En Chile, el periodo electoral en que nos encontramos, ha ido adquiriendo protagonismo la cuestión de la consistencia entre lo que se dice y lo que está escrito en el programa y en el trato entre los propios candidatos. En este contexto, ser un hombre de palabra resulta de un valor inestimable.
La persona humana —masculina y femenina— es un ser que tiene palabra. Y la palabra, como enseñaban los antiguos, es la sangre del pensamiento. Por ella, el hombre no sólo se comunica, sino que se manifiesta. En el acto de hablar, se expresa a sí mismo, su interioridad y su modo de vivir en el mundo. Aristóteles llamó a esta capacidad logos semantikós, la palabra significativa, que no es mero sonido, sino expresión de lo verdadero y de lo justo. Gracias al logos, el ser humano trasciende la mera vida biológica (zoé) y se convierte en un ser político (zóon politikón), capaz de deliberar sobre el bien común.
Pero la palabra sólo cumple su fin —su praxis teleía, su acción perfecta— cuando está ordenada a la verdad. La veracidad no es una táctica del discurso ni un adorno moral: es una virtud, una forma de justicia hacia el otro y hacia uno mismo. Quien dice la verdad contribuye a la concordia de la ciudad; quien miente, en cambio, la disgrega. La mentira rompe los lazos del logos, que son los mismos que sostienen la confianza pública y la amistad cívica.
La mentira, nacida del odio y del deseo de manipular, genera violencia. Gobernar en la mentira —como advertía Platón— es convertir la polis en una caverna donde las sombras sustituyen a la luz y la opinión reemplaza al juicio. La mentira política es una forma de dominio sobre la conciencia, y el primer paso hacia la tiranía del discurso. Por eso, el buen gobierno comienza en la palabra veraz.
La retórica, en su sentido más noble, debía servir a la verdad. Aristóteles enseñó que todo discurso político se sostiene sobre tres pilares: logos, ethos y pathos. El logos convence por la razón; el ethos persuade por la integridad del orador; y el pathos conmueve cuando el sentimiento es guiado por la justicia. Cuando estos tres elementos se armonizan, la palabra se hace instrumento de perfección política; cuando se separan, degenera en manipulación y demagogia.
La palabra tiene, pues, una dimensión moral y una dimensión política. Es el puente entre el alma del orador y la comunidad de los oyentes. El político que miente destruye su ethos, y con ello destruye la confianza que lo une con los ciudadanos. La verdad, en cambio, establece vínculos: conocerla, vivirla y amarla son actos inseparables de la persona virtuosa. Sin ellos, la libertad degenera en arbitrariedad y la política se reduce a espectáculo.
De ahí que uno de los cometidos fundamentales del político sea el buen uso y el cuidado de las palabras. No sólo porque la palabra debe respetar la realidad, sino porque puede también pervertir el sentido común, que es el alma de la vida social. Cuando el lenguaje se manipula, se desfigura la percepción de la realidad y se destruye la posibilidad de convivir, de realizar lo propiamente humano.
Por la palabra nos comunicamos, es decir, compartimos la verdad. Pues el logos del entendimiento, al comunicar la verdad, establece un vínculo tanto con la realidad como con los demás. Y en la medida en que vamos profundizando ese vínculo en el tiempo, irá floreciendo lo que será el fruto natural de esa verdad compartida: la amistad cívica, primera de entre las virtudes republicanas.
Por eso, el cultivo del lenguaje y la veracidad de la palabra son la raíz de la amistad cívica. La amistad cívica no es un afecto sentimental ni una simple cortesía: es el hábito de vivir juntos en la verdad. Es la confianza mutua que se funda en la palabra honrada y se sostiene por la fidelidad al bien común. La amistad cívica es el fruto natural de una sociedad que ha aprendido a hablar con sentido, donde el decir y el hacer se corresponden, y donde la palabra, cultivada con veracidad, promueve la paz.
Una comunidad política sana no se mantiene por la fuerza ni por la astucia, sino por la palabra fiel. La amistad cívica es su expresión viva: el lazo invisible que hace posible el diálogo, la cooperación y la justicia. Cuando la palabra se vacía o se falsea, desaparece la confianza, y con ella, la paz civil. Por eso, cuidar la palabra es cuidar la patria; y educar en la palabra veraz es el primer deber de todo político que ame su pueblo.
La amistad cívica, como fruto generoso de la verdad compartida, requiere ciertos nutrientes: la confianza que da seguridad; la fidelidad, es decir, la firmeza del amor en el tiempo; la honradez y la integridad; la sencillez basada en la sabiduría. Todo lo cual configura lo que el viejo republicano Cicerón llamaba el arte de vivir. Y este arte de vivir no es otra cosa que el carácter o modo de ser de la persona, el ethos que inspira confianza en el político.
Los hombres de palabra —aquellos para quienes su palabra vale tanto como su firma— no dicen una cosa y escriben otra, tratan a los demás con respeto y amabilidad. Se mantienen firmes en su topos, en su lugar moral, aunque arrecie el temporal de las encuestas o cambie el viento de la popularidad. Fueron hombres de palabra —y les costó la vida por mantenerla empeñada— un Sócrates, un Tomás Moro, por citar a dos hombres cabales. Para ellos, el “sí” era sí y el “no” era no: credenciales de verdad, y credenciales para la eternidad.
Esto es lo que esperamos los chilenos de a pie de los candidatos a presidentes de la República: hombres y mujeres de palabra. Que comprendan que la política no se edifica sobre la astucia maquiavélica y el cálculo, sino sobre la confianza; no sobre la mentira, sino sobre la verdad que une. Porque sólo donde la palabra se hace veraz florece la amistad cívica, y sólo en ella puede sostenerse el arte de gobernar.
Por: Juan Carlos Aguilera