-Yo no me pongo un vestido ni zapatos de tacos para ir a La Casa Blanca ni para mi matrimonio –sentenció mi esposa.

La amé. Se había vestido con unos pantalones negros bien apretados y unos botines negros, toda ella muy masculina, como si viniera de cortar leña con Ellen DeGeneres. Caminábamos por la calle Diecisiete, rumbo a La Casa Blanca. Hacía un calor infernal a media tarde, aun peor que el calor espeso y agobiante que habíamos dejado en Miami.

-Cuando vivía en esta ciudad, no hacía tanto calor –dije, transpirando como un chimpancé en la canícula subsahariana.

-Eso fue hace veinticinco años –observó mi esposa, y me sentí un viejo a su lado-. ¿Has oído hablar del calentamiento global?

Mi madre Dorita se había arreglado tanto y lucía tan espléndida que parecía menor que yo: llevaba un vestido negro con flores estampadas, zapatos de taco aguja, joyas y un reloj que valían lo que yo gano en tres años, y le habían hecho un peinado alisado y azabache que le daba un aire de señorona indómita, viuda alegre y gran dama eterna, incombustible. Tomadas de sus manos caminaban mi hija Zoe, quejándose del calor abrasador, reclamando que la llevásemos a una piscina, pues nuestro hotel carecía de ella, y la risueña Tamarinda, fiel asistenta de mi madre, la persona que le llevaba las tarjetas de crédito, le recordaba las claves, le alcanzaba la bacinica y la sometía a rigurosas sesiones de calistenia, estiramiento y flexiones. Dorita y yo habíamos discutido al salir del hotel porque ella llamó al muchacho del valet parking, Carlos, Carlitos, que hablaba español y por añadidura era peruano, le alcanzó tres bolsas con hierbas y le dijo:

-Mira, hijito, me vas a hervir este afrecho, esta linaza y esta uña de gato una hora por reloj, y cuando estén bien hervidas mis plantas, vas a remojarlas con estos higos secos, y cuando esté todo listo me llamas a mi celular, ¿ya?

El pobre Carlitos recibió las hierbas, los higos y el termo y quedó demudado, y yo intervine presuroso y le dije a Dorita que no podía pedirle al señor del valet parking una cosa tan extravagante y fuera de sus posibilidades.

-No estás en tu casa, mamá –le dije-. No puedes dar órdenes así. No le puedes pedir que haga algo que no le corresponde hacer.

Ella me dirigió una mirada flamígera y comentó:

-Tú siempre engriendo al personal.

El día anterior había pillado a Dorita conspirando y secreteando con las señoritas de la recepción del hotel. Le pregunté qué estaba tramando y no quiso decirme. Luego una de las chicas me confesó:

-Su madre nos ha pedido que la llevemos a los lugares donde donan ropa usada. Dice que necesita que le regalen ropa.

Solté una risotada, no era la primera vez que Dorita hacía esa clase de travesuras furtivas, y les rogué a las chicas de recepción que no se coludieran con ella para asaltar la buena fe de alguna organización benéfica o de caridad.

-Mi madre no necesita ropa –les dije.

-Ella nos ha dicho que es para las víctimas de las inundaciones de su país –me aclaró una de ellas.

-No es así –la reconvine-. La ropa usada es para ella. Mi madre goza recibiéndola y sufre comprándola. Es un mal genético.

Como no le habían hervido sus semillas, plantas y raíces con higos secos y le habíamos saboteado su incursión a las donaciones de ropa usada, mi madre estaba risueña pero distante, cordial pero levemente distraída, y cuando nos acercamos a La Casa Blanca, la oí decirle a su asistenta:

-Esta Casa Blanca no está tan blanca. Necesita que le den una manita de pintura.

Nos identificamos con nuestros pasaportes en la caseta de seguridad, ante tres hombres uniformados del Servicio Secreto, que portaban ametralladoras y miraban con comprensible hostilidad. Pasamos tres puestos de controles exhaustivos. Nos sometieron a toda clase de chequeos, reconocimientos y escrutinios.

-Hacía tiempo que un hombre no me toqueteaba así de rico –le dijo Dorita a mi esposa, y se rieron.

