, según me dice, cada cual consigue la felicidad con lo que hereda.
Y si dudo, que me mire en el espejo mientras repaso mis recuerdos de la pizzería desbaratada donde disfrutábamos del “mejor espagueti del mundo”, (que ahora ni me atrevería a probar), sentados en una mesa desgastada, sucia y porosa por el uso, donde llegábamos a sentirnos los monarcas del universo.
Uva tiene razón, pero ahora mismo no estoy en la pizzería: me veo sonriendo, caminando por el “diente de perro”, así llamábamos al arrecife de la costa, sorteando los punzantes erizos para lanzarme al mar de mi barrio, ese que ahora, solo existe en mi cabeza, o en el recuerdo de todos los que alguna vez tuvimos una galería de lujo, un palacio de puertas abiertas como el de la calle 42, entre primera y tercera.
