Contra toda predicción, en las elecciones de Ecuador el candidato Guillermo Lasso ganó con un amplio margen de más de 400.000 votos sobre el correísta Andrés Arauz, del llamado Socialismo del Siglo XXI.

Se me atribuye, lo que no es verdad, haber sido quien posibilitó este triunfo. Una visión demasiado generosa. Sinceramente, hubo varios factores que intervinieron.

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Los errores cometidos por Rafael Correa en su mandato: el autoritarismo; la desinstitucionalización; la falta de independencia de funciones; la persecución a los opositores políticos; muertes nunca aclaradas; el querer perennizarse en el poder; la ninguna libertad de expresión; el hostigamiento a comunicadores, periodistas y analistas políticos; el alejamiento de nuestros mercados naturales (como Estados Unidos, por ejemplo).

Más de una persona se pregunta por qué los pueblos se obstinan en votar por sus opresores. Hay muchos ejemplos en la historia del mundo y en particular de Latinoamérica. Tal vez la respuesta se la encuentre en lo que se conoce como “Síndrome de Estocolmo”, es decir el enamoramiento o la excesiva afectividad que desarrollan las víctimas de un secuestro, hacia sus victimarios.

Durante mi juventud, fui militante de la izquierda ecuatoriana al igual que muchos de mi generación. La invasión de Afganistán y la caída del muro de Berlín, nos llevó al desencanto por esa ideología que ofrecía resolver todos los problemas del mundo (desigualdad, hambre, desempleo, etc.) y que, por el contrario, produjo hambre, irrespeto a los derechos humanos, ejecuciones, falta de libertad y ausencia de principios democráticos.

Acompañé a una inmensa cantidad de mis compatriotas en la primera campaña presidencial de Rafael Correa. Lo veíamos valiente pero -sobre todo- decidido a conducir de manera democrática las transformaciones sociales a las que aspirábamos en nuestra juventud. Por decisión del movimiento, fui parte de su papeleta como candidato a la vicepresidencia.

En un inicio, se iban cumpliendo todas las expectativas. Como vicepresidente y por mi condición de discapacidad física, solicité se me delegara un programa por la defensa de los derechos de las personas con discapacidad, que luego fue reconocido dentro y fuera del país y que me generó una amplia simpatía de los ecuatorianos.

En el resto de la gestión gubernamental, los esfuerzos fueron similares. Hubo realmente los cambios que todos esperábamos (Tolkien en su saga del Señor de los Anillos dice: “Saurón, el líder maléfico, siguió el camino de todos los tiranos, comenzó siendo bueno”...).

El cambio vino en el último período presidencial. Para ese momento, me había negado a la posibilidad de ser nuevamente candidato a la vicepresidencia. No estoy de acuerdo con las reelecciones sucesivas. Pienso que son lesivas a la democracia y una falta de cortesía (por decir lo menos) hacia los integrantes de los movimientos políticos, pues impide la presencia de nuevos líderes, con ideas frescas para la gestión de dirigir un gobierno.

En mi ausencia (me encontraba en Ginebra cumpliendo el encargo del Secretario General de la ONU, como Enviado Especial sobre Discapacidad y Accesibilidad) sucedieron cambios que nadie esperaba. El deseo de prolongarse en el poder produjo que el presidente se revistiera de comportamientos siniestros; no consultó al pueblo acerca de su nueva reelección, y una Asamblea obsecuente, sumada a una Corte Constitucional sumisa, decidió validar las reelecciones indefinidas, opción a la que finalmente renunció, porque los continuos errores habían provocado el desencanto popular. Intuía correctamente que no ganaría una nueva elección.

Fue entonces cuando el presidente decidió buscarme en Ginebra para que, de acuerdo a sus zalameras palabras, yo “salve el proceso revolucionario y proteja a los compañeros contra sus enemigos gratuitos”. Porque solo yo podía ganarle las elecciones al candidato de la derecha. De manera cansina, negaba rotundamente la posibilidad de que hubiera corrupción en su régimen y juraba que respetaría las decisiones de mi gestión. “Tú eres el presidente” repetía con insistencia.

Algunos meses antes de la elección, yo había enviado una comunicación a nuestro movimiento político, expresando mis desacuerdos con la forma de llevar la gestión gubernamental, con las reelecciones, con el irrespeto a la libertad de expresión, con el autoritarismo, con la falta de frescura en las relaciones internacionales, con la ausencia de diálogo con las organizaciones sociales, entre muchos otros temas.

Como suponíamos, el triunfo electoral se dio, a pesar de una campaña en la que primaron la agresividad verbal y el empleo intensivo de mensajes mentirosos en redes. El clima era tenso y había mucha incertidumbre acerca de cómo sería mi presidencia.

Por mi parte, tenía claridad sobre lo que se debía hacer: reconciliar a un país polarizado en todos los niveles y ámbitos, re-institucionalizar y respetar la autonomía de las funciones del estado y dialogar con todos los espacios políticos y sociales (como lo había ofrecido en aquella carta enviada al movimiento político).

La respuesta del expresidente no se hizo esperar: me tachó de traidor y, con un lenguaje de alcantarilla, empezó a cuestionar las decisiones de mi gobierno y ordenar a los compañeros que ocupaban cargos de dirección que renunciasen como, en efecto, muchos lo hicieron.

Muy pronto se olvidó de las promesas hechas en Ginebra.

La peor parte vino cuando evidencié la difícil situación económica del país. Él decía que dejaba la “mesa servida” pero encontré las finanzas públicas quebradas, una deuda externa casi impagable (cara y de corto plazo), centenares de obras inconclusas (además de defectuosas y con actos de corrupción) y miles de millones de dólares de deuda a proveedores.

La situación era de pavor y así lo manifesté al país.

Fueron momentos desesperantes. No entendía cómo se podía haber sido tan irresponsables con el futuro del Ecuador, después de haber contado con la mayor bonanza económica de la historia.

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