Luego nos tocó esperar a que viniera por nosotros uno de los hombres cercanos al Presidente. Mi esposa se sacó los botines y dijo que le dolían los pies.

-¿Te parece bien quedarte en medias en La Casa Blanca? –le pregunté, en tono de amonestación.

-No me jodas, ¿ya? –dijo ella.

Luego se puso las zapatillas charoladas de la asistenta Tamarinda, quien a su vez calzó los botines de mi esposa. Entretanto Zoe vio a un zancudo ventrudo sobrevolando cerca de ella y, dirigiéndose a mí, gritó:

-¡Mátalo, mátalo!

-Mi amor, no grites así, van a pensar que somos terroristas –le dije, ofuscado, alejando al zancudo de un manotazo.

Poco después apareció uno de los hombres del Presidente. Nos saludó cordialmente. Nos previno que no podíamos tomar fotos una vez que pasáramos al Ala Oeste, donde yo sostendría una breve reunión con algunas personas que me habían convocado para hablar de la crisis más grave de la región. Mi hija Zoe lo interrumpió:

-¿Dónde está la piscina? –preguntó.

El asesor celebró la ocurrencia y le respondió:

-Ya no hay piscina en La Casa Blanca. Antes había una. Ahora es el cuarto de la prensa.

Zoe frunció el ceño y me miró con cara de ¿qué carajos hacemos en esta casa que no tiene piscina, si hace tanto calor?

Cuando pasamos al lado de un retrato de Hillary Clinton, Zoe le confió al asesor:

-Mis papás votaron por Hillary.

El asesor me miró sorprendido y se rió.

-Sí, yo voté por ella –dijo valerosamente mi esposa, que desde el día uno me dijo que no quería ir a la Casa Blanca y que el Presidente tenía que estar loco de remate para que mi opinión le pareciera relevante, atendible, digna de ser escuchada.

-¿Cuánto tiempo más va a ser Presidente Trump? –volvió a preguntar Zoe, la niña que siempre tenía una pregunta más, la niña de la curiosidad insaciable.

-Mínimo ocho años –sentenció Dorita-. Yo lo apoyo cien por ciento –añadió.

-Mi papá dice que Trump va a durar solo cuatro años –dijo Zoe-. Y que el muro no lo van a construir nunca.

Yo me reí, como diciendo qué graciosa la niña, cómo se inventa cada cosa, pero el asesor, ahora acompañado de otro consejero presidencial, me miró con una cierta desconfianza, un creciente recelo. Luego les explicó a las bellas mujeres de mi comitiva que debían esperar en un gran salón, hasta que nuestra reunión terminase, y que por favor no usaran los celulares ni tomasen fotos.

-No te preocupes, hijito –le dijo mi madre, que se sentía como en su casa de Miraflores, Lima-. Y dile a Trump que al idiota de Maduro hay que sacarlo a patadas de una buena vez.

Los asesores festejaron entre risas la cruda franqueza de mi madre.

-Diles, pues, Jaime, lo que piensas, no seas tonto, hijito –me arengó-. Diles que tienen que dejar de comprarle petróleo a Maduro.

-Sí, mamá, cómo no, hablaremos de eso –le dije, y la miré rogándole que fuese comedida y guardase silencio.

-Estamos evaluando esa opción –dijo uno de los asesores-. El problema es que tendría un fuerte impacto en términos humanitarios.

Dorita lo miró desde sus alturas olímpicas, imperiales, toda regia ella, la gran señora presidiendo en las alturas del poder, y sentenció:

-Para hacer tortillas hay que romper huevos, hijito.

Luego uno de los asesores cerró la puerta del salón y, mientras caminábamos a toda prisa, rumbo a la reunión, se oyó la voz de mi madre aguda e hilarante que decía:

-Si yo fuera presidenta, mañana mismo invado Cuba y Venezuela.

Enseguida se asomó a la puerta y preguntó, como si estuviera en la cocina de su casa:

-¡Me muero de hambre! ¿Hay una cafetería acá? ¿Me pueden traer un sandwichito de jamón y queso?

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