Tres semanas después que Japón atacara a Estados Unidos en Pearl Harbor, el primer ministro británico, Winston Churchill, pronunció un importante discurso en el Capitolio de Washington D.C.
Fue una significativa muestra pública del afecto y admiración que sentía Churchill por su recién lastimado aliado al ser arrastrado hacia la Segunda Guerra Mundial; fue, de cierta forma, un nuevo encuentro familiar. n nChurchill entendía a Franklin Delano Roosevelt y al pueblo estadounidense como pocos. Era natural en él, su madre, Jennie, a quien adoraba, era estadounidense.
Churchill era un hombre extraordinariamente astuto, entendía la cultura estadounidense que resultaba tan rara para muchos europeos. u201cCualquiera que no entendiese el tamaño y solidaridad de las bases de los Estados Unidos pudiera, fácilmente, haber esperado encontrar una atmósfera excitada, trastornada y egocéntrica, con todas las mentes fijas en el nuevo, sorprendente y doloroso episodio de una súbita guerra al ser atacada América u2026 Pero, aquí, en Washington he encontrado una fortaleza olímpica que, lejos de estar basada en la autosatisfacción, es sólo la mascara de un inflexible propósito y la prueba de una segura y bien fundada confianza en el resultado final u201d, dijo Churchill ante ambas cámaras del Congreso.
Llegó a inspirar al pueblo estadounidense como solo él podía hacerlo para convencerlos de que aceptar la rendición, un arreglo, o la derrota era inaceptable. n nSu fuerza de carácter, tenacidad, coraje y visión inspiraron a millones de hombres y mujeres en varios continentes para enfrentar al vil enemigo. Los rusos se burlaban de él, comparándolo con un perro u201cbull dog u201d pero a la vez temían a este hombre de derecha porque era un líder verdaderamente extraordinario. Igualmente cómodo vistiendo de frac como ropa de cacería era una mezcla, según algunos biógrafos, de la fusión entre una figura mítica y el hombre encarnado.
Decía Churchill que andaba de la mano del destino, uno a veces cruel. Pocos meses después de salvar a su país y al mundo libre de las garras fascistas, principalmente de los Nazis, increíblemente, pierde las elecciones parlamentarias. Así de ingrata es a veces la democracia. n n En Estados Unidos, Churchill siguió siendo una figura extraordinaria. George W. Bush lo admiraba muchísimo y la Embajada de Inglaterra le prestó un busto del líder para tenerlo en su oficina.
Cuando Obama llega a la presidencia, se le extiende la cortesía pero éste dice gracias, pero no gracias. Ese gesto se interpretó como lo que es, un insulto a un aliado o si se quiere, falta de mundo, algo difícil de percibir en un graduado de Harvard y profesor de derecho constitucional de la Universidad de Chicago, pero todo es posible. n n Esta semana, Churchill regresó al Capitolio. Setenta años después de que Churchill pronunciara su discurso cuando el ataque a Hawaii, un busto de él, propuesto por el líder de la mayoría Republicana en la Cámara de Representantes, John Boehner, y aprobado por resolución bipartidista, fue instalado en la rotunda del Capitolio, ahora llamado u201cFreedom Foyer u201d.
Tanto Boehner como la líder de la minoría Demócrata, Nancy Pelosi, hablaron con una sola voz en nombre del pueblo estadounidense en agradecimiento a aquel hombre que iluminó los días más oscuros de la historia. n n Churchill se sentiría satisfecho de ver que logró unir, aunque fuese momentáneamente, a Boehner y Pelosi en un acto hermoso. Necesitamos más actos como éste. Es justo que se haya dado este reconocimiento a este hombre por su liderazgo a favor de la libertad y su amistad para con los Estados Unidos. Ahora se queda dentro del edificio, seno de la democracia, de donde nadie lo puede sacar.