Fue sorprendente este fin de semana visitar una pequeña tienda de la ciudad de Miami y descubrir un perfume perdido en uno de sus estantes: “Royal Violets”. Genuina evocación de las conversaciones con mi abuela materna, Emelina, una de esas personas que si Dios eligiera una figura de mujer para habitar sería ella.

Desde su perenne bondad y entrega, me hablaba de aquella Cuba anterior a 1959 que aún estaba en su interior. La evocaba como si los relojes continuaran su andar pero ella poseyera el control del tiempo. Vivía perdida en los recuerdos de una etapa de trabajo y sueños congratulados por el esfuerzo y en historias de familia lindantes con el mito, pero avaladas por pruebas testimoniales; entre ellas, unos gastados periódicos de la época que evidenciaban la muerte de Menelao Mora frente a Palacio Presidencial, o el atentado a su hermano Cándido, quien arremetió contra los asaltantes con una fiereza inaudita - aún cuando su chofer muriera en el atentado-.

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Narraba con dolor los estériles intentos de ella y mi abuelo para visitarlo en prisión al ser apresado durante la invasión de Bahía de Cochinos y las conversaciones del hijo de Menelao, Alberto, con mi abuelo, a quien dijera días antes de su suicidio en septiembre de 1972: “No me imagino fuera de este país, pero tampoco dentro”. Fue un deleite para mí leer los relatos de Guillermo Cabrera Infante sobre él en “Mea Cuba” y en “Mapa dibujado por un espía”; un verdadero reconocimiento a una figuras permeada de decencia pero víctima del castrismo, entre otras razones, por su defensa de la economía de mercado como único futuro viable para la isla caribeña. Más allá de la atmósfera anticomunista que se respiraba en la casa de mis abuelos, mi abuela siempre reconocía el valor de Carlos Rafael Rodríguez por ser la única persona que tuvo el coraje de personarse en la funeraria.

Me fascinaba escuchar a mi abuela disertar sobre su colección de elefantes de porcelana, de los esfuerzos para que mi tía Hilda terminara sus estudios en la Escuela Normal para maestras o sobre los olores que caracterizaban aquella época, con una sutil mención a la colonia que adornaba sus tardes: “Royal Violets”.

Siempre me pregunto: ¿por qué los cubanos sienten predilección por los perfumes de violetas? El aroma de las violetas tiene un lugar especial en la vida de los cubanos. En el panteón yoruba el color morado representa a San Lázaro o Babalú Ayé: poseedor del don de anticipar el futuro. El color es sinónimo de modestia y sencillez suprema. Quizás, la exquisitez de su olor unido a estos atributos haga que los cubanos se sientan identificados con los perfumes de la flor.

Durante mis últimos años en Cuba deambulaba por las calles de la Habana Vieja con frecuencia. Entonces, no perdía ocasión para detenerme en el museo del perfume, Habana 1791, situado en la calle Mercaderes. Disfrutar el aroma de los aceites esenciales es un privilegio que se vive en ese lugar. Algunos visitantes recurren a las colonias de limón como antídoto para la depresión, a la rosa o el sándalo por su eficacia contra la ansiedad; otros defienden las propiedades afrodisíacas del jazmín y el pachulí. Allí experimentamos una retrospección a través de la historia de las fragancias cubanas.

Al recorrer la edificación, rememoraba una suerte de diario epistolar escrito por la condesa de Merlín, “Viaje a la Habana” (1844), donde describe la fetidez imperante en la época como una mezcla de los efluvios de las pieles curtidas, el tabaco y las excrecencias animales; en franca contraposición con la fragancia campestre, el olor de las frutas, el aroma natural de las plantas. Y la impronta citadina de personalidades como Monsieur León Labbé, quien llevó desde Europa a Cuba lo último en lencería, joyería y perfumería para venderlo en su boutique de la ciudad de Matanzas, epicentro, junto a La Habana, de la vida cubana en el siglo XIX.

Cuando visitaba el museo habanero el olor a violetas me cautivaba. Me hacía rememorar a mi abuela, quien, una y otra vez, se relamía evocando el placer que le suscitaba la colonia “Royal Violets”: fragancia creada por Agustín Reyes en 1927. Una evocación que, con frecuencia, iba acompañada por algún suspiro al ripostarle apropiándome de Juana de Ibarbourou: “Esmaltan el contorno entero de la fuente/ Y son cual pebeteros que aroman la corriente/Recogiéndolas sufro por la glotona pena/ De que quepan todas en mi canasta llena”.

Aunque es recurrente el recuerdo a la “Colonia 1800” de Crusellas, parangonada con el médico chino por su utilidad hasta para revertir dolencias, mi abuela era fiel a las violetas. El olor de su amado “Royal Violets” vivía en sus recuerdos con un lugar especial en sus gustos y siempre encontraban una alternativa que lo supliera. Desde los años ochenta del pasado siglo la acompañaba una nueva versión caribeña bajo el sugestivo nombre de “Pétalos de Violeta”. Aunque desprovista del aparataje en el empaque y etiquetada de una manera sencilla, el olor a la colonia adornaba sus tardes. Reafirmando, aquella sentencia inmortalizada por quienes nos antecedieron como un pedestal en la vida de los cubanos: “más allá del perfume, lo importante es oler a limpio”.

La fragancia de las violetas se asociaba, en ocasiones, a eternidad o era expresión de la fidelidad a un pasado donde cambian las gentes, los olores, pero a los recuerdos se les antoja permanecer inmutables. Atrás quedaron Sabatés, Crusellas, Gravi o aquella poética, ajena cultural e históricamente a Cuba, donde fueron cotidianos nombres importados del comunismo europeo como Gato Negro, la Cremena o el Moscú Rojo.

Las violetas poseen un lugar especial por ese don casi divino de regalarnos sus flores al iniciar la primavera, símbolo de amor, y un olor que, desde la década del veinte del pasado siglo, inundó las tardes cubanas. Ellas me hacen rememorar a mi abuela Emelina y sus historias, entonces, pienso en sus tardes, y en el actual pueblo de Cuba que, como la violeta ambiciosa del poeta del exilio Khalil Gibran, no debe contentarse con vivir sin saber que hay más allá del horizonte estrecho en que nació.

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