Con el frío, el cielo raso y la explosión rosa sobre el horizonte. No se erizan las aguas. Nada se inquieta. Está ya la tierra convertida en sombra, la bóveda del cosmos es una luciérnaga. Negro tizón en la montaña, las casas, una estaca de luto recortada en el añil, vuestras sombras pequeñas y alegres. La última explosión de luz de la jornada, su agonía ante el avance de la noche, estiliza el contorno de las grúas, las redes y los enseres portuarios, que se preparan para otra madrugada de hielo. Seis campanadas en un lejano reloj de pared cruzan la tarde como el espíritu de una anunciación. Gruesos ovillos de algodón trepan y saltan desde las chimeneas; abajo estarán en ascuas. Los barcos se rinden al plácido sopor y se entregan quedamente a la marea. Mis manos se congelan en la barandilla de hierro. Observador y marinero. El instante, esta luz densa y crepuscular sobre la ría, bien merece un catarro con sus febriles padecimientos. Mirar a los ojos de la belleza. Eso es todo.

Nos cala el relente, tanto como esta tranquilidad atraviesa el alma. El pueblo está desierto, como esperando una noticia importante en los tiempos de los transistores, no hay esquina sin un señuelo exagerado de inquietante soledad. A veces algunas sombras cruzan una galería, apagando por un momento las luces intermitentes de un árbol. Resplandece a oscuras un televisor en la única ventana habitada de un edificio al borde de la ruina, con las puertas clausuradas con tablones. Y el manto negro de la penúltima noche del año avanza a mi espalda, cubriendo de luto todo a su paso, desde los altos brotes del río hasta su espaciosa desembocadura en el mar.

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La contemplación es un tesoro. Todas las formas de rosas y esplendores de fuego se juntan y danzan sobre el agua en el instante que sigue a la huida del sol. Todo se serena, se contrae, se cierra y descansa. La vida se cierne. Todo acalla, todo duerme, aunque tan solo esté mediada la tarde, porque el invierno en este lugar sabe ponerse severo, y hace los cabos recios, las piedras compactas, las flores más débiles mueren a su paso, abrasadas por el juez inconmovible de la escarcha.

Este anochecer de diciembre. Una promesa de esperanza. El mejor futuro es este lugar. El mejor futuro es ahora. Este anochecer es la naturaleza rendida a sus propios encantos. Todo cuanto puede arrebullar nuestro interior, sobrecoger nuestros sentidos. Allá, donde un fanalico da la entrada a la bahía, como si fuera la misma estrella de los Magos de Oriente. Y aquí, faroles de luz cerosa en las tapias del muelle, brillante la piedra por la humedad, que ya cae al vacío el termómetro, mientras clavamos bien las manos en el bolsillo y levantamos los cuellos de nuestros abrigos, sin despegar la mirada del estuario, con nuestras nubecillas de vaho desperezándose ante nuestros rostros rosados por el frío.

Querríamos pintar todo esto con los colores de los ángeles, que nos cedieran sus ocultas paletas, que sostuvieran lienzos llenos de prodigiosa púrpura, que enderezaran las torpezas de nuestros trazos, como dicen los santos que hacen cuando suben las oraciones vagas y desenamoradas de la tierra a las alturas. Querríamos retratarlo para la posteridad como los poetas, con letras que penetraran el corazón, que hicieran feliz la melancolía, que recordaran el nombre de los peces, de los aparejos, de los bancos de arena, que festejaran esta alegría contenida que nos inunda los ojos. Querríamos, en fin, detenerlo, como hacen con el gozo y la belleza en el Cielo, para solaz de los dueños de la infinitud. Detenerlo para siempre. O guardarlo en el corazón con la mágica sorpresa del negativo de una vieja fotografía que aparece sagaz en el dobladillo de un cajón. Y entretanto, apenas acertamos a fotografiarlo furtivamente, como si no quisiéramos incomodarlo. Para que no se nos olvide que un día fuimos testigos de la locura festiva de la Creación, de un Dios que es el mayor y el primero de los artistas, vanguardia y tradición, arte y ensayo. Todos cuantos más tarde nos hemos consagrado a la búsqueda de la verdad, lo bello, lo onírico y lo real en las letras, en la música o en la pintura, seguimos esa misma senda sublime, con las dudas de los primeros pasos de un bebé, con los ojos cegados por unos faros deslumbrantes en la carretera, caminando a tientas hacia las lejanas huellas del Alfa y Omega Creador de belleza, el Alfa y Omega del gran lienzo de fondo de nuestra vida, en este mirador que evoca el paraíso que un día fue esta misma tierra, para que nunca olvidemos lo que nos espera al otro lado del horizonte presente, allá donde desembocan todos los ríos, en el estuario de la eternidad.

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