La industria de semiconductores en China vive hoy un espejismo de soberanía que esconde una fragilidad estructural absoluta. Mientras el gobierno celebra la aparición del Loongson 3B6000, un procesador de 12 núcleos, la realidad técnica cuenta una historia más oscura.
Para un público inexperto, los núcleos son como los "cerebros" de un chip. Se supone que cuantos más tengas, más tareas puedes hacer a la vez. Sin embargo, China construyó un gigante con doce cerebros que, sumados, son tres veces más lentos que los seis cerebros de un chip moderno de AMD o Intel. Es como tener una docena de obreros trabajando con herramientas de madera frente a seis atletas equipados con maquinaria láser; el número no compensa la obsolescencia.
El gigante asiático no logró la independencia, sólo vive de prestado. La soberanía tecnológica china pende de un hilo tan delgado como la voluntad de mantenimiento que la empresa neerlandesa ASML decida otorgar a sus máquinas de litografía. Estos equipos, conocidos como DUV, por su sigla en inglés, son los únicos capaces de imprimir los circuitos de los chips que China usa hoy. Pero no son máquinas que uno compra y olvida; son sistemas que requieren calibración constante, repuestos exclusivos y actualizaciones de software que sólo Occidente controla.
El endurecimiento de la postura de la administración Trump en 2026 puso sobre la mesa la amenaza definitiva del cese total del soporte técnico para estas máquinas. Si ASML recibe la orden de no enviar un solo tornillo más, o de desactivar el software de mantenimiento, las fábricas chinas más avanzadas se convertirán en chatarra de lujo en cuestión de meses. Para China, esto no significa solo perder la carrera de la inteligencia artificial; es un retroceso histórico que la obligará a la fabricación de chips con tecnología de finales de los años 1990.
Si el mundo occidental dice "no va más", China se enfrentará a una desconexión que la devolverá 26 años atrás. En términos de capacidad de fabricación, el país quedará degradado a un nivel equivalente al de Corea del Norte o Uzbekistán en cuanto a vanguardia tecnológica propia.
Mientras que hoy China vende su avance en el diseño, el colapso de su infraestructura de fabricación la dejará atrapada en el año 2000. Será el fin de la era de los smartphones modernos producidos localmente y el regreso a una tecnología de subsistencia, incapaz de producir la potencia de cálculo que requiere una superpotencia del siglo XXI.
La ironía es total, porque en su búsqueda desesperada por la independencia, China construyó un imperio digital cuyo interruptor de apagado está en manos de sus mayores rivales.
Las cosas como son
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