domingo 22  de  enero 2023
ANÁLISIS

¿Es realmente racional ser neutral en tiempos de incertidumbre? 

La consolidación de China como hiper potencia global y regional enfrenta a los países de la región a un inédito escenario

Por Pedro Isern

La neutralidad es una criticable condición moral cuyos beneficios estratégicos y económicos se encuentran sobrestimados. América Latina enfrenta contemporáneamente la trampa de la neutralidad ante la creciente rivalidad entre los EEUU y China. La consolidación de China como hiper potencia global y regional enfrenta a los países de la región a un inédito escenario. Mientras durante la “Guerra fría” la relación con los EEUU era conflictiva pero no había incentivos estructurales para posicionarse del lado soviético o realizar ejercicios hipotéticos para jugar la carta de la neutralidad (la propia “Revolución Cubana” es una trágica excepción), la actual confrontación, que para muchos es una nueva “Guerra Fría”, es también ideológica pero mucho más compleja, en tanto China es el principal socio comercial de la mayoría de los países de la región en un mundo crecientemente interconectado, mientras la URSS era un socio comercial secundario (aunque en muchos casos no marginal). Ante este inédito escenario la tentación de la neutralidad se consolida para muchos como una posibilidad válida. Es necesario cuestionar esta percepción.

¿Por qué tiene tanto atractivo el ejercicio de la neutralidad en las relaciones internacionales? Se parte de un principio de incertidumbre, es decir, vivimos en un mundo de información incompleta. No sabemos qué pasará. Dilatamos en el tiempo las decisiones esperando que el futuro cercano nos brinde información que los demás no tienen o que tendrán más adelante. Paso seguido, hay en las relaciones entre las naciones la posibilidad (más aún, la tentación) de minimizar los costos éticos y priorizar los beneficios materiales y geopolíticos. Mientras que en los asuntos personales hay un costo ético preciso (individualizable) cuando ejercitamos en nuestras vidas la neutralidad o la equidistancia, en los asuntos entre naciones las cuestiones éticas poseen una dimensión menor, incluso marginal. Ante un mismo episodio, tendemos a tolerar cierta equidistancia de una nación con otra u otras que no toleraríamos en una persona.

Sin embargo, hay una mala comprensión del fenómeno. Aquí vemos que la neutralidad se enfrenta a 3 resultados posibles. El triunfo de A, el triunfo de B o la permanencia del empate. Obviamente, además de la neutralidad el actor en cuestión podría elegir ser no neutral, es decir, apoyar a A o a B. Supongamos por un momento que A fuera Estados Unidos y triunfara en esta disputa, ante la que nuestro país es neutral. En ese escenario, una democracia liberal que, sabemos, ya ha triunfado en la anterior “Guerra Fría” nos miraría con cierta distancia y desconfianza. Es que, siguiendo el ejemplo, hemos sido neutrales entre la libertad y la dictadura, es decir, la ausencia de libertad. Ubicados en el hemisferio occidental, este (nuestro) hipotético país democrático no pudo definirse y posicionarse como defensor de la más importante democracia de occidente que, más aún, se encontraba en nuestro ejemplo desafiada. Así, es posible sostener que optar por la neutralidad tendría pocos beneficios en caso de un “nuevo triunfo americano”.

Pasemos a un segundo escenario: el triunfo del país B en la disputa. En este caso, triunfaría en esta hipotética nueva “Guerra Fría” una dictadura que, empoderada por esa situación, no vería con buenos ojos la decisión del actor por la equidistancia. En un nuevo mundo unipolar, donde el “Hegemón” es un régimen represivo, la situación del país neutral en cuestión sería delicada.

El tercer escenario sería la permanencia en el mediano-largo plazo de una disputa irresuelta. En este caso, se comete el sistemático error de creer que el ejercicio de la neutralidad posicionaría a nuestro hipotético país en una situación expectante. Eso no es así. Por el contrario, la permanencia en la neutralidad en un escenario de creciente disputa entre una democracia y una dictadura le confirmaría a la democracia (es decir, a los Estados Unidos) que el actor está especulando con un escenario donde triunfe una dictadura y, por su parte, le confirmaría a la dictadura que no tiene allí a un aliado.

Los otros dos escenarios son los siguientes: asumamos que nuestro país hipotético elije no ser neutral y apoyar a la democracia en esta disputa global-regional. Si la democracia (los Estados Unidos) se impusiera en el conflicto, nuestro actor sería parte de un triunfo geopolítico y un triunfo moral. Si la disputa permaneciera en el tiempo sin un ganador definido, nuestro actor hipotético podría también presentarse como un defensor de la democracia y la libertad. El tercer escenario, que reflejaría el triunfo de la dictadura represiva en medio de esa nueva “Guerra Fría”, enfrentaría a nuestro actor a una situación delicada. Sin embargo, esta situación no sería conceptualmente diferente al del primer ejemplo, con una salvedad: el actor o país en cuestión podrá aducir en adelante, en un futuro hipotético, que cuando había que definirse lo hizo por el lado de la democracia y que, eventualmente, es preferible perder siendo un defensor de la democracia que ganar siendo un defensor de la dictadura. Más aún, ante un hipotético triunfo de una dictadura podría ser preferible estar del lado de las democracias derrotadas en lugar de ser neutral.

Por último, nos queda un escenario donde nuestro país hipotético decide no ser neutral y elije desde el vamos a apoyar a la dictadura represiva contra la democracia. Luego, ante el eventual triunfo de la democracia, la posición del país sería geopolíticamente difícil y éticamente deplorable. Ante la eventual permanencia de la disputa, la posición del país sería geopolíticamente frágil y éticamente repudiable y, más importante aún, ante el hipotético triunfo de la dictadura sería también geopolíticamente frágil o ambigua y éticamente lamentable. Así, una conclusión provisoria podría decirnos que, ante la inminente llegada de una nueva “Guerra Fría”, no hay una diferencia ética sustancial entre la neutralidad y el apoyo a la dictadura en la mayoría de los resultados (outcomes) posibles y, en cambio, siempre hay una notable diferencia ética cuando en medio de la disputa un país se posiciona del lado de las democracias y, por cierto, habría una ventaja geopolítica ante el eventual triunfo de los Estados Unidos porque las democracias respetan genuinamente a sus aliados, a diferencia de lo que hacen las dictaduras.

Paso seguido, por algún motivo ante la incertidumbre las naciones (incluso más que los humanos) tienden a buscar la equidistancia ante un problema que, muchas veces, erróneamente perciben como algo distante. Es un “bias” geopolítico sobre el que no se ha reflexionado lo suficiente y sobre el cual intentaremos profundizar en un futuro artículo.

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