jueves 26  de  marzo 2026
OPINIÓN

Cómo Irán engaña a Occidente y cómo Occidente se deja engañar

Un análisis preciso para contar las cosas como son

Por Mookie Tenembaum

El 21 de marzo de 2026, dos misiles balísticos iraníes sobrevolaron el océano Índico en dirección a Diego García, la base conjunta estadounidense-británica ubicada a unos 4.000 kilómetros de Irán. Ninguno impactó el objetivo ya que uno falló en vuelo y un destructor estadounidense interceptó el otro. Pero el episodio dejó al descubierto algo más revelador que cualquier daño físico, ante una mentira documentada, reciente y pronunciada por el máximo representante diplomático de Teherán.

Semanas antes, el canciller iraní Abbas Araghchi había declarado en una entrevista televisiva: “intencionalmente mantuvimos el alcance de nuestros misiles por debajo de los 2.000 kilómetros. No queremos ser percibidos como una amenaza para nadie en el mundo”. Entre tanto, Diego García está al doble de esa distancia. La base se encuentra a 4.000 kilómetros de Irán, el doble del alcance que Araghchi había declarado públicamente.

Cuando los medios occidentales señalaron la contradicción, la respuesta iraní fue estuvo a cargo del vocero del Ministerio de Relaciones Exteriores, Esmaeil Baghaei. El funcionario negó que Irán hubiera lanzado los misiles y calificó las acusaciones de “desinformación”, describiendo el episodio como un ataque de falsa bandera israelí. El ciclo se completó en menos de 72 horas con una declaración pública, una acción contradictoria y la negación. Tres actos que Irán presentó tantas veces que ya constituyen una doctrina.

El problema no es Irán, sino el receptor. Sería tentador analizar este episodio como un fracaso de inteligencia occidental, o como una subestimación de las capacidades militares iraníes. Algunos analistas así lo hicieron, pero esa lectura evade la pregunta central ¿por qué Occidente sigue operando con la hipótesis de que lo que Irán declara guarda alguna relación con lo que Irán hace?

La respuesta no es militar ni de inteligencia, sino cultural. En las sociedades occidentales, especialmente en la anglosajona, la mentira carga un peso moral y legal específico. En Estados Unidos, mentirle a un funcionario federal es un delito en sí mismo, independientemente del tema sobre el que se mienta. El sistema judicial contempla acuerdos de clemencia, reducciones de pena, y una amplia gama de consideraciones discrecionales para casi cualquier tipo de delito, sin embargo, el perjurio, es decir, falsedad declarada bajo juramento, recibe un rigor particular; ya que la veracidad del testimonio es el cimiento sobre el que se sostiene todo lo demás.

Esta arquitectura legal refleja el valor cultural sobre la palabra empeñada como contrato. Cuando un occidental firma un acuerdo, asume que ambas partes lo interpretarán del mismo modo. Cuando escucha una declaración pública, la procesa como información hasta que aparezca evidencia en contrario. La presunción de veracidad es el mecanismo que permite que las instituciones, los mercados y la diplomacia funcionen.

Sin embargo, surge un problema cuando ese mecanismo se aplica a un interlocutor para quien rige una lógica distinta.

La taqiyya y sus usos modernos

El islam chiíta reconoce desde hace siglos el concepto de taqiyya, la permisión de disimular creencias o intenciones bajo circunstancias de presión o peligro. Teológicamente, es una concesión defensiva para situaciones de persecución. Pero en lo político, la República Islámica de Irán lo elevó a instrumento de Estado.

Esto se trata de un análisis funcional, en la cosmovisión estratégica iraní, la verdad es una variable táctica, no un valor en sí mismo. Lo que importa no es lo que se dice, sino lo que se logra con esas palabras. Una declaración pública tiene el valor de lo que produce en el receptor, no de su correspondencia con los hechos.

Esta lógica no es exclusivamente iraní, China también opera con principios similares en sus declaraciones sobre capacidades tecnológicas, avances militares y condiciones de comercio. Vietnam, en sus negociaciones con inversores extranjeros, demostró una distancia considerable entre los compromisos firmados y las prácticas implementadas. En culturas donde preservar la “cara”, o la imagen pública, esta tiene prioridad sobre la consistencia entre palabras y actos. Por lo tanto, la mentira estratégica no genera el mismo costo reputacional que en Occidente.

