sábado 28  de  febrero 2026
Opinión

Chile: Los demonios del Frente Amplio

Cuando la política se separa de la realidad humana, los demonios no tardan en aparecer. Y cuando aparecen, rara vez obedecen a quienes los invocaron

Diario las Américas | JUAN CARLOS AGUILERA P
Por JUAN CARLOS AGUILERA P

En Los demonios, Fiódor Dostoievski no describe simplemente a un grupo de conspiradores, sino el clima espiritual de una época. Lo que allí aparece no es solo la acción de unos revolucionarios, sino la lenta descomposición de una cultura cuando pierde su fundamento metafísico y religioso. Leída desde esa clave, la experiencia del gobierno del Frente Amplio en Chile ofrece paralelos inquietantes que conviene examinar.

Stepán Trofimovich encarna al intelectual que juega con ideas subversivas sin medir sus consecuencias. Es el pedagogo de la disolución que, entre tertulias y gestos progresistas, abre la puerta a fuerzas que luego no puede controlar. En la política reciente chilena se ha visto algo semejante: una élite cultural que, en nombre de la renovación, relativizó instituciones básicas —orden público, autoridad, tradición republicana— con la convicción de que todo era reformable sin costo. Como en la novela, la frivolidad teórica terminó alimentando dinámicas que desbordaron a sus propios promotores.

Más radical es la figura de Stavroguin, arquetipo del nihilismo moral. No es el revolucionario exaltado, sino el hombre vacío que ha perdido la distinción entre bien y mal. Dostoievski lo presenta como el verdadero núcleo del drama porque cuando la conciencia moral se anestesia, la política se vuelve puro experimento de poder. Parte del clima ideológico que rodeó al experimento frenteamplista —marcado por un relativismo antropológico persistente— muestra rasgos de esa atmósfera con la proliferación de discursos que disuelven categorías humanas fundamentales y una tendencia a tratar las instituciones, como construcciones útiles, enteramente descartables.

Los jóvenes revolucionarios de la novela —Verjovenski y su red de células— aportan otro elemento: el activismo que se alimenta de la destrucción. Dostoievski muestra como pequeños núcleos que, mediante propaganda sistemática, erosionan la confianza social, ridiculizan lo sagrado y normalizan el cinismo. En Chile, el período que va desde la revolución del 2019 al ejercicio gubernamental posterior mostró episodios donde la lógica de la impugnación permanente sustituyó a la responsabilidad de gobernar. El paso desde la agitación a la administración del Estado reveló la dificultad de transformar la retórica de demolición en política de construcción.

Especialmente iluminadora resulta la teoría de Kirillov, el ingeniero que lleva el ateísmo hasta sus últimas consecuencias, pues, si Dios no existe, el hombre debe ocupar su lugar. No se trata solo de incredulidad, sino de la pretensión de soberanía absoluta. Parte del progresismo contemporáneo —no solo en Chile— ha oscilado en esa dirección cuando presenta la voluntad política como capaz de redefinir sin límites la naturaleza humana, la familia o la vida misma. Dostoievski vio con anticipación que ese desplazamiento metafísico no conduce a la liberación, sino a una nueva forma de angustia y de esclavitud

Shátov, en cambio, introduce el contrapunto decisivo. El pueblo solo se sostiene cuando reconoce una referencia trascendente que lo unifica. Su tesis apunta a que ninguna comunidad política sobrevive largo tiempo si erosiona sistemáticamente sus fundamentos espirituales. La crisis de confianza institucional, el aumento del malestar social y la fatiga cultural observables en el Chile reciente parecen representar esa advertencia, más aún, el rechazo al experimento constitucional fue la manifestación concreta de un pueblo hastiado.

No menos significativa es la figura de la élite burguesa que en la novela acoge con entusiasmo a los jóvenes radicales. Dostoievski muestra a una clase dirigente fascinada por las modas ideológicas, dispuesta incluso a reírse de lo sagrado para exhibir modernidad. En la experiencia chilena, ciertos sectores acomodados y culturales respaldaron con ligereza proyectos de transformación profunda sin calibrar sus efectos reales sobre el tejido social. La historia —literaria y política— sugiere que cuando las élites juegan a la deconstrucción, suelen ser las primeras sorprendidas por sus consecuencias, pues la quema de iglesias, no fue un acto de ingenuidad revolucionaria.

La doctrina de Shigaliov —esa división de la humanidad en una minoría dirigente y una masa igualada en la obediencia— constituye quizá la advertencia más inquietante. Dostoievski no la presenta como una caricatura, sino como la lógica interna de ciertos igualitarismos radicales. Sin incurrir en simplificaciones, algunos debates contemporáneos sobre hiperregulación, desprecio del mérito, expansión burocrática y desconfianza hacia las “mentes excepcionales” evocan ecos lejanos de esa tentación niveladora que el novelista ruso llevó al extremo.

Sin embargo, Los demonios no termina en la pura condena. Entre los personajes aparece también una intuición de esperanza, pues, el hombre concreto suele ser mejor que las ideologías que lo arrastran. Incluso en medio del nihilismo, subsisten gestos de humanidad que desmienten la lógica de la destrucción total. Esa observación resulta decisiva para cualquier análisis político del Chile actual.

La lección dostoievskiana, aplicada con prudencia, no consiste en equiparar mecánicamente ficción y realidad, sino en reconocer patrones espirituales. Cuando una cultura se habitúa a ridiculizar lo verdadero, a trivializar lo bueno, a rendir culto a lo feo y a desconfiar de toda autoridad legítima y expulsar la religión, se crean condiciones propicias para lo que el novelista llamó “demonios”, esas fuerzas impersonales de desintegración que terminan superando a quienes creyeron manejarlas.

El desafío para Chile —más allá de coyunturas partidistas— sigue siendo el que Dostoievski vio con claridad: recuperar una vida pública donde la verdad, libertad y amistad cívica, reforma y continuidad, crítica y responsabilidad vuelvan a encontrarse. Porque cuando la política se separa de la realidad humana, los demonios no tardan en aparecer. Y cuando aparecen, rara vez obedecen a quienes los invocaron.

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