Unas semanas antes de que comenzaran los disturbios callejeros, quemando estaciones del metro y saqueando comercios ante la abulia de los cuerpos policiales que habían recibido la orden de no reprimir a los vándalos, Barclays, escritor fracasado, escritor itinerante, escritor porfiado a fin de cuentas, viajó a Santiago de Chile con los vastos recursos de su hacienda personal, pronunció una conferencia cargada de pirotecnia verbal que por momentos pareció la cháchara inflamada de un predicador religioso y dio una entrevista a la televisión pública, en la que confesó que su padre le pegaba cuando era niño. Días después, esa entrevista fue subida, por los productores del programa, al escaparate de las redes sociales, la vitrina global de Youtube.

Para su sorpresa, ya de regreso en su casa en la isla de Key Biscayne, Barclays recibió un correo electrónico de un señor que decía llamarse David Walker, quien había visto la entrevista de la televisión chilena, era asiduo televidente del programa de Barclays y tenía el correo de este porque solía aparecer en la pantalla durante su programa. Walker decía:

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-Vi tu entrevista en Chile. Me dio mucha pena. No sabía que tu padre fue violento contigo. Yo fui muy amigo de tu padre. Iré pronto a Miami. Me gustaría invitarte un café y contarte mis recuerdos de tu padre.

Luego el señor Walker contaba que vivía en las afueras de Nueva York, era profesor en la universidad de Princeton y pasaba los meses de febrero y marzo en Miami, en un apartamento que poseía en la isla de Key Biscayne.

-Por favor escríbeme cuando estés en Key Biscayne, me encantaría verte -le escribió Barclays.

Enseguida buscó fotos del señor Walker en las redes sociales, pero no encontró ninguna. Debía de ser un hombre mayor, si fue amigo del padre de Barclays, quien nació en 1935 y estaría por cumplir ochenta y cinco años. El padre de Barclays, James Barclays, había muerto de cáncer a los setenta y un años.

Unas semanas después, David Walker le escribió un correo a Barclays, anunciándole que había llegado a Key Biscayne e invitándolo a comer en un restaurante de comida peruana. Barclays lo sorprendió diciéndole que no le gustaba ese restaurante y prefería invitarlo a un café donde almorzaba todas las tardes. Quedaron un domingo a las tres de la tarde, porque Barclays dormía entre las tres de la mañana y la una de la tarde: las mañanas eran una sosegada ficción o una nube impenetrable para él.

Barclays llegó diez minutos antes de la hora convenida, pero el señor Walker ya estaba allí. Se puso de pie y lo saludó con afecto, como si se conocieran de toda la vida. En cierto modo se conocían: el señor Walker veía todas las noches el programa de Barclays, llevaba años viéndolo, de modo que Barclays era ya una persona cercana, familiar. Se dieron un apretón de manos. Barclays se sorprendió de lo bien que lucía, a sus ochenta y cuatro años, el amigo de su padre: alto, delgado, abundante pelo canoso, anteojos gruesos, mirada penetrante, sonrisa afable, se parecía muchísimo al escritor George Steiner, que acababa de morir, cuya obra Barclays había leído con devoción, desde que, muchos años atrás, su agente literaria, la catalana Carmen Balcells, le dijo, a una pregunta suya sobre quién era un escritor más talentoso, si García Márquez o Vargas Llosa, ambos representados por ella, que el más virtuoso e inteligente de todos los escritores que había conocido no era ninguno de esos dos, sino George Steiner, un genio discreto, sin aspavientos. El amigo de mi padre es idéntico a Steiner, pensó Barclays, y se sentó a escucharlo con curiosidad, mientras el señor Walker bebía una cocacola con hielo:

-Tu padre y yo nos conocimos en el colegio Santa María. Estábamos en la misma promoción, en la misma clase. Tu padre era muy fuerte. Era un toro. Todos le teníamos miedo. Era muy bueno peleando. Si alguien se metía con él, tu padre le daba una trompada y lo tumbaba. A mí nunca me pegó. Nunca nos peleamos. Pero en los recreos le gustaba boxear con el que se atrevía a desafiarlo. Boxeaban a puño limpio, sin guantes. Los chicos apostábamos a él o al otro. Pero tu padre era un animal, una bestia, si me perdonas la expresión. Nadie lo tumbaba así nomás. Era muy grande, muy fuerte, y noqueaba a los demás sin problemas.

