Todavía se le puede leer en el diario español El Mundo, del que fue cofundador cuando el periodismo era una actividad de riesgo y prestigio, no solo de riesgo. Siempre, una lectura placentera. Siempre, algo que aprender. Una visión del mundo serena, inteligente, divertida y desapasionada. Tres vidas periodísticas –dos bajo seudónimo– en una sola: la del vino, la del baloncesto, la de la política. Tal vez porque las tres son la misma cosa: la mayoría de los políticos contemporáneos parecen estar borrachos cuando abren la boca y se pasan la vida tratando de que pasemos por el aro. Un compromiso innegociable: la libertad. Y una característica que lo ha convertido en el bicho raro del periodismo español: la normalidad. Es Víctor de la Serna y compruebo con asombro que hay un montón de jóvenes periodistas que no han oído hablar de él. Y lo lamento, no por Víctor sino por ellos, porque su vida en las redacciones será siempre más pobre.
Cuando yo todavía estaba decidiendo en qué profesión iba a morirme de hambre y asco, escuchar los análisis de Víctor de la Serna en las tertulias matutinas de la radio me reconciliaba con la idea de ser periodista –en este aspecto no estoy seguro de estarle agradecido–. Leer sus páginas gastronómicas en El Mundo era entonces y es hoy un ejercicio de erudición, además de una apuesta segura para acertar con el restaurante perfecto o con el vino del año. Tiempo después tuve ocasión de conocerlo y descubrí por qué a pesar de su inigualable trayectoria no gozaba de algún importante puesto de mando editorial: es buena persona. Gravísimo error que, sin embargo, no parece dispuesto a solventar.
Lo de escribir bien lo lleva en la sangre, tanto por su bisabuela, la escritora Concha Espina, o por su padre, el periodista Víctor de la Serna, como por un buen puñado de parientes, lejanos y no tanto, consagrados al mundo de las letras con brillantes notas en común. Por eso y por su propia y extensa trayectoria, sentarse a cenar con Víctor es hacerlo con un montón de personajes interesantes que ya no están, con historias que ya nadie recuerda, con bendiciones de la vida que el común de los mortales ahora desprecia, con el viejo periodismo y el nuevo periodismo, con la gastronomía de siempre y la cocina tradicional, con la gran Historia de España, o con los primeros periodistas españoles titulados en América. Es, en definitiva, conversar con el siglo XX, con los comienzos de quienes más tarde fueron grandes en el periodismo español, con el salto al mundo digital, con las efímeras modas de los cocineros estrellados, con las viejas formas de elaborar vinos concebidos para toda la eternidad. Quizá por eso, hasta que la pandemia interrumpió nuestros gozos, mi felicidad tenía mucho que ver con esas cenas que cada poco celebrábamos, también junto a mi querido Ignacio Peyró, dignísimo heredero de esa tradición española de prosa excelsa en las cosas del comer y del beber.
Extremadamente independiente, libre, inquieto, cómodo en un sosegado segundo plano, ávido de aprender, generoso como ninguno en una profesión de hienas, y con el sentido común mejor asentado de toda la prensa española, Víctor de la Serna representa a un tipo de periodista que ya no existe, que ya no se fabrica en esas universidades donde lo fundamental es que los jóvenes aprendan lo único que les dará de comer, a saber, el sectarismo y el ejercicio de la adulación política.
Hace algunos meses la crisis del coronavirus se llevó por delante su Elmundovino, el gran faro del vino en español, alojado durante veinte años en El Mundo, aunque el diario podría –y debería– reabrirlo en septiembre. Es, en todo caso, una señal de nuestro tiempo. Lo primero en caer ha sido lo mejor. Sin el vino todo queda teñido de desesperanza. Con el vino todo hasta la melancolía se vuelve dulce. Así que necesitamos ese periodismo más que nunca.
Sirva, de algún modo, esta columna como el tributo que no le rendirá el mundo de la prensa corporativa, que abomina la independencia. Quizá a los jóvenes que aún sueñan con la profesión que fue, con una prensa libre y valiente, con un oficio noble y riguroso, con un periodismo gastronómico o deportivo bien escrito, se les abriría una rendija de esperanza si tuvieran la paciencia de detenerse ante la trayectoria y la obra de Víctor de la Serna. No es una estrella al uso de la generación de los youtubers capaces de vender su alma por un minuto de fama, pero sus cuentas de Twitter –en español y en inglés– concentran todo lo que como periodista aspiro a alcanzar en esta vida: un buen vino, un montón de recuerdos valiosos, y un poco de libertad.