Están desconcertados los yihadistas. Ven a zombies desmembrados y sangrantes emborrachándose y riéndose por las calles y no entienden nada. Ellos conocen el mal y no les parece divertido. Ellos se toman en serio lo de descuartizar a sus víctimas. No están jugando a ser malos. Lo son. Tampoco a Satanás le parece gracioso Halloween. En realidad, el diablo carece de sentido del humor; su única habilidad es el sentido del horror. Occidente se entrega cada año con más pasión a este culto a las tinieblas. Cada vez es una fiesta más bruta, menos inocente, más burda. Cada vez se percibe mejor su aroma maligno. Lamento decirte que esta guerra te incumbe. Ni trato, ni truco.

Cuando era niño ya se celebraba Halloween en Estados Unidos, aunque aún no se había convertido en un apocalipsis zombie. En España no había ni rastro de muertos, vísceras y telas de araña. Todo llegó como una ola de oscuridad ancestral, rodeado de una inocencia extraordinaria, tras el cambio de siglo. Recuerdo en Madrid la primera fiesta Halloween. La organizaba una cervecería irlandesa. Habían llenado todo el pub de arañas. Soy aracnófobo. Aquello no empezó bien. Acabamos quemando las arañas en la puerta. Las camareras –oh transgresión sutil de aquellos tiempos, ¿dónde estarás?– llevaban como único guiño a Halloween los ojos pintados de un negro gótico. La fiesta estaba destinada a estudiantes extranjeros. Y estaba vacía. Aquello aún era España y la globalización se mostraba reacia a exportar la estupidez; eran más urgentes las vacunas o Internet.

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Hoy en gran parte del mundo occidental se ha convertido en una celebración multitudinaria. Muchos siguen la evolución salvaje de Halloween con preocupación. Pero nadie se atreve a alzar la voz. A fin de cuentas es una fiesta. A nadie le gusta ser el aguafiestas. Hay sin embargo un grupo de personas a las que ya no les importa nada lo que piensen los demás. Por eso me interesa su opinión. Nadie ha recibido más insultos y más terribles que ellos. Nadie ha visto los ojos del odio tan cerca. No tienen nada que perder. Son los exorcistas. Debería hacernos pensar el hecho de que sean ellos los únicos que critican esta fiebre de simulación ocultista. El padre Luzón dice que Halloween es, además del inicio del año satánico desde tiempo inmemorial, “el cumpleaños de Satanás”.

Todo esto es de origen celta. Los druidas invocaban ese día al dios de la muerte. Casa a casa, pedían a las familias una ofrenda para sacrificar: mujeres vírgenes, niños o animales. Lo dejó escrito el historiador griego Diodoro Sículo: "cuando deben indagar asuntos de importancia, ofrecen en sacrificio la vida de un hombre, al que apuñalan con una daga en un lugar situado encima del diafragma, y cuando cae acuchillado, a partir de la observación de la caída, de la convulsión de sus miembros, y de la efusión de la sangre, los adivinos comprenden el futuro".

La celebración duró hasta el siglo I. Cuando los romanos llegaron a las islas británicas, lo prohibieron. Es decir, hasta los romanos, que no eran veganos, sintieron repugnancia. Más tarde el cristianismo trató de reconducir los vestigios del Samhain celta honrando en estas fechas a santos y difuntos, y haciendo del viejo día de oscuridad un día pleno de luz. Los irlandeses llevaron a Estados Unidos la vieja celebración celta. Supongo que era una excusa para emborracharse. El resto de la historia ya la conocemos.

Es solo una inocente fiesta, me insisten. Pero contamos con relatos espeluznantes, procedentes de exlíderes de sectas satánicas, que reconocen que en Halloween se realizan sacrificios, también humanos: “dejan embarazadas a mujeres para sacrificar a sus hijos, en esta noche que es la más importante del satanismo”, cuenta el exorcista Luzon. Es decir, mientras algunos padres disfrazan de diablitas a sus niñas, al otro lado de la ciudad, cuando cae la noche, la misma apelación al mal y a los espíritus no parece un juego.

Muchos mantendrán sus dudas sobre participar o no en esta fiesta. Por suerte existe un buen medidor para saber en qué lado de la balanza situarse. Está incluso por encima de lo moral. Y es lo estético. Es fácil. Nunca te pongas del lado de lo feo. O lo feo se pondrá de tu parte. Entre los zombis, las vísceras o los santos, si hay que elegir, yo, que soy muy aprensivo, prefiero a los niños disfrazados de angelitos.

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