miércoles 18  de  marzo 2026
OPINIÓN

El Martí de mi niñez

Todos los años íbamos a pie a la casa natal de José Julián Martí y Pérez

Diario las Américas | TANIA QUINTERO
Por TANIA QUINTERO

Tuve la suerte de nacer en 1942 y educarme en tres escuelas públicas de la barriada El Pilar, en el municipio habanero del Cerro.

Ya sabía quién era José Martí cuando en 1947, a los cinco años, me matricularon en el kindergarten que había por la Esquina de Tejas.

A esa edad, ya había visitado su casa natal, en la calle Paula 102, cerca de la estación de ferrocarriles. Había preguntado y mis padres me habían explicado quién era ese hombre con un bigote, que siempre estaba serio y vestido de negro. Después de haber estado en su 'casita', vi otras fotos suyas, de niño, de su madre, doña Leonor, y de su padre, don Mariano.

En 1948 comencé el Pre-Primario en la Escuela Pública 126 "Ramón Rosaínz", a la cual por las mañanas asistían los varones, y por las tardes las hembras. La directora se llamaba Modesta Ramírez. Ella y el resto de las maestras eran doctoras en Pedagogía.

No solo eran excelentes dando clases; también inculcándonos amor y respeto hacia todos nuestros próceres. Pero hacia Martí había una devoción especial. En los actos cívicos de los viernes no faltaba una alumna de buena voz y dicción que recitara uno de sus poemas.

Entonces, no había un escolar que de memoria no se supiera Los Zapaticos de Rosa o los Versos Sencillos más conocidos. Cuando se aproximaba su natalicio, se informaba sobre la Canastilla Martiana, que cada 28 de enero se entregaba a una mujer del barrio que diera a luz ese día.

Tania Quintero
Tania Quintero de niña, vestida de blanco para un evento por el natalicio de José Martí, un 28 de enero, en los años 40.

Tania Quintero de niña, vestida de blanco para un evento por el natalicio de José Martí, un 28 de enero, en los años 40.

Todos los años íbamos a pie a la casa natal de José Julián Martí y Pérez. Y los días 28 de enero, las maestras y alumnas de cuarto, quinto y sexto grado, junto con las de otras escuelas de la zona, marchaban hasta el Parque Central. Cada una llevaba una rosa blanca. Se depositaba a los pies de la estatua del Apóstol, en el Parque Central, muy cerca del Capitolio Nacional. Participé en los desfiles cuando estuve en cuarto grado con la Señorita Margarita, en quinto grado con la Seño Adolfina (en ese grado me dieron El Beso de la Patria, un diploma que anualmente se otorgaba al mejor alumno de ese curso) y en sexto grado con la Seño Carmita, hermana de Margarita, ambas de apellido Córdoba.

Además del desfile al Parque Central los 28 de enero, en la escuela se realizaba un acto y muchas alumnas nos vestíamos de blanco, porque iban a cantar en el coro o realizar una dramatización. En la foto, de 1948, tenía 6 años, estaba en Pre-Primario, no recuerdo en qué participé, sí que estaba muy contenta: mis tías Lala y Cuca, hermanas de mi padre, me habían hecho esa bata, que en el vuelo tenía un pasacinta rojo.Pero lo que de verdad me gustó fue que me compraron un collarcito de 'perlas', me pintaron los labios y estrené un par de sandalias.

Fue mi primer homenaje a José Martí. Después, se lo rendiría a diario, siendo buena estudiante, teniendo buen comportamiento en mi escuela, mi casa, mi barrio. Leyendo La Edad de Oro y los libros que en aquella época acercaban a niños, adolescentes y jóvenes a la vida y obra de aquel hombre inconmensurable. Pero mi mayor homenaje fue cuando fui miembro de la Asociación de Alumnos de la Fragua Martiana.

Una vez al mes asistíamos a la Fragua, en el Hospital y Espada. Íbamos en guagua. Allí nos esperaba Gonzalo de Quesada y Miranda, hijo del Gonzalo de Quesada y Aróstegui, amigo, colega y albacea del Apóstol. Construida en las antiguas Canteras de San Lázaro, donde Martí sufrió el horror del presidio a una temprana edad, la Fragua entonces era como La Meca para los martianos en la Cuba republicana.

La Fragua Martiana era un recinto patriótico. No el local de propaganda política en que lo ha convertido la dictadura castrista.

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