Según el evangelio de Lucas del Nuevo Testamento, en su capítulo II, “sucedió que por aquellos días salió un edicto de César Augusto ordenando que se empadronase todo el mundo. Este primer empadronamiento tuvo lugar siendo gobernador de Siria Cirino. Iban todos a empadronarse, cada uno a su ciudad. Subió también José desde Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por ser él de la casa y familia de David, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. Y sucedió que, mientras ellos estaban allí, se le cumplieron los días del alumbramiento, y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento”.
En esas circunstancias de austeridad y modestia nació el ser iluminado que hace dos milenios marcó el inicio de una nueva era y que con el transcurso de la historia sus seguidores eligieron venerar como Rey de reyes.
Por eso cada año, cuando la llegada de las fiestas navideñas se anuncia en el calendario, debiéramos hacer una reflexión sobre el significado de la doctrina creada a partir de las enseñanzas del inspirador del cristianismo y esforzarnos por hacerlas cumplir o por lo menos, acercarnos a ese propósito, con nuestros semejantes.
De nada vale celebrar la Navidad contagiados por el espíritu festivo de la temporada o imitando lo que hacen otros. No sirve de mucho repetir que somos seguidores de Cristo y recordar que en una fecha como esta nació el salvador.
Para honrar la Navidad, si se es cristiano de corazón, la bondad, la humildad, la aceptación y la compasión son sentimientos que debemos poner en práctica siempre, pero más aún honrarlos en esta sagrada conmemoración.
Los regalos son apenas una acción simbólica. El verdadero sentido de la Navidad vive y se alimenta en el espíritu de quienes la practican.