La escasez, el hambre y la violencia volvieron a convocar a los venezolanos a tomar las calles.
Escasez que ellos no han provocado, sino la mala administración de un Gobierno. Hambre por la falta de trabajo, de alimentos básicos y de precios accesibles, que no se ven por la desenfrenada inflación que el Gobierno no puede manejar. Y violencia, porque ese Gobierno prefiere mandar a matar a su pueblo en vez de escucharlo. n
Suficientes razones para ejercer un derecho que todos los humanos tienen, el derecho a expresarse, el derecho a pedir que se lo respete, que se lo tenga en cuenta y se brinden soluciones a sus problemas.
Dignos derechos que un pueblo merece cuando deposita su confianza u2013a través del voto- en un grupo de gobernantes. Porque no olvidemos que la democracia no es una imposición, la población elige y delega poder a un par de personas, no para que se conviertan en oligarcas tiranos, sino para que administren respetando y escuchando a ese pueblo al cual se deben. n
Lamentablemente, parece que todo eso, que debería ser obvio, no lo es para aquellos que se acomodan en el sillón de un Gobierno y lo convierten en trono.
El Gobierno de Maduro no dio autorización para que su pueblo se movilice y ni siquiera para que u201ctransite u201d por las calles. La excusa fue que las protestas se vuelven u201cviolentas u201d, aunque la violencia que imparte ese Gobierno, directa e indirectamente, no ha tenido comparación alguna con la de un pueblo que simplemente reclama desesperado sus derechos. n
Otra obviedad, que debería saber Maduro, es que aquel Gobierno que aplica violencia contra su pueblo y limita sus derechos básicos, está alimentando el odio y la impotencia. Y cuando el pueblo te da la espalda, tienes que bajarte del trono.