El año termina bien: he publicado una novela, no sé si continuaré en el canal de televisión (la incertidumbre siempre es buena: azuza el ingenio, estimula la imaginación), he vuelto a correr (o, más exactamente, a caminar deprisa, pero lo importante es que sudo como una yegua de carrera), vivo enamorado de mi mujer, todavía me acuerdo de cómo hacer el amor (hace un par de años, severamente deprimido, mal medicado, me parece que lo había olvidado, o que ya no se me daba con una mínima pasión), y ahora mismo estoy en un vuelo de madrugada con destino a Lima para pasar las fiestas de fin de año con mi madre y los padres de mi mujer.

Una duda quemante corroe mi espíritu: ¿debo asistir a la misa de gallo a la que he sido convocado por mi madre y mis hermanos? No siendo creyente, siendo agnóstico, ¿debo hacer la concesión histriónica de acudir a unos servicios religiosos solo para complacer a mamá? ¿Qué resulta más importante a estas alturas: ser fiel a mis débiles convicciones morales, o hacer feliz a mi madre? No he sido invitado a la misa de gallo que un cura amigo (y mantenido) de la familia pondrá en escena solo para mi madre y sus íntimos y allegados: he sido conminado a asistir, se me ha comunicado que, por respeto a la familia, y por consideración a mamá, una señora profundamente religiosa de setenta y seis años, debo acudir (no valen las excusas, James) a un templo católico el sábado a las seis en punto de la tarde, vestido como señorito y no como escritor casposo, y acompañado de mi esposa y nuestra hija de cinco años, no bautizada en confesión religiosa alguna. Si, por amor a mi madre, finjo una hora, solo una hora, ser creyente, o cuando menos agnóstico culposo, y balbuceo ciertas oraciones y plegarias que se me extravían en la penumbra de la memoria, ¿qué le diría a mi hija, que de pronto he vuelto a creer en Dios, o que todo eso es una delicada impostura, un acto de cortesía para contentar a su abuela? No lo tengo claro, no sé qué hacer. Mi mujer piensa que debemos asistir a la misa de gallo, y rezar, y cantar, y comulgar, y arrodillarnos contritos, como si estuviésemos en un acto teatral del cual mi madre es productora, directora y privilegiada espectadora. Yo sé que si voy, me sentiré un farsante, un impostor, y si no voy, le causaré una profunda tristeza a mi madre, precisamente la noche en que quisiera verla más contenta. Improvisaré. Todo dependerá de cuán apto me sienta esa tarde bendita para refinar mis habilidades para la duplicidad, el engatusamiento y la picaresca familiar.

Ya mi madre me había ganado una batalla épica, o mejor, bíblica: se enteró de que yo había terminado una novela copiosa sobre nuestra familia (ochocientas páginas, titulada La sagrada familia), conspiró con curas, santurrones y cucufatos, me escribió un escueto correo diciéndome que si me atrevía a publicar la novela “no me verás más en esta vida” (dejando abierta la posibilidad de reencontrarnos amigablemente en otras vidas fantasmagóricas) y advirtiéndome de que, si era tozudo y no cedía y publicaba la novela de marras, mi nombre, ya manchado por el vicio y el pecado, sería borrado de su testamento, sumiéndome en la miseria económica y la ignominia moral. Dado que mi madre es una señora de considerable riqueza (espiritual, pero también material), mi mujer me dijo:

-Te corto los huevos, si publicas la novela.

Por amor a mi madre y mi mujer, guardé la novela en un cajón, di instrucciones a mi agente de que no la ofreciese a ninguna editorial, me senté a escribir una novela en clave de humor y me sentí un miserable, un fracasado, un pusilánime, un escritor tan poca cosa que le tiene miedo a su madre y, sobre todo, a ser pobre, desheredado.