La diferencia crucial es que en Occidente, mentir y ser descubierto tiene consecuencias que se acumulan. En estas otras culturas, el ciclo tiende a reiniciarse.

El crédito que siempre se renueva

Aquí reside el mecanismo más costoso de este malentendido cultural, y el más difícil de explicar.

Cada vez que Irán es descubierto en una falsedad documentada, como el programa nuclear declarado “pacífico” durante décadas, los acuerdos sobre el Estrecho de Hormuz violados sistemáticamente, o los vínculos con grupos armados negados públicamente mientras se coordinan operativamente; la respuesta occidental no es revocar la credibilidad de manera permanente. Es, después de un período de tensión y declaraciones de condena, retornar a la mesa de negociaciones con la expectativa implícita de que esta vez será diferente.

Los promotores del JCPOA, el acuerdo nuclear firmado en 2015, lo presentaron como un punto de inflexión. Irán firmó, incumplió y fue sancionado. Luego, hubo nuevas negociaciones y nuevas sanciones. El patrón se repitió con tal precisión que podría graficarse como una función matemática.

¿Por qué Occidente resetea la credibilidad en lugar de acumularla como historial? No hay alternativa a negociar con quien está, y la diplomacia requiere mantener canales abiertos. Si bien esas respuestas son parcialmente válidas, no explican por qué cada nueva ronda de conversaciones ocurre con el mismo nivel de buena fe que la anterior, como si el historial no existiera o no fuera concluyente.

La explicación más honesta es que Occidente no sabe cómo operar con una contraparte para quien el compromiso verbal no tiene valor vinculante. Sus instituciones, sus marcos legales, su cultura diplomática están construidos sobre la presunción de que las palabras comprometen. Cuando esa presunción no se cumple, el sistema colapsa en incredulidad repetida.

El idioma compartido no garantiza valores compartidos

Hay una ilusión adicional que agrava el problema. Cuando un negociador iraní habla en inglés fluido en una conferencia de prensa, cuando un diplomático chino cita a Keynes o a Montesquieu, cuando un representante de cualquier potencia oriental adopta el vocabulario y los códigos formales de la diplomacia occidental, se produce un efecto de familiaridad que opera como trampa cognitiva.

El lenguaje compartido sugiere marcos valorativos compartidos, pero no los garantiza. Hablar inglés no equivale a suscribir la ontología occidental de la verdad. Usar términos como “compromiso”, “acuerdo” o “garantía” no implica que esos términos tengan el mismo contenido semántico para ambas partes. La verdad, en última instancia, es una convención cultural, y esta no viaja automáticamente con el idioma.

Este punto no es abstracto, ya que analistas citados por CNN señalaron que la inteligencia de targeting para los misiles dirigidos a Diego García probablemente provenía de Rusia y China, dado que Irán carece de capacidad satelital propia en esa zona del Índico. Es decir, el episodio no fue solo una demostración de capacidad militar iraní, sino una operación coordinada entre potencias que comparten, entre otras cosas, una relación instrumental con la declaración pública como herramienta de maniobra, no como reflejo de intención real.

Lo que el misil reveló

Algunos analistas señalaron que si las capacidades balísticas de Irán habían sido subestimadas, correspondía preguntarse qué otras capacidades iraníes, y en particular su programa nuclear, estarían igualmente mal calibradas en Occidente. Es una pregunta pertinente. Pero hay un interrogante anterior que debería formularse primero, ¿sobre qué base se construyeron esas estimaciones? En buena medida, sobre declaraciones iraníes. Pronunciamientos que no guardan necesariamente relación con los hechos, como quedó demostrado.

El misil que sobrevoló el Índico demostró que la política de transparencia declarativa que Irán había ofrecido como garantía era, desde el principio, una herramienta de manipulación. Y que Occidente, con toda su sofisticación analítica, la había incorporado como dato.

El problema no es nuevo, sin embargo lo novedoso es que ya no hay excusa para no entenderlo.

Las cosas como son

Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas

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