Reclamo mi derecho a cometer errores. Estoy cansado de que los gobernantes y otros animales salvaguarden mi moral, vigilen la conveniencia de mis expresiones en la prensa, y juzguen mis acciones con una condescendencia que –y con reparos– solo le consiento a la madre que me parió. Sí, de acuerdo, soy un imbécil. Ya está. Espero que te hayas quedado satisfecho. Ahora, déjame que sea un imbécil feliz.

Cambio de opinión a menudo, me equivoco con un increíble porcentaje de acierto, y tengo la peor opinión posible de los fast-checks, que no son otra cosa que la versión periodística y snob del repelente de la clase; en particular, cornearía con entusiasmo el culo de todos los que titulan con la jactanciosa cantinela de la doble negación: “No, el Gobierno no ha dicho que seáis todos unos idiotas”, “No, ser monárquico no aumenta el riesgo de coronavirus”, o “No, Elvis no está vivo escondido en una cabaña del Orinoco y cazando mapaches para sobrevivir mientras intenta ligar con una anacoreta que se alimenta de escorpiones”. El Walter Burns del Chicago Examiner preferiría ser pianista de un burdel antes de titular algo con una doble negación.

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Soy problemático para los nuevos ricos de jersey de cuello vuelto de Silicon Valley. Me gusta pensar cosas que el resto del mundo cree que son muy equivocadas. Disfruto ese momento tanto como un salmón luchando contra los chorros de un jacuzzi. Y a estas alturas, y pese a mi exuberante juventud, no voy a cambiar solo porque me lo exijan los de Hollywood, el ministerio de Igualdad de España, o ese muchacho de Twitter que tiene de perfil al Che Guevara, de quien pienso, a propósito, que además de un asesino, su principal aportación al debate moral del siglo XX fue declararle la guerra al jabón, conquista en la que más tarde se basó el epidemiólogo Hugo Chávez Frías para inventar las “duchas comunistas” de tres minutos. En general mi oposición al comunismo es como una alegoría de la ducha: me gusta que el agua corra en libertad y limpie bien la mugre totalitaria.

Por otra parte, tengo bastante con las estupideces que hago, por las que me paso la vida pidiendo disculpas, de modo que me niego a disculparme también por cosas que hayan hecho mis antepasados, o mis correligionarios, o mis compatriotas siglos atrás. Si bien, por lo general estoy orgulloso de las gestas de los españoles y no tengo ningún inconveniente en apuntarme a sus méritos. Soy un sinvergüenza, también.

Ya ves. Todo mal. Soy el típico periodista al que echarían todos los días de El País. Escucho canciones que dicen palabrotas, me parece que el lugar del mundo donde más necesitas fumarte un cigarrillo es en la sala de espera de un hospital, no veo las series que recomienda Pablo Iglesias, me fascina el cine de John Wayne, y cada vez que veo una campaña publicitaria del Ministerio de Sanidad me pregunto si el ministro sabe que no es mi abuela empeñándose en que no salga de casa sin una chaquetita. Las familiaridades que se toma conmigo la publicidad institucional me dan casi tanta dentera como esa palabra tan cursi, dentera.

Y eso sin hablar de mi biblioteca. Leo cosas abominables. Y luego las recomiendo en la prensa. Sí, quizá también me echarían de The New York Times. Pero como cristiano, creo en la libertad de los hijos de Dios. Supongo que todo esto significa que no he elegido el mejor siglo para nacer pero ahora que estoy aquí, exijo mi derecho a pensar lo que me da la gana y, en todo caso, cargar con las consecuencias.

Anoche estaba tan harto de los vigilantes de la pureza de pensamiento único, que decidí que esto debía cambiar. Quería hacer algo terrible a los ojos del mundo moderno. Algo que provocase una hecatombe en los cimientos de la civilización. Quería hacer algo transgresor, valiente y explosivo. Así que me encerré en mi cuarto a oscuras, contuve la respiración, y puse Lo que el viento se llevó. Con dos cojones.

Lo sé. Soy un héroe sin capa. Ahora vivo con miedo a que toda esa panda de beatillas secularizadas asalten mi casa y descubran mis libros de Houllebecq.

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