Emigrar es una de las actividades humanas más antiguas. En ocasiones, las personas buscamos un futuro mejor en otro lugar porque nuestro presente es desesperante. Más aún, millones de humanos han emigrado a lo largo de la historia porque sus vidas corrían peligro. En otras ocasiones, dejamos el lugar donde crecimos porque, simplemente, queremos progresar. En la historia de occidente, el proceso emigratorio más impactante ha sido el realizado por los peregrinos del Mayflower en 1620. Si bien el liberalismo tuvo, obviamente, otros orígenes teóricos, es posible sostener que su “bautismo práctico” aconteció en ese formidable y dramático proceso que consistió en la partida, la travesía, la llegada y la permanencia iniciada en la costa noreste de los Estados Unidos, en aquello que hoy es Plymouth-Massachusetts. Como sostiene Charles Murray en su breve pero profundo ensayo, “American Exceptionalism, an Experiment in History”, Estados Unidos ha sido la primera nación en la historia de la humanidad que surge como una idea (una ideología) que se lleva a la práctica. Los Estados Unidos son una idea llevada a la práctica. Es decir, la teoría y la praxis se encontraron épicamente en Filadelfia para yuxtaponerse.

La emigración es un juego de suma positiva que juegan tanto aquellos que buscan un mejor destino como aquellos que los reciben en ese nuevo lugar. Hay aquí algo sumamente paradójico. Mientras en el 99% de los casos la emigración genera beneficios tanto para quien emigra como para la sociedad que lo acoge, por otro lado también es cierto que millones de personas reciben al inmigrante con hostilidad o, al menos, con cierta sospecha. Es que también es parte de nuestra naturaleza humana percibir lo diferente como amenaza. Los humanos hemos evolucionado a lo largo de la historia desde pequeños grupos que apenas sobrevivían y que tenían a la violencia como una parte central de la vida diaria. Casi por definición, estos grupos originales confundían al diferente (es decir, al miembro de otro grupo) como una amenaza o un factor de peligro inminente.

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La comprensión que el otro, el diferente, no era una amenaza sino una (gran) oportunidad para cooperar y progresar solo llegó con la consolidación del liberalismo como forma de vida. Como sabemos, esto es un fenómeno históricamente reciente. La primacía de los derechos individuales por sobre los grupales o colectivos como condición distintiva para una vida civilizada es, para muchos filósofos y pensadores, un proceso lento y muy difícil y, en un punto, “artificial”. Nuestras pasiones y emociones nos llevan, casi “naturalmente”, a percibir en el otro una amenaza más que una oportunidad. Hay un conflicto latente con el otro que, como mencionamos, viene de nuestros ancestros, cuando la escasez primaba por sobre la abundancia. Para cooperar y confiar en el otro necesitamos tiempo, pero cuando los bienes son dramáticamente escasos jugamos (en realidad, jugábamos) juegos de suma cero donde percibíamos que aquello que no acaparáramos nosotros lo acapararían los otros (el otro). Consecuentemente, generábamos una profecía auto-cumplida. Solo la contemporánea llegada de la democracia liberal y el capitalismo logró transformar los juegos de suma cero en juegos de suma positiva. Parte principal de ese legado ha sido la aceptación de la inmigración como una gran oportunidad para celebrar. Es cierto, por otra parte, que para algunos (eventualmente, para muchos) la llegada del inmigrante ha generado también un retorno atávico a pasiones y emociones mezquinas.

El ejemplo actual de la crisis energética en el Reino Unido es paradigmático. El gap que ha surgido entre la demanda y la oferta en medio de la salida de la pandemia supone un problema estructural que, obviamente, trasciende a la coyuntura británica. Sin embargo, la experiencia allí es representativa en tanto se ha sumado un nuevo problema que consiste en la escasez de transportistas, en parte como consecuencia del Brexit y su impacto en la presencia de choferes de la Europa continental. El otro (los choferes, principalmente de los países de la Europa del este) ya no solo no son una amenaza sino ahora han devenido imprescindibles.

También en Estados Unidos el discurso anti-inmigrante se encuentra muy presente en la parte más radical del arco político. Pero la realidad, que tantas veces golpea a los discursos voluntaristas, está mostrando al mundo entero, con hechos y no con teorías, la cuestión central que es la falta de trabajadores. Varios locales de McDonald´s en Estados Unidos están a punto de cerrar sus puertas ya que no consiguen contratar personal suficiente ofreciendo, incluso, una paga bastante por encima de la media del sector.

Estas situaciones, insistimos, contrastan de manera potente con los discursos voluntaristas que acusan y hacen del rechazo al desconocido su plataforma política, sin medir las circunstancias que puede provocar, incluso en aquellas personas que dicen defender.

La pandemia ha sido un experimento natural para poner a prueba nuestra tolerancia al diferente. El otro (en este caso, el forastero) como supuesto vector que trae un virus, con el cual podemos enfermarnos y morir, nos retrotrae a la tribu, a lo peor de nuestros prejuicios. El otro ha vuelto a convertirse en sospechoso por el solo hecho de venir de otro lugar. Son tiempos difíciles para las sociedades abiertas y occidente (que es, esencialmente, una formidable concatenación de un conjunto de sociedades abiertas) se encuentra en un complejo laberinto donde se han conjugado una inédita prosperidad, producto de la acción humana en libertad, con la era de la híper información que, demasiadas veces, ha devenido manipulación y desinformación. En esta particular combinación de fuerzas centrípetas y centrifugas, los simpatizantes de las sociedades cerradas aprovechan nuestro atavismo original para potenciar los prejuicios que traemos desde el pasado lejano. Si bien esta manipulación ha sido impactante no deja, por otro lado, de ser en un punto previsible y comprensible. Los defensores de la democracia liberal y el capitalismo moderno sabíamos que los simpatizantes de las sociedades cerradas iban a aprovechar los formidables instrumentos generados por la inédita prosperidad para impulsar su propia opaca agenda.

¿Cómo enfrentar este nuevo y sofisticado desafío? Una de las mejores maneras parecer ser celebrar la inmigración, es decir, celebrar al diferente. En un mundo que día a día supera nuevas barreras tecnológicas, la posibilidad de viajar y aprender es cada vez mayor. Viajar y aprender. Aprender y enseñar. Emigrar y, a la vez, recibir al inmigrante. Cuando todos podamos hacerlo, el otro será cada uno de nosotros en una común celebración de la vida en sociedades abiertas.

Leonardo Martin, director, CESCOS-Miami
Pedro Isern, director ejecutivo, CESCOS

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