En efecto, Barclays recordó que su padre solía retarlo a combates de boxeo con guantes, que resultaban una auténtica pesadilla para él. Su padre le decía:

-Puedes pegarme en la cara, yo solo puedo pegarte en el estómago.

Pero Barclays no le atinaba un solo golpe en la cara, y su estómago acababa machucado y estragado por los golpes de su padre, y era siempre él, abatido, pusilánime, lloroso, quien se rendía y tiraba la toalla. O sea que Barclays sabía lo duro que pegaba su padre cuando boxeaba.

Luego el señor Walker siguió contándole sus recuerdos:

-Tu padre tenía una moto espectacular. Llegaba al colegio en su moto. Metía una bulla tremenda. Todos lo envidábamos por su moto. Gracias a su moto, conoció a tu madre. Porque cuando salíamos del colegio a las tres de la tarde, tu padre se subía a su moto y perseguía al bus del colegio de niñas Villa María, que quedaba enfrente. Una tarde, siguiendo al bus de las chicas del Villa María, tu padre hizo una locura con su moto y se cayó. Y un grupo de chicas bajaron a ayudarlo. Y tu madre era una de esas chicas. Así se conocieron. Tu padre caído de la moto, tu madre ayudándolo a levantarse.

Barclays había visto fotos de su padre en moto, en casa de Pepe García Miró, gran amigo de su padre.

-Aunque no me creas, tu padre era muy religioso. No parecía religioso, pero iba a misa todos los domingos, a veces nos encontrábamos en misa, en la parroquia de San Felipe. Tu padre vivía cerca de allí, en una casa muy grande que tenían tus abuelos. Seguramente conociste esa casa.

Barclays asintió en silencio.

-El gran problema de tu padre, lo que le cambió la vida, fue cuando tuvo un accidente en la moto y quedó cojo. Eso lo cambió muchísimo. La cojera lo volvió amargado. Era un tipo furioso, con ganas de romperle la cara a cualquiera. Se peleaba mucho manejando en su moto. Si alguien lo cerraba, o le tocaba bocina, tu padre paraba, se bajaba de la moto y le rompía la cara. Era tremendo. Era un peleador nato.

Nada de eso era novedad para Barclays: él había visto a su padre bajándose del auto porque alguien le había gritado algo, o tocado bocina, o dicho un piropo a la madre de Barclays, y dándole una paliza feroz al imprudente sujeto que había osado desafiar su autoridad callejera o hacer escarnio de ella.

-Yo me fui a estudiar a Nueva York apenas terminamos el colegio -dijo David Walker-. Y dejamos de vernos con tu padre. Pero, la verdad, si te soy franco, para entonces ya nos habíamos peleado.

Luego se quedó callado, como si estuviese cavilando si contar o no los detalles de aquella pelea. Pero, quizás porque Barclays había contado en la televisión chilena las intimidades de la confrontación sin tregua que vivió con su padre, el señor Walker se sintió en confianza de continuar su relato:

-Cuando estábamos por entrar a quinto de media, al último año del colegio, mis padres me mandaron a Nueva York en las vacaciones de enero y febrero, para que puliera mi inglés. Yo tenía una novia. Tu padre ya estaba de enamorado con tu madre. Éramos muy amigos los cuatro. Íbamos al cine juntos. Nos gustaba ir a bailar los fines de semana. Mi novia y tu madre se hicieron amigas. La cosa es que terminamos cuarto de media y yo me fui dos meses a Nueva York y mi novia se quedó sola, esperándome.

Barclays escuchaba con curiosidad. El señor Walker contaba todo con aplomo y serenidad, sin rencores, sin exasperarse: había pasado mucho tiempo, la vida entera, o varias vidas enteras.

