domingo 16  de  junio 2024
OPINIÓN

De Oppresso Liber

El patriotismo, del que Murray pone a Teixeira y Assange en antípodas, es en todo caso un estado de adhesión, una actitud identitaria tributada a una idea, a una comunidad imaginada, diría Benedict Anderson.
Por Erick Fajardo Pozo

“Le pregunté a Assange años atrás cuándo su siniestra y opaca organización filtraría secretos del gobierno ruso. Todavía aguardo una respuesta”, dice el escritor Douglas Murray en un tuit extraído de su columna en el New York Post que vincula al soplón-aviador de los Pentagon Leaks Jack Texeira con su camarada de armas Bradley Manning, el arquitecto de WikiLeaks Julien Assange y el operativo disidente de la NSA Edward Snowden – todos filtradores de información clasificada – declarándolos “traidores” a los EEUU.

Tan ingenuo chovinismo resulta inoportuno y fuera de lugar. Este no es el mejor momento de América ni ésta su más idónea administración para señalar a nadie de dirigir organizaciones “siniestras y oscuras”, cuando gobierna un partido – irónicamente llamado “demócrata” – que tensa los límites entre soberanía y estado de derecho como no sucedía desde Richard Nixon.

El patriotismo, del que Murray pone a Teixeira y Assange en antípodas, es en todo caso un estado de adhesión, una actitud identitaria tributada a una idea, a una comunidad imaginada, diría Benedict Anderson.

El emperador Marco Aurelio decía que Roma era un sueño tan frágil que sólo podía ser susurrado. “Más que un susurro y se desvanecía…”, diría al describir el frágil estado en que la idea de la república existía y lo fácil que podía resultarle la paranoia de control de cualquier delirio totalitario, esparcir el miedo e imponer un régimen de excepción.

Conclusión: Juramos lealtad y nos adscribimos a una noción, no al estado, no a sus instituciones o a sus gobernantes; estructuras que suelen no ser la confirmación sino la distorsión de esa noción. En esa lógica, ¿Se hace patria afiliándose al estado que viola su carta de constitución y los derechos fundamentales de sus ciudadanos u oponiéndosele y exponiendo sus excesos?

Otro aspecto en que discrepo es en reducir la genealogía de la filtración de Informes Estratégicos de Guerra a Assange, Manning o Snowden pues resulta un recuento pobre y superficial de una era que no comenzó con WikiLeaks y sus Diarios de Afganistán (2010) o el NSAGate (2013) sino con los Papeles del Pentágono (1971).

El dato insoslayable que pierde u omite Murray es Daniel Ellsberg quien filtró a la prensa por primera vez que el gobierno estadounidense – en sucesivas administraciones desde Lyndon Johnson hasta Richard Nixon – había actuado de manera discrecional en Vietnam, mientras ocultaba a sus ciudadanos y al Congreso el derecho a deliberar y auditar sus decisiones.

Su impacto esculpió la cultura estadounidense de segunda mitad del siglo XX al punto de que, en sucesivas décadas, la élite político-militar de los EEUU fue asociada con el perturbador monólogo de Jack Nicholson, interpretando al coronel del Cuerpo de Marines Nathan Jessup, afirmando que “el pueblo americano exige la verdad pero no sabría qué hacer con ella” (A few good men, 1990).

Jessup fue una caracterización de la paranoia de estado de vigilancia que heredamos de la Guerra Fría, o eso creí hasta que escuché al periodista Matt Taibi de los Twitter Files – el parangón contemporáneo de los Pentagon Papers – testificar ante el Congreso en marzo que “ellos (aludiendo a la colusión del gobierno de Biden y las High Tech) creen que la gente común no puede manejar verdades difíciles, por lo que necesitan custodios que los eximan de manejar las cosas controvertidas o difíciles”.

En ésta era de la verdadera Gobernanza Interactiva, y no esa distorsión del concepto que la extrema izquierda usa para bautizar sus agencias de censura que patrullan la libertad de expresión o a su aparato financiero que chantajea a corporaciones e impone la transexualización de la cultura de consumo, no hay posibilidad de mantener información inconveniente cual secretos de estado. Tampoco hay posibilidad de convencer a ningún joven mayor de 21 años de que le debe una lealtad con sabor a complicidad a la estructura de estado que usa la FISA para espiar, incriminar y cancelar a ciudadanos estadounidenses.

No, Murray, los traidores no son los oficiales Teixeira o Manning, ni Assange de WikiLeaks, ni el teniente Kaffey, ni los cabos Dawson y Barnes de “Escasos Hombres de Honor”. Los traidores son los que se arrogan la autoridad para decidir qué debemos saber y qué van a ocultarnos, excediéndose en sus facultades y el mandato que la democracia les da.

Ser patriota requiere más que disculpar tras el uniforme la obediencia ciega y es definitivamente más que autodenominarse conservador. El primer deber de un patriota – y por cierto, de un conservador – no es proteger ni al Coronel Jessup ni al establishment, ni al estado, sino al cabo William Santiago y al aviador Jack Teixeira. Nos hace patriotas y conservadores defender los principios a los que se adscriben cada Tommy y Gina de América, y no al estado cuyos aparatos cancelan esos principios.

Hay un sensible error en la interpretación del lema de las Fuerzas Especiales de EEUU – De Oppresso Liber – que la geopolítica Monroe interpretó como “para liberar a los oprimidos”, cuando en realidad el sentido del adagio es “de oprimidos a libres”.

Los estados y sus instituciones absolutas no liberan a nadie pues son por definición estructuras que imponen soberanía a los agentes. La libertad es una condición que depende de la capacidad de los agentes de contener el exceso del estado, del estado monárquico y de los estados en Des-democratización (Democratic Backsliding).

George Washington lo sabía, por eso le legó a los ciudadanos de los EEUU, y no a su gobierno, una batería de enmiendas; para proteger a sus constituyentes del abuso de poder del estado.

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