Por Juan Dircie*

Fue justamente mientras la comunidad judía celebraba la Libertad los últimos días de la festividad de “Pesaj”, la cual rememora la salida de los israelitas de la esclavitud de Egipto, cuando fuimos testigos una vez más de la violencia que acarrea el odio antisemita.

El ataque a la sinagoga Chabad en Poway (California) nos hizo confrontar nuevamente con el resultado directo de la proliferación de mensajes de odio y racistas que han permeado en la sociedad norteamericana durante los últimos años. A seis meses del atentado a la sinagoga Etz Chaim de la ciudad de Pittsburgh (Pennsylvania) que dejo el trágico saldo de 11 muertos, el dolor otra vez de un ataque armado a un templo judío.

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La violencia antisemita, algo que parecía muy lejano a la sociedad norteamericana, es hoy una realidad con la cual debemos lidiar como una de amenaza real y tangible.

Una de las preguntas que debemos hacernos entonces es cómo fue posible que este país considerado como uno de los más libres en la historia de la humanidad, inspirado en los valores de respeto, igual y libertad religiosa, haya llegado a este nivel de intolerancia y violencia.

Algunos dirán, y con pruebas suficientes, que es este el resultado directo de un discurso racista y xenófobo, alimentado desde las trincheras del nacionalismo blanco, que pregona la superioridad de la llamada “raza blanca” y deslegitima el derecho de cualquier otro grupo étnico a ser parte de esta nación. Continuando con esta línea, los grupos "extranjeros" son los culpables de la corrosión moral de la sociedad norteamericana. Si bien esta nefasta ideología no es nueva, seguirán argumentando sus detractores, la influencia de ésta ha ido creciendo en los últimos años incentivada por un discurso político que ha cruzado líneas que antes se consideraban rojas y que de alguna manera les da un guiño de permisividad o aceptación de la cual antes carecían.

Desde otros sectores el enojo y la reprobación apuntarán hacia la extrema izquierda. La misma, según sostienen sus críticos, ha revivido, reforzado y hasta recreado un escenario de confrontación entre grupos donde la situación deplorable de ciertas minorías “oprimidas y relegadas” dentro de la sociedad norteamericana son el resultado directo de la opresión y el desarrollo de otras minorías que han prosperado y florecido a costa de ellas. De acuerdo a esta lógica, continuarán sus censores, cualquier exclusión social debe ser analizada dentro de un contexto binario de “víctima-victimario”, “culpable-inocente”. Este discurso busca, o hasta inventa si fuese necesario, un “culpable-victimario-opresor” al cual asignar la responsabilidad por el deliberado estancamiento social de algún grupo en particular.

Lo interesante y común en ambas tesis es que tanto desde la extrema derecha como desde la extrema izquierda, por motivos tan diferentes como irracionales el judío es parte de “el otro”, “el distinto”, “el culpable”. Ambos extremos coinciden en un odio tan profundo como visceral al judío y un rechazo absoluto a la idea de inclusión y diversidad que es central hoy en las sociedades democráticas modernas. Por lo cual el fomento de estos mensajes desde cualquiera de los extremos no es solamente un ataque a la comunidad judía. En última instancia estos ataques atentan contra los valores centrales que sirven de base ideológica y sustento de la sociedad donde vivimos. Por si queda alguna duda: el antisemitismo empieza con los judíos, pero no termina con los judíos.

*Director Asociado Instituto Belfer para Asuntos Latino y Latinoamericanos del AJC (American Jewish Committee)

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