Hay una regla rigurosamente aplicada en los manuales de la izquierda contemporánea, si Donald Trump hace A, está mal; si hace B, también; y si hace A y B al mismo tiempo, es prueba irrefutable de su peligrosidad existencial.
Para la zurdería rancia y para su versión “light”, más estética que profunda, pero igual de ladina, nada, absolutamente nada que provenga de Trump puede ser aceptable
Hay una regla rigurosamente aplicada en los manuales de la izquierda contemporánea, si Donald Trump hace A, está mal; si hace B, también; y si hace A y B al mismo tiempo, es prueba irrefutable de su peligrosidad existencial.
Esa es la tesis. No hay matices, no hay análisis, no hay honestidad intelectual. Solo reflejo condicionado.
Para la zurdería rancia (esa que aún huele a metano ideológico) y para su versión “light”, más estética que profunda, pero igual de ladina, nada, absolutamente nada que provenga de Trump puede ser aceptable.
Así, cuando la realidad se empeña en contradecirlos, entonces se recurre al viejo truco de buscarle las cinco patas al gato, o inventarle seis, siete, o las que hagan falta.
Si endurece la política migratoria, es un monstruo insensible. Si la flexibiliza, es un "oportunista electoral".
Si impulsa crecimiento económico, es porque “beneficia a los ricos”. Si la economía asume riesgos necesarios, es "la prueba de su incompetencia".
Si negocia con firmeza en política exterior, es un “belicista”. Si busca acuerdos, es un “traidor débil”.
“Palo si boga, ...y palo si no boga”.
Lo interesante es la patología política de sus críticos. Porque aquí no estamos ante una diferencia legítima de ideas, sino frente a un fenómeno más profundo, la incapacidad de reconocer cualquier acierto en el adversario.
Y eso, en política, no es oposición. Es fanatismo.
La izquierda ha construido un relato donde Trump no es un actor político, sino un villano de caricatura.
Una especie de antagonista necesario para cohesionar su discurso, movilizar emociones y evitar, de paso, el incómodo ejercicio de la autocrítica.
Así, se ha consolidado una dinámica peligrosa, no importa la política pública en sí, sino quién la ejecuta.
Si la firma Trump, es mala por definición. Si la misma medida la adopta otro con credenciales “progresistas”, entonces se convierte, mágicamente, en un avance histórico. No es análisis. Es tribalismo.
En el fondo, lo que subyace es un temor más grande, Trump rompe moldes, incomoda narrativas y desordena el guion cuidadosamente construido por décadas. No juega bajo las reglas no escritas del establishment, y eso lo convierte en un problema, no solo político, sino emblemático.
Por eso la crítica no busca corregir, sino deslegitimar. No pretende mejorar políticas, sino anular al actor. Ahí está el verdadero peligro.
Cuando el debate público se degrada a ese nivel, ya no se discuten ideas ni confrontan argumentos, en ese terreno, la verdad deja de importar.
Al final, la consigna es clara y brutalmente simple: si Trump respira, molesta; si actúa, condena; y si acierta, peor aún, porque entonces hay que negarlo.
“Palo si boga, …palo si no boga”.
