Una defensa del Estado Nación frente al avance del globalismo.
El Estado Nación, surgido con fuerza a partir de la Paz de Westfalia en 1648, no ha sido perfecto, pero ha sido el principal escudo de la libertad
Una defensa del Estado Nación frente al avance del globalismo.
En las Sagradas Escrituras, Nimrod aparece como un poderoso cazador ante los ojos del Señor, pero también como el arquitecto de un proyecto que pretendía unir a todos los pueblos bajo una sola lengua, una sola torre, y un solo poder: Babel. Lejos de ser una hazaña admirable, la historia revela una advertencia: el intento de borrar las diferencias étnicas, lingüísticas y culturales de las naciones provocó la confusión de lenguas como castigo divino y la dispersión de los pueblos. La lección permanece vigente, aunque muchos prefieren ignorarla.
En el siglo XXI, el espíritu de Nimrod vuelve a levantar cabeza. No lo hace con torres físicas, sino con tratados supranacionales, burocracias transnacionales, organizaciones no electas, y narrativas uniformadoras que buscan diluir las soberanías nacionales en nombre del progreso, la integración o la paz mundial. Este nuevo globalismo promueve una civilización sin raíces, sin fronteras claras, donde las identidades particulares son vistas como obstáculos para un orden mundial tecnocrático, centralizado y desarraigado.
El Estado Nación, surgido con fuerza a partir de la Paz de Westfalia en 1648, no ha sido perfecto, pero ha sido el principal escudo de la libertad, la autodeterminación y la diversidad real. Es en el marco de los Estados Nación que los pueblos han construido sus instituciones, defendido sus costumbres y participado en procesos democráticos. Sin fronteras claras y sin soberanía, no hay ciudadanía plena, solo individuos aislados frente a fuerzas impersonales y ajenas.
Hoy, bajo eslóganes de "inclusividad", "diversidad" o "cooperación multilateral", muchos gobiernos están renunciando, consciente o inconscientemente, a su derecho de decidir por y para su pueblo. Organismos internacionales dictan políticas migratorias, sanitarias, económicas y culturales que muchas veces chocan frontalmente con las realidades locales. La pérdida del control sobre las fronteras, el debilitamiento de las culturas nacionales y la imposición de valores foráneos son síntomas claros de una tendencia que no es espontánea, sino dirigida.
Este fenómeno no sólo atenta contra la soberanía, sino contra la naturaleza misma del ser humano, que necesita pertenencia, identidad y comunidad. Así como en Babel se intentó forjar una humanidad homogénea, hoy se pretende moldear un “ciudadano del mundo” despojado de sus raíces. Pero al igual que entonces, ese proyecto está condenado a la fragmentación, porque lo humano se rebela contra la uniformidad forzada.
La defensa del Estado Nación no es un acto de nostalgia, ni de xenofobia, como quieren hacerlo parecer los ideólogos del nuevo Nimrod. Es un acto de responsabilidad histórica. Es reconocer que los pueblos tienen derecho a gobernarse a sí mismos, a proteger su cultura, su lengua y su destino. Es afirmar que la cooperación internacional sí es posible, pero entre naciones soberanas, no sobre sus ruinas.
Hoy más que nunca, urge reafirmar el principio de soberanía como base del orden político justo. Urge defender las fronteras no sólo físicas, sino culturales y espirituales, que garantizan la libertad de los pueblos. Urge recordar que la diversidad auténtica no se impone desde arriba, sino que brota del respeto a las diferencias nacionales.
El fantasma de Nimrod recorre el mundo disfrazado de filantropía y modernidad. Pero su objetivo sigue siendo el mismo: erigir un poder único que sustituya la pluralidad de naciones por una torre sin alma. Que los pueblos libres sepan reconocerlo a tiempo, y que esta vez, no sea necesario que una nueva confusión nos disperse para volver a valorarlo.
Elías Wessin Chávez es diputado de la República Dominicana
