El término de este año 2025 se presenta ante la historia como lo que podría ser el epílogo de la era de la hegemonía indiscutida y el prefacio de un orden global fragmentado. Lo que presenciamos en los últimos días de diciembre no es simplemente una sucesión de noticias alarmantes, sino la manifestación de una competencia entre potencias que ha trascendido los canales diplomáticos tradicionales para expresarse en conflictos cinéticos y asimétricos de escala global. Nos encontramos en un punto de inflexión donde el sistema internacional se debate entre la persistencia de un unilateralismo transaccional y la emergencia de una multipolaridad competitiva.
Este dilema se hace dolorosamente evidente en las estepas de Europa del Este. El frente euroasiático, que se encamina hacia su cuarto año de guerra, ha experimentado una escalada significativa en los últimos días del 2025. El ataque masivo de Rusia, ocurrido el 28 de diciembre, utilizando un arsenal de cerca de 520 drones y 40 misiles de precisión, contra la infraestructura energética de Kyiv, no fue un acto militar aislado. Fue, en realidad, una herramienta de "diplomacia de fuego". La operación se ejecutó estratégicamente horas antes de una reunión de alto nivel entre el presidente ucraniano Volodomir Zelenski y el mandatario estadounidense Donald Trump, enviando el mensaje de que Moscú solo aceptará una paz que reconozca sus anexiones territoriales.
Desde la perspectiva del realismo estructural, este escenario confirma que el poder es el medio para garantizar la supervivencia en un sistema anárquico. Citando al profesor de ciencia política de la Universidad de Chicago, John Mearsheimer, el mundo se articula hoy en torno a tres grandes centros: Estados Unidos, China y Rusia. Estos tres grandes actores de la geopolítica global se mantienen en una condición de conflicto permanente, lo que elimina la posibilidad de una estabilidad duradera sin que exista un nuevo gran acuerdo global. La respuesta de Ucrania, el 29 de diciembre, golpeando infraestructuras rusas que afectaron la producción de crudo en Kazajistán, demuestra que la multipolaridad actual es profundamente disruptiva, capaz de generar daños colaterales masivos en los mercados energéticos globales y en intereses corporativos occidentales.
Mientras tanto, en el Pacífico, la operación "Misión Justicia 2025", lanzada por China el 29 de diciembre recién pasado, ha puesto al mundo en vilo. Este bloqueo total simulado sobre Taiwán no solo busca disuadir la independencia de la isla, sino establecer una "disuasión externa" contra Estados Unidos y sus aliados. El posible involucramiento de Japón sugiere que el estrecho de Taiwán es ahora el epicentro de la disputa entre un orden regional, liderado por el sistema de alianzas estadounidense, y la visión china de una hegemonía continental indiscutible. Aquí, la seguridad se percibe no solo como una acumulación de poder, sino como una construcción social basada en identidades y culturas colectivas que chocan frontalmente.
En este torbellino, Estados Unidos ha respondido con un giro radical hacia la "Flota Dorada". El anuncio del USS Defiant, un acorazado clase "Trump" de 40.000 toneladas, equipado con armas nucleares y láseres, marca el regreso a una doctrina de fuerza imponente que busca disuadir a cualquier potencial adversario. Esta postura se manifestó el día de Navidad con ataques unilaterales en Nigeria contra células de ISIS-Sahel. Aunque justificados, bajo la lucha antiterrorista, estos actos de unilateralismo subrayan la capacidad tecnológica única de Washington, pero también exacerban las tensiones locales al ignorar, en ocasiones, la soberanía nacional de los estados con una institucionalidad más débil, como es la realidad del Sahel.
Este contraste revela una crisis estructural del multilateralismo. Las Naciones Unidas enfrentan un "agotamiento sistémico" donde el uso sistemático del veto ha bloqueado resoluciones críticas. Asistimos a una desoccidentalización del orden global, donde se percibe un doble estándar normativo: se exige el cumplimiento del derecho internacional en unos lugares mientras se ignora en otros. Desde la perspectiva de los estudios críticos de seguridad, la verdadera seguridad debería buscar la emancipación de las personas frente a la pobreza y la opresión, y no solo la preservación del poder estatal. Sin embargo, la realidad de 2025 muestra que el Estado sigue siendo el principal proveedor de seguridad, aunque sus métodos sean a menudo de "suma cero".
Por otro lado, si nos preocupamos de alguno de los conflictos de menor escala, como el enfrentamiento fronterizo entre Tailandia y Camboya, se observa el colapso del arbitraje efectivo. Ni la presión de Washington ni la de Pekín lograron sostener una tregua de más de 24 horas, lo que evidencia que, en un mundo multipolar, los actores regionales tienen mayor margen para desafiar a las superpotencias cuando sus intereses nacionales están en juego. La parálisis de la ASEAN y de la ONU deja un vacío que la fuerza militar intenta llenar desesperadamente.
El dilema de la multipolaridad en 2025 radica en su falta de mecanismos de gestión de crisis. A diferencia de la Guerra Fría, la proliferación de drones, armas hipersónicas e inteligencia artificial ha reducido los tiempos de reacción, aumentando el riesgo de errores de cálculo catastróficos. La competencia entre grandes potencias utiliza a menudo a los estados frágiles como piezas del tablero de ajedrez global.
En conclusión, el año 2025 nos deja una advertencia severa: la supervivencia de una civilización global funcional no dependerá de quién gane la batalla por la hegemonía, sino de si somos capaces de reconocer que los desafíos del siglo XXI, como la regulación de la IA o el cambio climático, no pueden resolverse mediante el repliegue nacionalista o la imposición de la fuerza. Mientras el mundo se debate entre la nostalgia de un orden unipolar que ya no existe y la incertidumbre de una multipolaridad fragmentada, parece haber elegido el conflicto como su único lenguaje.
Leonardo Quijarro Santibáñez, RAdm, Armada de Chile (Ret.), Analista Sénior Invitado, MSI²
Publicado originalmente en el Instituto de Inteligencia Estratégica de Miami, un grupo de expertos conservador y no partidista que se especializa en investigación de políticas, inteligencia estratégica y consultoría. Las opiniones son del autor y no reflejan necesariamente la posición del Instituto. Más información del Miami Strategic Intelligence Institute en www.miastrategicintel.com