El Encuentro de Partidos de Organizaciones de Izquierda de América Latina y el Caribe (Sao Paolo, 1990), cuyas motivaciones como Foro las confirma en México al año siguiente, revela en sus documentos que para el marxismo “heterodoxo” y mercaderil la única opción es desafiar a la historia según la regla de la absoluta y amoral procacidad política, algo más que el mero relativismo.

No por azar, de su principal promotor junto a Luiz Inácio Lula da Silva, condenado a prisión, señala Rómulo Betancourt que hacía parte de un “grupo de pistoleros”. Afirma que Fidel Castro “se inicia no leyendo libros de teoría marxista, no haciendo proselitismo político ni organizando partidos, sino como banda de universitarios secuestradores”.

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Es el Justo Rigores de la novela de Rómulo Gallegos sobre Cuba, “Una brizna de paja en el viento” (1952), quien a la sazón y por lo mismo, desde mucho antes de la caída de la Cortina de Hierro declara que ha de “usar métodos capitalistas, tiene que retroceder en la ideología” para mantener atadas a las masas sin las cuales el socialismo – “su” socialismo – carecería de destino (Fernando Martínez Heredia, “Rectificación y profundización del socialismo en Cuba”, Pensar en tiempo de revolución, CLACSO, 2018).

El caso Odebrecht – que empantana al mismo Lula (Brasil), a Juan Manuel Santos (Colombia) y a Rafael Correa (Ecuador), igualmente condenado, y que hasta provoca el suicidio de Alan García (Perú) – es, junto al de la empresa de crimen organizado de drogas y oro y exportación terrorista que dirige Nicolás Maduro (Venezuela), la arista de un mal mayor y de profundo calado, de textura globalista.

La toma del poder trasvasa a lo ideológico para el Foro. Le lleva a emparentarse y darse de manos con el enemigo contra el que combate en apariencia: el “neoliberalismo”. Asume a la cultura como objeto de mercado con vistas al mismo poder que ha de ser económico-financiero y sólo por añadidura político, pues hasta este es para sus miembros un bien transable. He allí como ejemplos los acuerdos con el narcotráfico colombiano y el pedido de la izquierda europea para que ocurra otro tanto en Venezuela.

El pragmatismo, distinto de la razón práctica, es norma madre en las izquierdas del siglo XXI. Rige para la Cuba comunista desde cuando sostiene su dependencia de Moscú y para algunos movimientos insurgentes de la región – Sendero Luminoso, en Perú – feligreses de la China de partido único: “En el Gobierno, en las Fuerzas Armadas, en la sociedad y en la escuela, en el norte, en el sur, en el este y en el oeste, el partido rige sobre todas las cosas”, dice Xi Jinping.

Es China, a todas estas, el punto de ignición de la cuarentena global en curso y el otro punto de anclaje hacia el que avanza esta suerte de maridaje morganático entre lo que ha de denominarse sin estridencias “narco-neo-comunismo” y el “progresismo” globalista, que muestra a George Soros y a su “Internacional” como artesanos de una realidad sin seres humanos: la de la conjunción entre el panteísmo dictatorial de la Naturaleza y la dictadura de las plataformas digitales con las finanzas montadas sobre sus autopistas.

Una vez alcanzado y ejercido el poder con fines totalizadores de lo social y ciudadano, para el Foro y su Grupo de Puebla la subjetividad autónoma o el valor del discernimiento del individuo en su relación con la sociedad, troca en subjetividad dispersa e inconexa. A diferencia de ayer, atomizar a las naciones y los Estados les favorece en su pretensión como dictadura globalista y naturalista-digital. Transformar a estos en rompecabezas, nichos o cavernas raciales o de género o de integristas del ambiente o “Jokers” que se miren en lo que Jacques Maritain llama “humanismo zoológico, de la sangre y de la piel”, es el desiderátum.

Se trata de un globalismo de “enajenación” de las conciencias (Consuelo Dinamarca Noack, “Alteridad y enajenación: Una lectura al pensamiento de Arendt y Beauvoir”, Universidad de Chile, s/f.). Pero más que proponerse la ruptura de la regla entre medios y fines legítimos inherente a la democracia, ocurre lo que describe sin rodeos la misma Hannah Arendt como “el terror totalitario que no termina cuando el régimen totalitario ha alcanzado el poder… [pues] se mantiene en movimiento permanente, incluso siendo inútil (Cristina Sánchez Muños, Hannah Arendt: Estar – políticamente - en el mundo, Schackleton Books, 2019). Destruye todo y no solo a los sólidos culturales o éticos y lo hace con sadismo, ¡a mis ganas! Es lo propio del no-ser del progresismo y la posmodernidad.

Avanzar hacia una “hegemonía incultural” que destruya los valores culturales, los forjados por la milenaria civilización judeocristiana y reinterpretar las realidades inéditas de la globalización – de allí su convergencia con el fundamentalismo árabe – es el cometido; pues, al cabo, hegemonía, según el mismo guía de circunstancia del narco-comunismo neoliberal actuante, Antonio Gramsci, significa “capacidad que posee un grupo… de ejercer la dirección intelectual y moral sobre la totalidad de la sociedad” (apud. Muñoz, Modelos culturales, cit. P. 173).

Vale otra vez, así, la enseñanza de Maritain: "Lo que decimos y esto era ya lo que enseñaba Aristóteles, es que el saber político constituye una rama especial del saber moral, no la que se refiere al individuo, ni la que se refiere a la sociedad doméstica, sino precisamente la que se refiere de un modo especifico al bien de los hombres reunidos en ciudad, al bien del todo social; este bien es un bien esencialmente humano y por lo tanto se mide, ante todo, en relación con los fines del ser humano, e interesa a las costumbres del hombre en cuanto ser libre que ha de usar de su libertad para sus verdaderos fines".

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