@LuciaCNavarro
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Como sociedad, deberíamos sentirnos avergonzados por la incapacidad de proteger a los niños de la violencia intrafamiliar.
Abigail Ch., se une a la lista de niñas asesinadas en Latinoamérica, víctima de la brutalidad de un adulto. Sucedió en Bolivia, a manos de dos adultos: el padre de la niña y su pareja. Él y la madrastra de la menor descargaron su ira contra esta chiquilla indefensa. Antes de haber golpeado a Abigail, la madrastra había golpeado a la hermanita gemela de la niña. Al padre le falló el instinto para proteger a sus hijas porque sí, los hombres se supone que también tengan ese instinto natural que nos hace proteger a nuestros hijos.
En los varones, la intuición se desarrolla a partir de los cambios en el nivel de estradiol (un tipo de hormona) que ocurren en su pareja cuando se encuentra embarazada. En 2001, la revista Mayo Clinic Proceedings publicó un artículo sobre el tema citando que el estradiol es responsable de la aparición natural del instinto materno y paterno.
A lo que no encuentro explicación es al porqué falla el instinto protector en los padres. Me pregunto: ¿acaso no hay alguna medicina, choque eléctrico, terapia psicológica o vecino que hubiese podido prevenir la golpiza que causó en la pequeña Abigail las fracturas en el tórax, piernas, brazos y abdomen, que la llevaron a la muerte. ¡Qué salvajada! Ni siquiera deseo comenzar a imaginar lo que esa chiquita debió sufrir en manos de quienes se supone debieron protegerla.
El 20 de noviembre de 1959, los 78 Estados que conformaban la Organización de Naciones Unidas aprobaron la Declaración de los Derechos del Niño a partir de la que, sobre el mismo tema, se había firmado en Ginebra en 1924. La declaración incluye 10 principios que contemplan a los niños y niñas como sujetos de protección por cada país.
Siendo mamá, entiendo que los hijos pueden llegar a tener una extraordinaria capacidad de sacarnos de nuestras casillas; pero por más que Máximo me haya hecho ver mi suerte, no existe la posibilidad de desear lastimarlo. Admito que una vez recurrí a una tercera persona para lidiar con el interminable llanto de Max. Un médico que vivía en la casa contigua vino a casa y me ayudó a tranquilizarlo. Max tenía poco menos de un año y ante mi falta de experiencia (Max es mi único hijo biológico) no supe que más tratar para calmarlo.
Ninguno de nosotros está exento de perder la cabeza con un hijo pero nada justifica el que descarguemos sobre ellos nuestra ira, frustraciones, coraje o desesperación. No hay travesura o pataleta, cansancio por repetirles mil y una vez que recojan su cuarto o sus juguetes, que no derramen la comida o la leche o que se levanten del sillón y se pongan a jugar o leer un libro en vez de ver la televisión o jugar con aparatos electrónicos todo el día.
Ningún niño nace con un manual debajo del brazo pero cada menor tiene derechos que son inalienables e irrenunciables. Para sus agresores debemos pedir todo el peso posible de la ley. Espero que las autoridades en Bolivia actúen de acuerdo con la norma que aceptaron al ser parte de la ONU y que la muerte de Abigail sirva para recordar a quienes son tan bravucones como para golpear a un menor, que el mundo los observa y que no podrán escapar de la justicia.
Abigail, descansa en paz.
