La sociedad abierta clásica se compuso principalmente de similitudes y diferencias simples. La sociedad abierta contemporánea (1945-2001) se compuso de similitudes complejas y diferencias simples pero crecientes. La sociedad abierta reciente (2001 en adelante) se compone de similitudes complejas y decrecientes y diferencias complejas y crecientes. Cuando las diferencias son no solo complejas sino crecientes es difícil posicionar dentro del espacio público el disenso y el rol central que éste juega. Parte de la crisis que atraviesa el “Liberal project” (ver el genial libro de John Gray, “Las dos caras del liberalismo”, Paidós, 2002) se debe a la incapacidad de comprender que el creciente disenso, que se percibe como amenaza, es en realidad una oportunidad para celebrar las diferencias. “Celebrar las diferencias” puede redefinirse conceptualmente como “generar estabilidad”.

La reciente sociedad abierta es la única experiencia en la historia de la humanidad que no solo puede tolerar las diferencias sino que se puede fortalecer celebrándolas. La cuestión es, obviamente, repensar el marco institucional para que esa tolerancia sea virtuosa, es decir, se consolide como celebración de la diferencia. Este es un punto de quiebre copernicano en la historia: hasta ahora era inconcebible para nosotros pensar que el disenso podría ser un factor central de estabilidad. Ahora, en cambio, gran parte de la posibilidad de hacer estables las sociedades prósperas depende de nuestra capacidad de posicionar al disenso en la cúspide del espacio público o común.

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La breve historia del disenso en las sociedades antiguas, contemporáneas y recientes ha tenido tres eslabones principales: primero, posicionado en los márgenes exteriores de la vida social reflejó maneras violentas de resolver los conflictos; segundo, posicionado en los márgenes interiores expresó maneras tensas pero no violentas de tolerar hasta lo posible las diferencias entre las partes; tercero, posicionado ahora en el centro de la vida civilizada expresa un conflicto de baja intensidad que no solo es tolerado sino que incluso, repetimos, podría ser celebrado. La celebración del disenso se referenciaría allí en el linaje intelectual de Isaiah Berlin, es decir, como una expresión de la vida social donde el último progreso consistiría en incentivar la diferencia no solo por la creciente imposibilidad de consensuar sino por la posibilidad de aprender y contribuir a la estabilidad ante la atomización de las diferencias. Por ejemplo, la historia de la religión, particularmente en los Estados Unidos, nos ha dado una clave: la existencia de una sola religión es un problema, la existencia de una religión de estado es una amenaza, la existencia de solo dos religiones enfrentadas es potencialmente un gran problema, en cambio, la existencia de muchas religiones sin relación con el estado es una solución donde, a veces sin saberlo, pervive la celebración del disenso.

La referencia religiosa es relevante porque ayuda a comprender que no hay posibilidad de un ámbito común de desencuentros en sociedades polarizadas o en proceso de polarización. Cuando dos partes confrontan y profundizan sus visiones distintas del mundo, no solo no habrá celebración del disenso posible sino que, peor aún, es lógico pensar que una de ellas se impondrá, al menos temporariamente, sobre la otra y que esta otra reaccionará, al menos temporariamente, sobre la primera.

Sostiene el filósofo español Daniel Innerarity que “La política que opera actualmente en entornos de elevada complejidad no ha encontrado todavía su teoría democrática. Tenemos que reescribir el mundo contemporáneo con las categorías de globalización, saber y complejidad. La política ya no tiene que enfrentarse a los problemas del siglo XIX o XX sino a los del XXI, que exigen capacidad de gestionar la complejidad social, las interdependencias y externalidades negativas, bajo las condiciones de una ignorancia insuperable, desarrollando una especial capacidad estratégica y aprovechando las competencias distribuidas de la sociedad civil. Si la democracia ha efectuado el tránsito de la polis al estado nacional, de la democracia directa a la representativa, no hay razones para suponer que no pueda hacer frente a nuevos desafíos, siempre y cuando se le dote de una arquitectura política adecuada”.

Probablemente entonces un principal desafío de la actual sociedad abierta sea su (temporaria) incapacidad para generar herramientas que contribuyan a evitar que la complejidad se transforme “solamente” (o “apenas”) en polarización. La polarización es la creciente distancia entre dos (al menos dos) expresiones que no quieren o no pueden acercarse porque entre ellas existe una grieta. Una posible válida respuesta al problema sería un elogio de la moderación (por ejemplo, ver “Is Moderation a Coherent Answer to Present Problems?”, realizado por el Niskanen Center. La grieta es una construcción real o simbólica en el medio de dos espacios ¿por qué hay un problema? Es decir, ¿por qué percibimos la distancia como problema y no como algo distinto, un no-problema? Seguramente porque asumimos que esa distancia debe y puede ser acortada. Luego, ¿cómo redefinir el problema? Asumiendo que esa distancia no puede ser acotada y que, más importante aún, que ello no es en sí mismo un desafío ¿Qué hay en el medio de la grieta? Hay un espacio de diferencias inconmensurables. Hay un espacio consolidado donde las partes perciben primero y aceptan después que las diferencias entre ellas son estructurales. Son diferencias difícilmente modificables en el corto-mediano plazo. La aceptación de la polarización como un escenario acotado pero inmodificable en el corto mediano plazo puede tener la consecuencia de repensar el papel de la búsqueda de moderación. Ahora, en este nuevo escenario, la moderación no se busca como punto medio o cercano entre A y B sino como un punto de encuentro entre otros actores (entre los cuales podrían estar A y B) cuya referencia espacial y simbólica reside en otro lado.

