El titular, antes que apelar al pesimismo, es una alerta. En la ruptura «epocal» y de incertidumbres inevitable que conocemos, urgen las certezas y el trazado de caminos de reconstrucción ante la deconstrucción cultural en marcha. Y si algún paradigma –a pesar de su contenido belicista– debería servirnos, es el ucraniano, dada su ejemplaridad.

Las élites globales aplauden, cada vez menos, el arrojo de este pueblo eslavo ante la agresión salvaje que sufre por parte de una Rusia históricamente imperial y que, paradójicamente, nace de su mismo seno; a la par que le piden, aquellas a este, cese en su lucha por la vida en libertad y la defensa del valor del arraigo en sus lugares, “para que haya paz”. Que se sometan, en pocas palabras.

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La enseñanza perversa es que todo, otra vez, se vuelve transable para el manejo del poder. Todo sería relativo para su ejercicio, y las certidumbres unos simples imaginarios y más propias de la ética personal. No habría que escandalizarse, por ende, si las víctimas de la violencia del poder no acotado y globalmente desregulado emigran como bancos de sardinas para sobrevivir. Al mundo corresponde, así, antes que atacar a las causas aliviar los padecimientos, como recién lo intenta la Cumbre de las Américas en Los Ángeles.

Henry Kissinger ve ilusoria la victoria de Ucrania y le sugiere negociar con Moscú, renunciando a parte de sus territorios “para que haya paz”. Nada distinto, por lo visto, es lo que le demandó el gobierno de Barack Obama a los colombianos y la Casa Blanca le exige esta vez a los venezolanos, a saber, entenderse, transar con los violentos que los han oprimido, en beneficio de la paz y “para que haya paz”.

Sin llegar a tanto, desde el Vaticano se dirige el dedo acusador hacia Occidente y no contra el agresor. Aquél se habría entremetido en las cuestiones domésticas de esa puerta de unión con Oriente, que sería la antigua Ruz de Kiev, provocando la trágica reacción de Vladimir Putin.

Desde Roma, al cabo, y así ocurre también en sus relaciones con China, se reivindica el valor de la Ostpolitik: la normalización de los vínculos que con el comunismo hizo en el pasado la Alemania de Willy Brandt. Los papados de Juan Pablo II y Benedicto XVI, antes bien, la pusieron en el congelador hasta que llega Francisco. Y es que el primero conoció bien y vivió en carne propia la maldad e inhumanidad del régimen comunista. El segundo, entre tanto, aún hoy no ha perdido su clara memoria del mal absoluto durante el nazismo, causante del Holocausto, que al cabo hizo despertar y volver a sobreponer la razón de Humanidad, el respeto a la dignidad de la persona y su trascendencia, por encima de la voluptuosidad del poder de los Estados y los gobiernos.

“Donde la razón positivista –lo transado entre poderes con independencia de la Justicia– es considerada como la única cultura suficiente, relegando todas las demás realidades…, esta reduce al hombre, más todavía, amenaza su humanidad”, recordaba el papa Ratzinger en 2011 a los integrantes del Parlamento alemán, luego de agregarles que “servir al Derecho y combatir el dominio de la injusticia es y sigue siendo el deber fundamental del político”.

En pasada columna, observando lo preocupante del cambio de paradigmas en boga, señalé cómo, tras la inauguración de un museo en Davos que mostraba las atrocidades de la guerra rusa contra Ucrania y sus crímenes de lesa humanidad, los asistentes al Foro Económico Mundial optaron por dirigir su atención, solazados, hacia su invitado especial, el gobernante chino Xi-Jinping. Y el caso es que, horas antes del aldabonazo de Marte, junto a Putin declaró que los criterios sobre la libertad y los derechos de la persona humana –no digamos los de la democracia- hacen parte del fuero de cada nación. El genocidio que hizo fraguar al orden mundial posterior a 1945 quedó enterrado, borrado en su significación para los anales. Lo mismo piensan la pareja Ortega-Murillo en Nicaragua, Diaz-Canel en Cuba, y el chavo-madurismo de Venezuela.

¿Qué ha pasado o cómo se explica esto?

Entre tantas respuestas posibles, una es más plausible y con ella concuerdo, sin haberla conocido al momento de escribir mi libro “El viaje moderno llega a su final” (2021). He repetido que en los 30 años recorridos desde 1989 con la caída del Muro de Berlín hasta el 2019, con la pandemia universal y bajo el hecho de la guerra que le sigue, incluida sobre todo la guerra cultural entre el Oriente de las luces y el Occidente de las leyes, lo determinante de lo actual es nuestro ingreso a la tercera y cuarta revoluciones industriales, la digital y la de la inteligencia artificial.

Pues bien, el filósofo alemán de origen surcoreano Byung Chul Han, en su libro “No cosas” (2021) advierte, lapidario, que vivimos en un reino de información frenética que se hace pasar por libertad, se coloca delante de las cosas y las desaparece, desmaterializando al mundo. Y sostiene que con la pérdida de las cosas se van nuestros recuerdos, los que nos dan estabilidad como individuos y sociedades, a partir de los que podemos razonar, discernir, elegir en conciencia. Sólo almacenamos datos en lo adelante, pues hemos dejado de habitar la tierra y el cielo, para habitar las nubes y sus redes, esgrime.

La verdad, que es duración y constancia, y que le da firmeza al ser, ha dejado de serla al perder su referencia en las cosas. No debería sorprender, de consiguiente, que el régimen de la mentira y el cinismo esté encontrando cómodo habitáculo en un Occidente que a diferencia de los rusos y los chinos se avergüenza de sus raíces.

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