Los tiroteos en el sistema escolar de Estados Unidos (EEUU) son un tema recurrente. Cualquier abordaje nos refiere al hito de la masacre del Instituto Columbine, en 1999, con 13 víctimas incluyendo a un profesor.

En la última década conmocionaron a la opinión pública el ataque a la Escuela Primaria Sandy Hook, Connecticut, el 14 de diciembre de 2012, donde un hombre mató a 26 niños y profesores de la escuela; el tiroteo del 2018 en el Instituto Marjory Stoneman Douglas, Parkland, Florida, cobrando la vida de 17 personas; y el reciente en la Escuela Primaria Robb de Uvalde, Texas, el 24 de mayo de 2022, con 19 niños y dos adultos asesinados. Durante este 2022 han muerto 73 estudiantes en tiroteos escolares; siendo más de 500 las acciones reportadas en las escuelas de EEUU.

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Intentaré exponer algunos puntos de vista alrededor de la problemática, aunque convencido de que los estudios realizados no alcanzan un total consenso entre sociólogos, pedagogos, psicólogos y psiquiatras.

La definición más aceptada de un tiroteo masivo asegura que es aquel donde mueren cuatro o más personas. Disímiles son las aristas para el análisis desde categorías psiquiátricas como psicopatías, psicosis, trastornos esquizoides y traumas; siendo común a este tipo de acciones el odio incubado en quien las comete, al sentirse víctima del aislamiento o rechazo social. No olvidemos que la agresividad es inherente a los seres humanos, pero la violencia es su deformación, sobre todo debido a factores socioculturales que condicionan una conducta dañina, destructiva, obviando cualquier componente adaptativo.

Los autores de tiroteos

El Buró Federal de Investigaciones -FBI por sus siglas en inglés– define a los protagonistas de tiroteos escolares como “injustice collector” o “coleccionista de injusticia”, un término acuñado por la doctora Mary Ellen O’Toole en la obra Dangerous Instincts. Los tiradores sienten que el medio les es hostil, injusto en el modo en que los enjuicia; sentimiento que puede generalizarse llegando a despertar odio a la especie humana. Es recurrente en él o los autores la proyección de ira y venganza sobre las escuelas por ser el espacio donde se genera su condición psicológica o buscando impactar en la opinión pública dada la sensibilidad comunitaria hacia cualquier acto violento en ellas.

Modelar el perfil psicológico de los tiradores es difícil. Si analizamos, por ejemplo, características de Salvador Ramos, autor del ataque a la escuela de Texas, descubrimos a un estudiante objeto de bullying escolar, sobre todo por su tartamudez y ceceo, lo que lo llevó a la práctica de autolesiones no suicidas cortándose la cara: conducta propia de un joven que se enfrentan a una ira intensa, al dolor emocional y la frustración; su familia es disfuncional, con una madre adicta a las drogas y un padre ausente. Las armas de fuego le sirvieron para elevar su autoestima, sentirse invulnerable, y terminó expresando toda su violencia en la cotidianidad, en un intento desesperado de reafirmación dentro del sistema patriarcal de género, responsable de gran parte de la violencia social dada la rigidez de sus patrones.

La masacre de Columbine sirvió de modelo e inspiración a muchos tiradores posteriores, inscribiendo en la bibliografía el término “Efecto Columbine”; siendo definidos los nacidos después del 20 de abril de 1999 como miembros de la “Generación Columbine”. Si analizamos a sus autores, Dylan Bennet Klebold y Eric David Harris, ambos estaban aquejados de una depresión profunda y un odio incubado.

En el diario de Harris, con una personalidad agresiva, aparecen reflejadas sus ideas: “Estoy lleno de odio y me encanta” o en las frases colocadas sobre las fotos de sus compañeros de aula, donde subraya algunas como “no vale nada”, “muere” y “golpear”. En el momento del ataque él estaba tomando un antidepresivo, Luvox, pero las investigaciones aseguran que antes de comenzar a planearlo ya lo consumía; contrario a Kip Kinkel, quien suspendió el Prozac, antidepresivo inhibidor, ocho meses antes de los hechos. Las hipótesis médicas aseguran que la continuación del tratamiento pudo evitar su conducta. Los estudios realizados en 2008 de los documentos de Dylan dados a conocer, revelan que parecía aquejado de una psicosis severa; una condición de difícil diagnóstico en los jóvenes por la tendencia a enmascararla.

No podemos estigmatizar a quienes están aquejados de una neuropatología. Son personas casi siempre pacíficas y la proporción entre los tiradores escolares que padecen alguna enfermedad y los aparentemente sanos es la misma; pero pensemos en Jared Loughner, autor de la masacre de Arizona en 2011, y en Ted Kaczynski, “Unabomber”, el genio matemático autor del Manifiesto “La sociedad industrial y su futuro”, ambos diagnosticados como esquizofrénicos en prisión, poseyendo el segundo una tendencia paranoide que lo llevó a intentar hacer creer al FBI que era el autor de los sucesos del 9/11. Si ellos hubiesen sido objeto de una evaluación médica temprana, unido a un adecuado tratamiento, es probable que no tuviéramos que lamentar hoy las acciones horrendas que cometieron.

Una síntesis de las condiciones tipo de los tiradores incluye frustración severa, ausencia de amigos, incapacidad para controlar la vida social y el dolor emocional, poca o nula educación emocional, baja autoestima, necesidad de proyectar una masculinidad hegemónica puesta en duda y de revertir su imagen de “loser” o “perdedor”. Puede detectarse en ellos alguna de las categorías psiquiátricas, viven en familias disfuncionales, siendo vulnerables a la violencia escolar, comunitaria, al acoso familiar, escolar, al abandono, y a abusos de tipo sexual, físico y psicológico. Es interesante que estos jóvenes siempre comunican, de algún modo, su intención; de ahí la importancia del trabajo profiláctico.

