Cuando cae el foco

Está la costa dormida con la niebla de septiembre. Mes de amaneceres frescos y casilleros intactos, ávidos de aspas que los emborronen. Está la costa entre penumbras y naranjas, en estos días en que el sol no ilumina sino pinta de rojo salvaje el ocaso de sangre. Despedido el astro entre breves estallidos naranjas que titubean en el horizonte, despierta el faro, trazando relámpagos pálidos sobre la tiniebla de las olas. Es solo un instante, el de ver la intermitencia del perfil del mar, la silueta de las farolas, y el deslumbre invadiéndome los ojos. Salitre y brisa de algas en la bajamar. Es la hora en que la luz del faro dura apenas tres ráfagas breves en la inmensidad de la noche, y corona con un despunte poco más largo antes de extinguirse. Gira el foco como los reflejos eléctricos de la ruleta de un casino. Se ven las venas de la arena aún mojada entre los charcos. Se intuye la melancolía de otro otoño cayendo de lo alto del árbol.

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Es esta la noche de la oscuridad. De una penumbra intranquila y densa. Atrás quedan los días de luz que antes parecían infinitos. No recuerdo con nitidez ya la incomodidad del primer plano, la falsedad de los abrazos prescindibles y televisados, las cenas en la cima del mundo invitados por las cortesías de la villa. De allá a los lejos parece que nunca vas a caer mientras, como un animal herido entre el sotobosque, el tiempo apremia la hora de volver a tu celda, la sobriedad y la nada. Así es. Somos peregrinos de la nada. Tener es solo la interrupción casual de nuestro destino mendicante. Todo cuanto un día poseemos es susceptible -¡cuán susceptible!- de escaparse entre los dedos al capricho del calendario, de la cuna a la tumba.

Y sin embargo, qué poco importa advertirlo a esos rostros iluminados por el viento de cara. Nadie atiende a razones cuando cruza aquella Avenida de cristal a la que cantó Cooper. No hace mucho la veía a ella, me contaba, en el camino de la fama, ascendiendo a la cima. La juventud exultante en el carnet, la sonrisa abierta de quien aún no ha recibido suficientes traiciones, la mirada arriesgada de un corazón sin malear, como esa mano que danza sobre fuego y aún no se ha quemado. Hasta la belleza más exótica acompañaba sus explicaciones la otra noche, joviales y agradecidas, al mundo, a la vida y a la profesión. Y tú, en paciente escucha, la contemplas marginándote de su quimérico optimismo. Como ave desposeída de nido tiempo atrás, ejercitas el educado alumbre del silencio, y te retiras lentamente a tu penumbra con una sonrisa asomando entre el cuello de la gabardina -que caiga la lluvia-, por miedo a que la palidez de tus sueños pueda descafeinar los suyos; que merece vivirlos, que merece soñarlos, que merece perderlos.

Y a ella le vendrán las noches agridulces del aplauso, el aluvión, el descenso vertiginoso y la soledad tan acompañada. Le llegarán los regalos enormes de la sospecha, las amistades de toda la vida que llegaron anteayer, y los amigos de los amigos queriendo entrar en la fiesta por si queda algo que repartir. Le lloverán las muestras de la afición aún incondicional, las ovaciones en las redes de la mentira, la tensión dulce de acostarse sabiéndose amo de un buen pedazo del universo. Y será el tiempo, pero antes de que todo pueda consumarse, se desperezará el olvido, como una manta negra sobre su negra melena, y tiznará de tedio sus ojos dulces, y aguará su risa de victoria. Tan claro como el triunfo que he visto en sus ojos, no he tenido el valor de contárselo, y quiera Dios que no me lea esta semana, por no despedazar su derecho a disfrutar el momento.

Es dramática la resaca de la fama, sea cual sea la cima alcanzada, pero lo es más el ostracismo que le sigue. Cuando al paso de los años el foco no levanta, el faro no lanza sus fogonazos sobre tu puerta, y en tu ventana conversan golondrinas canosas con alondras que ni siquiera saben que lo son. Tras los días del vino caro llegan los del whisky escaso. Tras las rubias de caderas exiguas, azules los ojos, llegan las cenicientas de vida rota y aliento embrutecido. Tras la algarabía de los que siempre iban a estar a tu vera, llegan las ausencias del repudio, las negaciones; ni de mala fe puedes acusar al farero que distribuye la luz, cuando es la ley del tiempo y la distancia lo que rige tus empobrecidos destinos. Quién sabe si te enriquecen tanto como te afligen. Y es que está el tiempo, por supuesto, de aprender a disfrutar la indiferencia, la pasividad ajena, el silencio. Está el tiempo de ver la cara amable de no respirar bajo el foco, de no ser escrutado por miles de ojos, de no ser el licor de todas las sobremesas. Está ese tiempo.

Y con todo, en estos septiembres de promesas y sueños por cumplir, de ocasos en sal negra y lluvia roja, en algunas madrugadas oscuras como la que me abraza, se añora tímidamente el vértigo del foco y de todas las mentiras que nos hacían creer que aún nos quedaban muchas noches importantes por vivir en lo alto del cartel.

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