-Aprovechando que yo estaba en Nueva York, tu padre empezó a salir a escondidas con mi novia, sin que tu madre se enterase. La subía a su moto y se iban a la playa. Mi novia me mandaba cartas, pero, como te imaginarás, no me contaba que iba a la playa con tu padre, porque sabía que eso me hubiera fastidiado. La cosa es que tu padre y mi enamorada se hicieron muy amigos. Tu madre no se enteraba de nada porque pasaba mucho tiempo en la hacienda de tu abuelo materno, en el campo, muy lejos de la ciudad. Y tu padre aprovechaba esa ausencia, no estar chequeado por tu madre, para salir con mi chica y llevarla a la playa en moto.

Resignado, Barclays esperó las malas noticias.

-Hasta que ocurrió lo que tenía que ocurrir. Una tarde, después de la playa, tu padre la llevó a casa de sus padres, que era una casona grandísima que ocupaba toda la manzana. A tu padre, como era muy jodedor y se metía en líos, le habían construido una casita de huéspedes en una esquina del terreno, para tenerlo medio alejado. Ten en cuenta que tu padre todavía no era cojo, no había sufrido el accidente en moto.

El señor Walker guardó un prolongado silencio, como dudando si contar o no la peor parte, el corazón del conflicto o la discordia. Hasta que hizo acopio de valor y habló:

-Tu padre tuvo relaciones forzadas con mi enamorada. La forzó. Ella era virgen. Yo, por respeto, casi no la había tocado. Pero tu padre era un toro, una bestia, y la forzó. Ella me contó todo cuando regresé de Nueva York, dos meses después.

-¿Y ella dejó de verlo? -preguntó Barclays.

-No -respondió el señor Walker-. Lo peor es que siguió viéndolo. No le dijo a nadie lo que tu padre le había hecho. Dejó que él siguiera forzándola. Se acostumbró a eso. Quizás hasta le gustó, no lo sé. Pero no lo denunció, no le dijo nada a sus papás, y siguió viendo a tu padre a escondidas. Tu padre le dijo a mi enamorada que iba a dejar a tu madre, que ya no estaba enamorado de ella. Quizás por eso mi chica siguió acostándose con él. Lo cierto es que tu padre estaba con mi chica y con su chica, o sea con tu madre, con las dos a la vez. Pero a mi enamorada le decía que no se acostaba con su madre, porque ella no lo dejaba.

-¿Y qué pasó cuando volviste y tu chica te contó lo que mi padre le había hecho? -preguntó Barclays.

-Me llevé dos grandes sorpresas -respondió el señor Walker-. Mi enamorada me dejó, dijo que ya no me quería, y siguió paseando en moto con tu papá. Y un día fui a ver a tu padre a su casa y lo confronté, le dije que yo sabía que él había violado a mi enamorada, que era un miserable, un traidor. Pero tu padre soltó una carcajada y ni siquiera me pegó una trompada.

-¿Qué hizo? -preguntó Barclays.

-Se rio en mi cara con gran desparpajo. Y me dijo unas palabras que no he podido olvidar, y mira que han pasado como setenta años: “Chiquitín, yo no he violado a nadie, no seas huevón, ella me violó a mí porque tú no sabías satisfacerla”. Yo lo amenacé con denunciarlo a la Policía, pero no hice nada, eran otros tiempos, y además mi enamorada ya no quería verme, prefería estar con tu padre. Nunca más vi a tu papá. Hasta que la otra noche estaba en mi casa en Princeton y vi tu entrevista en la televisión chilena.

Hubo un prolongado, incómodo silencio.

-Tenemos algo en común -dijo Barclays-. Somos víctimas de mi padre. Nos traicionó a los dos.

Luego preguntó:

-¿Y qué fue de ella, tu enamorada?

-Me la encontré en un avión a París muchos años después. Murió joven, de cáncer. Me pidió perdón en el vuelo a París. Nos emborrachamos. Y me dijo algo que no he podido olvidar: “El mejor amante que he tenido fue James Barclays. Era una bestia en la cama. Nadie me dio tanto placer como él”.

-Me temo que no he salido a mi padre -dijo Barclays, y se rieron.

Poco después, se despidieron con la promesa de volver a verse pronto, en Nueva York.

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