sábado 21  de  febrero 2026
pandemia

El hermano tonto de Ratatouille

Necesitamos que pasen cosas. Apagar las redes sociales una larga temporada e inundar en masa los bares como pangolines celebrando la muerte de un murciélago
Diario las Américas | ITXU DÍAZ
Por ITXU DÍAZ

Como escritor, la pandemia me ha cambiado por completo. Soy un tipo que antes protestaba porque no podía escribir con tanto ruido y ahora protesto porque no puedo escribir con tanto silencio. Hoy se celebra en todo el mundo el Día del Libro y, para los que estábamos acostumbrados a vivir de contar las historias de los demás, ya sea en verso, en prosa o en columna, este parón mundial es la ruina. O la gente empieza a salir a la calle y hacer el idiota como de costumbre, para que los articulistas podamos insultarles a placer, o el sector se vendrá abajo. Tan solo los políticos prosiguen proporcionándonos material, pero no es suficiente para abastecer a toda la legión de escritores. Además, con eso de las nuevas tecnologías, la mayor parte de la carnaza de la idiocia la consumen los tuiteros, y para los profesionales del despelleje literario no quedan más que las raspas. Necesito que alguien haga algo. Y que lo haga delante de mí.

He firmado más de mil columnas en los últimos quince años y nunca me había visto en una situación tan difícil. Pertenezco a esa clase de columnista cabrón que está siempre esperando el fallo del contrario, pero si el contrario no se mueve, no hay fallo que contar. Si todo el mundo se está quieto en su casa, tampoco hay material para nuestros personajes y obras de ficción. Supongo que debo dar gracias a Dios porque logré entregar el manuscrito de mi próximo libro a mi editor antes del comienzo de la pandemia. De lo contrario ahora estaría desesperado, buscando la inspiración con prismáticos desde el salón de casa, y con el riesgo de acabar como mi vecino, que antaño era un reputado poeta de amor, y ahora se pasa las horas sentado en la escalera de casa, rimando puerta con muerta, luna con vacuna y trampilla con mascarilla.

Serán tantos los novelistas, poetas, pintores y cantantes que el próximo otoño llenarán las tiendas con obras sobre su propio confinamiento en casa que las autoridades haría bien en ir preparando un plan de emergencia para socorrer a miles de lectores con ataques de claustrofobia. Que solo faltaría que cuando nos saquen de este encierro, vengan los cuentacuentos a recordarnos lo enriquecedor, divertido o deprimente y devastador que fue pasarse la primavera de 2020 confitados, como dice el diccionario predictivo de mi móvil, siempre sabio, excepto el día que le mandó “un balazo” a mi jefe cuando mi pretensión era enviarle “un abrazo”.

Las viejas secciones de sucesos de los periódicos vienen ahora vacías. Ya nadie atraca bancos, no hay reyertas en las discotecas, ni divertidas persecuciones policiales dejando una hilera de coches en llamas. Nada de nada. En los deportes, las noticias ya no hablan de lo que ha ocurrido en las últimas horas, sino que se ha inventado un nuevo género de periodismo deportivo que relata lo que no ha ocurrido, lo que ocurriría, y para los periodistas más avezados, lo que podría llegar a ocurrir.

Es tal la dimensión de la debacle informativa que incluso han dejado de casarse los famosos que tenían por costumbre desposarse seis veces por semana. Las únicas esposas que salen en la prensa estos días son las que ponen los agentes municipales a esos lunáticos vestidos de Nike, que se saltan la prohibición de salir de casa para hacer deporte por la calle. Y siendo un delito entretenido si lo contemplas desde la ventana, no da para sostener el hilo argumental de toda una novela.

Necesitamos que pasen cosas. Apagar las redes sociales durante una larga temporada, inundar en masa los bares como pangolines celebrando la muerte de un murciélago, y bajarnos diez botellas de vino con los amigos. Tal vez eso pueda reavivar nuestra inspiración. Si no, al menos, al día siguiente nos mantendrá lo bastante ocupados en las dudas existenciales propias de la resaca como para pensar en sentarnos a escribir. Siempre será mejor que estas ganas incontenibles de hornear otra hogaza de pan. Que yo, antes del confinamiento, era un escritor más o menos maldito que se alimentaba solo de cerveza y libros de Cioran, y ahora parezco el hermano tonto de Ratatouille.

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