Las sociedades recientes han contribuido a generar una explosión de la diversidad y ello ha sido erróneamente interpretado como una amenaza a la democracia liberal. Parte de esta errónea interpretación ha llevado a la aparición de fenómenos populistas que han buscado expulsar el factor amenazante en lugar de intentar incorporarlo virtuosamente dentro del espacio público. La sociedad compleja ha generado tal grado de disenso entre sus partes que una respuesta impulsiva ha sido buscar mecanismos de expulsión en lugar de moderar las diferencias mediante alguna forma de institucionalización del disenso o desacuerdo. Esta es una respuesta intuitiva y humanamente comprensible.

Desde este lugar es posible y necesario repensar el papel de la moderación. La búsqueda de moderación no solo tendría aquí la aspiración de acercar a las partes sino de reconocer que, en determinado momento, eso no es posible ni deseable.

En parte el problema con el disenso en las recientes sociedades complejas radica en que es producto del suceso de la democracia liberal de posguerra, una experiencia inédita en la historia de la humanidad. La abundancia de la reciente experiencia americana ha sido tal que es difícil interpretar la diversidad y el disenso como expresiones positivas que deben, o al menos podrían, pensarse como fuerzas centrípetas. ¿Cómo pensar acaso el disenso como un fenómeno centrípeto, que contribuye a constituir un ámbito en común en las sociedades recientes? Es algo sumamente anti-intuitivo y, como tal, debemos salir de nuestro marco de referencia clásico.

La creciente polarización en las sociedades prósperas debe repensarse como posibilidad. La polarización nunca puede pensarse como una virtud en si mismo pero si puede ser parte de una noble aspiración de transformar el sentido del disenso. El disenso puede pasar de ser un ámbito donde solo se tolera al otro en el margen a un ámbito donde la exposición de la diferencia enriquece el espacio público.

¿Cómo sería posible llevar a cabo un proceso donde el disenso dejara de ser parte del margen para ser parte central, incluso principal de la vida en sociedad (de la convivencia)? Primero, es la polarización en marcha un acontecimiento entre liberales con diversas concepciones o entre liberales e iliberales? Evidentemente la polarización refleja una creciente distancia entre distintas formas de iliberalismo donde los liberales no pueden contener un centro en común y, en muchos casos, caen presa de la tentación de acompañar a un extremo por su profundo desprecio por el otro. El punto es pertinente porque la construcción de un ámbito amplio y rico donde disentir y celebrar el disenso es una tarea del liberalismo. Esta noble tarea no solo es imprescindible para enriquecer a la polis sino para enfrentar a aquellos cuya filosofía radica, precisamente, en convencer sobre la imposibilidad de disentir en armonía. Para estos el disenso es parte de la condición humana y debe expulsarse del ámbito público porque contribuye al desorden y a la debilidad de la comunidad. En cambio, el liberalismo ha construido desde sus inicios la aspiración de una vida en comunidad donde el diferente convergiera hacia el centro para disolver las partes principales de esa diferencia. Ahora, dada la dificultad de disolver las diferencias, ha devenido conveniente centralizarlas para celebrarlas.

La democracia liberal ha sido la única manifestación social donde el diferente no sólo es tolerado sino, en ocasiones, celebrado. Como remarcamos, la violencia ha sido históricamente la característica principal de la vida en comunidad. El liberalismo ha podido acotar la violencia al contribuir filosófica y políticamente a la generación de ámbitos institucionales donde el diferente podía y debía ser tolerado. El suceso de las sociedades abiertas contemporáneas ha traído tal grado de prosperidad que el significado de tolerancia ha sido desafiado. Este desafío posee una amenaza y una oportunidad. La amenaza consiste en la tentación de marginar al diferente. La oportunidad consiste en generar mecanismos y ámbitos institucionales donde posicionar al disenso en un lugar central de la vida en comunidad.

La diferencia en comunidad es una característica reciente de las sociedades complejas. Como mencionamos, la diferencia ha sido históricamente resuelta a través de la violencia y las sociedades abiertas han, recientemente, lidiado con el diferente (religioso, étnico, sexual) desde el ejercicio de la tolerancia. Solo ahora, con la imposibilidad de conciliar las visiones del mundo que se consolidan como legítimas dentro de las sociedades abiertas, debemos dejar de pensar el lugar del disenso como espacio de disputa para empezar a pensarlo como ámbito común. Hay un lugar común en el ejercicio de la diferencia que, una vez repensado, supone una inédita oportunidad.

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