El sistema educacional

En el caso del sistema educacional de EE. UU urge reforzar las dinámicas de comunicación escuela–familia, siendo fundamental subvertir el actual déficit de personal de apoyo psicológico en las entidades docentes. Pensemos que en la adolescencia se es sensible a los trastornos conductuales y existe tendencia a manejar las situaciones desde la violencia. La mayoría de los protagonistas de los tiroteos se sentían desprotegidos, ajenos a cualquier nivel de ayuda.

Los estudios demuestran que cada vez es mayor el número de estudiantes con patologías como el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (ADHD por sus siglas en inglés), que no son diagnosticados ni intervenidos, derivando en comorbilidades que van desde trastornos de ansiedad (sobre todo en las niñas), tendencia al consumo de drogas, a las crisis depresivas, Trastorno Explosivo Intermitente, Trastorno Negativista Desafiante y Trastorno de Conducta (TC), conocido este último, en el argot popular, como conductas antisociales. Sumemos la complejidad de las actuales dinámicas familiares, escolares, y la vulnerabilidad psicológica, transitando desde el alcoholismo, los embarazos adolescentes, el tabaquismo o el problema persistente de conducir en estado de ebriedad, hasta los trastornos de salud mental, una situación que debe calificarse y ser gestionada como emergencia nacional.

Es, además, un reto superar los obstáculos que enfrentan los proveedores de salud mental, e incluye los casos en que una persona rechaza la ayuda o miente en las evaluaciones clínicas.

El joven de 18 años Payton Gendron fue sometido en 2021 a una prueba neuropsicológica después de realizar un comentario demoledor en un trabajo escolar sobre la planificación de un asesinato–suicidio y las desviaciones negativas de los resultados no supusieron su detención. Él asesinó el pasado mes de mayo a 10 personas en las afueras de un supermercado en Buffalo, Nueva York, supuestamente movido por posiciones racistas. Sumemos que una armería terminó vendiendo a Gendron un arma semiautomática, declarando el dueño que no apareció ninguna alerta cuando registró el nombre del sospechoso en el sistema de verificación de antecedentes.

Los tiradores siempre, o casi siempre, dejan un documento testamentario de sus principales móviles. No fue el caso de la última acción en la escuela de Texas. Ello evidencia que se lanzan a una acción suicida o acto final, en el cual terminan en la mayoría de los casos quitándose la vida en el lugar de la acción. Es un resultado de que la enfrentan, aunque no fuera de manera consciente, desde la posición del “héroe existencial”, buscando su liberación en la muerte. Los autores son de sexo masculino, ubicados en el rango etario de 15 a 25 años, son alumnos o exalumnos de las escuelas donde desarrollan sus acciones y apelan a eslóganes inspiradores como “nosotros los mártires”. Si existe una prevalencia masculina en este tipo de acciones puede obedecer a la tendencia internalizante de los desequilibrios psicológicos en el sexo femenino y externalizante en el masculino, no focalizando las primeras la violencia como vía de solución.

Las armas, ¿el problema?

La posesión de armas de fuego es, inevitablemente, uno de los centros del debate. EEUU, donde viven 319 millones de personas, posee de 270 a 310 millones de este tipo de armas en manos de la población civil. Uno de los principales mitos sobre el tema es que esta relación numérica es proporcional al aumento de los tiroteos escolares, pero coincidiendo con el psicólogo Peter Langman, a quien considero la principal autoridad estadounidense en el tema, “la disponibilidad de armas no logra explicar el hecho; sobre todo porque, en condados donde los adolescentes tienen acceso a las armas, el tiroteo escolar sigue siendo como una aberración y es muy raro”; pero las medidas de seguridad de los padres deben ser extremas en las casas, unido a los controles para su venta, incluyendo una sistemática evaluación psicométrica a sus portadores.

Una de las problemáticas actuales es la ruptura de la barrera de edades en la exposición a la violencia social. La juventud sufre su bombardeo en las redes sociales, llegando a violar los protocolos y falsificar sus datos personales para acceder a Facebook, Instagram, Twitter, etc. En las redes no sólo aparecen actos de violencia, sino que los usuarios pueden ser objeto de humillación, asesinato de reputación y linchamientos digitales.

Los tiroteos escolares no sólo son nefastos para quienes pierden la vida. Los jóvenes que son partícipes se convierten en vulnerables al abandono escolar y, según la Universidad de Stanford, en las áreas donde tienen lugar estos hechos, aumentó hasta un 21% el consumo de medicamentos antidepresivos. A ello se suma la inestabilidad económica por el éxodo de los pobladores de la zona y la necesidad de reforzar los simulacros de tiroteos en las escuelas, obligando a sus estudiantes a legitimar la violencia como un componente de su cotidianidad.

Cuando analizamos la reciente aprobación de la Ley HB 1421 en la Florida, nos percatamos de que todas las acciones propuestas se enfocan en arrestos escolares, simulacros en las escuelas, seguridad y planes de reunificación familiar en caso de evacuaciones; debiendo enfatizar, además, en aspectos como la inclusión de la educación emocional en los planes de estudio, la gestión coherente del desarrollo neuropedagógico de los estudiantes, la preparación del personal docente y de apoyo, el completamiento de los equipos de gestión psicológica en las escuelas y el desarrollo de espacios para el trabajo profiláctico con la familia.

*El autor es Máster en Prevención e Intervención Psicológica en Problemas de Conducta Escolar por la Universidad Internacional de Valencia, España.

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