Así pretendan negarlo, el Rodrigato fue sorprendido y se mostró claramente impactado con el regreso al país de la líder María Corina Machado. Y no es para menos: “Estoy aquí. Con ustedes”. No dijo más. Un brevísimo mensaje en la red X; cuatro palabras que generaron una explosión de esperanza que se expresó masivamente en la ruta de 360 kilómetros entre Barquisimeto y Caracas, una vía convertida en ríos de gente agradecida y fortalecida.
Los venezolanos saben lo que quieren y lo que necesitan. Eso es imbatible. María Corina no requiere lanzar un discurso para activar a millones de venezolanos, lo que resulta realmente poderoso.
Todo esto explica la errática reacción de Delcy que se mostró aterrada al constatar la veneración de un pueblo. Ella, como todo el país, ha debido sentir que la sintonía de María Corina con la gente roza con la devoción a una santa. De allí que ahora una Delcy tartajeante intente proponer -equivocadamente- la búsqueda de una “nueva espiritualidad” y que ordene el adelanto de la Navidad con la activación de espectáculos musicales, deportivos, es decir el circo.
Los hermanos Rodríguez se encuentran en el callejón que les ordena Estados Unidos sin derecho a protestar, buscando eufemismos que maticen su complicidad en la acción ejecutada para llevarse a Cilia Flores y Nicolás Maduro. Por eso en la narrativa de esos hechos Delcy se encuentra atrapada, calificando como “bombardeo externo” el ataque de Donald Trump, mientras él se siente absolutamente orgulloso.
El despecho del domingo los Rodríguez y Diosdado Cabello trataron de desviarlo el lunes en un video que los mostraba caminando con aparente desenfado compartiendo un rato informal. Pero fallaron en su objetivo. El resultado fueron los rostros de tres derrotados acompañando un féretro a su destino final. Su simulado desparpajo cerró de modo aún más infeliz: mientras los hermanos Rodríguez hicieron con sus dedos la V de la victoria, Diosdado Cabello se enredó (o fue adrede) y se despidió con una “L”, estirando el dedo índice y el pulgar, sí, igual a como amenazan con disparar los malandros a sus víctimas.
A Delcy no le fue mejor luego en su declaración con la que descalificó, en tono de despecho, el ingreso de María Corina al país por la vía terrestre. Fue en ese aspecto donde el resentimiento se le mostró incontrolable. Y francamente, es comprensible. El apoyo a María Corina, contundente y masivo, resulta proporcional al rechazo que el venezolano siente por Delcy Rodríguez.
Lo que ocurrió el domingo pasado, -que decenas de miles de ciudadanos, gente de pueblo, sin convocatoria haya salido espontáneamente a celebrar el regreso de María Corina-, es la mayor fiesta y manifestación espontánea y de lealtad que debe haber registrado la historia venezolana. Fue una marea humana que abarcó los estados Lara, Yaracuy, Carabobo, Aragua y Miranda hasta Caracas.
Delcy, atrapada en su miedo y rencor, sabe que confronta problemas en un hipotético enfrentamiento electoral, no sólo por el rechazo natural a su persona como corresponsable de la tragedia de los venezolanos, sino por ella misma. Expulsada por Hugo Chávez de su gobierno, cuesta que el chavismo la aprecie. A lo que los oficialistas le suman ahora su desconfianza por haber traicionado a Nicolás Maduro.
Delcy trata de suavizar su imagen con colores rosados y en su relato se asoma como víctima apelando a la historia repetida de su padre secuestrador asesinado (a quien no menciona); recurso manido con el que procura encapsularse junto a su familia, como perseguidos políticos.
Otra mentira gigantesca, fácil de desmontar.
Decenas de testigos registran el confort de su adolescencia y juventud con privilegios otorgados por la democracia -como la Beca Gran Mariscal de Ayacucho, entregada en sus manos por Leopoldo López Gil- así como su dispendiosa vida en Francia e Inglaterra.
Otro caso delicado para Delcy es el tema de los presos políticos torturados, en ocasiones incluso en su presencia, mientras las cárceles venezolanas siguen saturadas de procesados inocentes, sin que se haga justicia ni serias gestiones para su liberación. Además, existen sospechas de que ella acaricia la posibilidad de utilizar la represión y activar la persecución política, pero se inhibe porque le han advertido que es un asunto grueso que no le huele bien a Estados Unidos y que la vuelve aún más impresentable.
La bondad no se decreta y el papel de santita a Delcy no le va.