sábado 21  de  febrero 2026
RELATO

El cómplice del cangrejo

Vivencias que toman forma de relatos y conllevan a la reflexión

Diario las Américas | CAMILO LORET DE MOLA
Por CAMILO LORET DE MOLA

Luis, el empresario español con que trabajaba temas de inversiones extranjeras en La Habana de principio del siglo XXI, me pidió que fuera a su oficina temprano para presentarme a unos panameños que prometían traer mucha plata para invertir en la isla, pero que llegaban sin la menor idea de dónde poner sus cuartos.

Luis presumía de mí como abogado experto en “colar a los yumas” en el incipiente mercado internacional, (en dólares), que habían autorizado en la isla.

Y yo andaba feliz de mi amistad con este español, amable y sano, con quien había hecho una buena mancuerna para flotar y hasta remar en aquellas mareas ciclónicas, de militares estrenando guayaberas y ministros apurados en cobrar antes que llegara el Y2K, que, como Armagedón, auguraba el final de los tiempos.

Por eso era lógico que Luis me propusiera como la mejor opción para desmenuzar los entresijos de la cámara de comercio, el ministerio de la inversión extranjera y las zonas francas. Instituciones que lejos de cooperar entre sí, más bien competían por obstruir cada paso que diera el otro.

En el camino también ayudaba a Luis a descubrir si los supuestos inversionistas eran hombres de negocios o simples putañeros disfrazados de millonarios para colarse en el paraíso de mulatas que algún pícaro les había prometido. Impostores que en aquellos tiempos llegaban por decenas.

Ramón Carretero pasó la prueba desde su primer encuentro conmigo, no solo era un empresario de verdad, además era un tipo serio, concentrado en comenzar cuanto antes sus operaciones en la isla y nada preocupado por la vida nocturna de la convulsa Habana, una ciudad relajada en exceso, que, a golpe de cintura, en la discoteca del Comodoro, intentaba sacudirse de sus peores momentos del periodo especial.

El empresario vino acompañado de uno de sus hermanos, sin problemas facilitaron todos los avales bancarios y comerciales que necesitábamos. Y fueron muy eficientes en cerrar las puertas a cuanto corsario o ladino se aparecía a ofrecerles caminos cortos o negocios “por la izquierda”. Dejando claro que si la cosa era posible pues que fuera “by the books”.

En Panamá eran conocidos como los nuevos ricos, manejaban uno de los sitios más populares de la avenida Balboa, la taberna Bennigans y un complejo de salas de cine a donde los panameños acudían a ver los estrenos mundiales. Tenían también una cadena de tiendas deportivas en las que operaban franquicias importantes como las bicicletas Rali; fabricadas por ellos, la ropa deportiva Fox y los modernísimos lentes de la marca Oakley.

La única mancha que le encontramos a Ramón era que había sido descalificado durante su época de ciclista de alto rendimiento por doparse. Pero para los efectos empresariales y el tamiz del ministerio del interior cubano esa mácula del pasado no hacía sombra ni provocaba interferencias.

Hoy, veinticinco años después, la foto de Ramón me sorprende en la prensa del día: lo identifican como el compañero de fechorías del nieto de Raúl Castro, a quien llaman el cangrejo.

Los han visto juntos durante sus vuelos en avión privado a Panamá; para comprar propiedades y negocios.

Para mi asombro es también el testaferro de Nicolás Maduro en raros manejos empresariales que encubren lavado de dinero y tráficos internacionales.

Tuve que revisar la foto en que aparece junto a Nicolás Maduro para darme cuenta de que era el mismo Carretero, el tipo humilde que voló conmigo hacia Angola, allá por el 2002, en ruta regular y por doce largas horas, para evaluar la inversión en dos puertos y un aeropuerto que pagaba un fondo internacional en ese país africano.

No cabía dudas, el de la foto era el mismo extranjero que había provocado la risa de los guajiros en la ciénaga de Zapata, hace más de dos décadas, por la forma en que agitaba los brazos, desesperadamente, para espantar la ola de mosquitos que nos perseguía, mientras vendíamos unos aserríos móviles, made in USA, que “la forestal” necesitaba para recuperar la madera derribada por un huracán.

Insisto en que cuando le conocí no dejaba ni siquiera que le propusieran cualquier rejuego ilegal, por inocente que pareciera. Lo recuerdo como el tipo que desconfiaba tanto del régimen de La Habana que antes de enviar cualquier contenedor a la isla, me pedía encarecidamente negociar los pagos CIF Habana para que no lo metieran en la histórica lista de impagos que ha llevado a la ruina a tanto aspirante a empresario en la Cuba castrista.

No tengo idea de cómo pudo crecer tanto en el mundo de los teje- maneje del socialismo del siglo XXI y cómo ha conseguido pasar por debajo de la brújula de la Lista Clinton o del departamento del tesoro de los Estados Unidos que, por mucho menos, han perseguido y sancionado a bandidos de poca monta; empeñados en cuidar los negocios de estos comunistas de Rolex en las muñecas y dólares en el bolsillo.

Quizás toda su humildad era una fachada para lucir confiable ante los ojos del régimen habanero. O tal vez lo descubrieron en el camino y le compraron el alma de a poquito, adelantando pagos pendientes, ofreciéndoles prebendas sin necesitad de licitar.

Lo cierto es que además de los dólares del chavismo y del castrismo, Carretero carga ahora un enorme estigma: su nombre está grabado, y en mayúsculas, en el listado de los cómplices, esos despreciables que son perseguidos en todas las dimensiones de la moral y la justicia.

Es evidente que Carretero se volvió a dopar, esta vez en la competencia de la vida, y lo volverán a descalificar, como en la primera oportunidad, cuando lo bajaron del sillín de su bicicleta preferida.

Que no le quepa duda, ahora también lo van a bajar de su avión privado y también terminarán separándolo de sus esteroides de poder.

Con la publicidad ganó enemigos, tanto en Estados Unidos, como entre sus cómplices, a los que ahora no les sirve de nada, a los que ya no les puede esconder sus fechorías.

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