Yo sé lo que es sufrir la vergüenza de ser desheredado: hace pocos años, un tío millonario y solterón, hermano mayor de mi madre, evidentemente homosexual, con una admirable debilidad por los negros pujantes del sur, murió en su cama, bebiendo coñac y comiendo chocolates, y repartió generosamente su vasta fortuna entre sus hermanas y sus muchos sobrinos: entre ellos, mis nueve bien amados hermanos, quienes, uno por uno, recibieron bastante dinero, siendo yo el único sobrino expresamente desheredado, rebajado al oprobio y el deshonor. ¿Por qué el tío gay ricachón me reprobó de esa manera? Eso no lo sabré nunca con absoluta certeza. Pero tengo, por supuesto, una explicación, una hipótesis: porque hace muchos años, hacia 1993, el tío millonario y solterón me mandó una carta manuscrita a Washington DC, donde yo vivía entonces, en el barrio noble de Georgetown, y me pidió que no publicase mi primera novela, No se lo digas a nadie, pero yo no le hice caso, ni a él ni a mi madre ni a mi suegra, y la publiqué contra viento y marea, y se armó un escándalo parroquial en la ciudad donde nací, y la familia se avergonzó de mí, y sospecho que a mi tío, todo un caballero renuente a la exposición pública, aquella operación del libro escandaloso le pareció indigna, mercenaria, obscena; y porque en media página del libro aparecía la sombra pecaminosa de un cierto tío homosexual, a quien yo admiraba en secreto, que paseaba a medianoche por el parque de Miraflores, buscando muchachos que alquilasen sus servicios sexuales. Es decir: ya una vez me desheredaron por publicar una novela prohibida, y quizá dos veces serían muchas.

¿Iré a la bendita misa de gallo? Probablemente, sí. ¿Cantaré villancicos con mi madre, al pie de su hermoso nacimiento del niño Jesús? Me temo que no. ¿Publicaré algún día La sagrada familia? Seguramente, sí, pero bien pueden pasar cinco o diez años antes de que eso ocurra: si mi madre y yo estamos vivos, habrá que posponer la salida del libro.

La familia, como siempre, se encuentra dividida, y el veneno que la separa es siempre el mismo: peleas de dinero. Somos diez hermanos y hay por lo menos tres bandos antagonistas, enconados. Fernando e Ignacio no pueden verse, pues si se vieran habría el riesgo de que acabasen liándose a trompadas, y por eso Fernando pasará la Navidad en Nueva York. Carmen y Jorge se han dicho incendios por correo electrónico y con copia a toda la familia, Jorge ha acusado a Carmen de desfalcar a nuestra madre, Carmen ha acusado a Jorge de desviar dineros a cuentas secretas en el Caribe, y por eso Carmen y sus hijos han viajado a casa de una amiga en Montecito, California, a pasar la Navidad y el Año Nuevo. Mi hermano Álvaro y yo hemos dejado de hablarnos hace ya tres años: Álvaro me hizo perder dinero en malas inversiones bursátiles, yo me porté como un patán y dije barbaridades contra él, mi madre tuvo que cubrir las pérdidas y se presume que Álvaro no participará de las celebraciones familiares para no dignificarme con su presencia; además, mi hermano Julián ya no me quiere como antes, y no sé cuál es la razón de su trato frío y distante, pero sospecho que deplora mi conducta con Álvaro y toma partido por él, con quien se lleva muy bien. Los que dicen que una familia numerosa de diez hermanos es una fuente segura de diversiones no se equivocan; pero quizás ignoran que la diversión proviene de ver quién se pelea con quién en la cena de Navidad. Estamos viajando con seis maletas llenas de regalos para todo el mundo, menos para Álvaro, qué lástima que una relación fraternal se destruya por cosas de dinero. Pero la Navidad, basta de hipocresías, es, sobre todo, un evento en el que el dinero resulta de importancia no menor: el éxito de cada uno parece medirse, entre risas y brindis, por la calidad de sus regalos y el valor de los obsequios, de modo que no siempre se regala solo para hacer feliz al regalado, sino también para informarle de que nosotros seguimos teniendo más dinero que él y, de paso, le estamos dando una pequeña lección de generosidad, qué risa, a ver si aprende a regalar cosas finas, y no chucherías, baratijas. Si algo me ofende es que me regalen medias, calcetines, espero que no me humillen otra vez de esa manera innoble.

Todavía no ha aterrizado el avión en Lima, y ya quisiera estar de vuelta en mi casa en Miami, así de apocado es mi espíritu navideño.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

Aparecen en esta nota:

 

Deja tu comentario