MIAMI.- En el plebiscito con que Juan Manuel Santos intentó, de manera fallida, instaurar sus acuerdos con las FARC, el No le ganó al Sí por un pequeño número de votos: 50,23% contra 49,77%. Ese fue el cómputo final de las urnas. Pero más allá de la superioridad del No y del estrecho margen, hay un mensaje quizás más trascendente: sólo se animó a votar el 37% de los colombianos, mientras que el 63% se abstuvo. ¿Por qué no salieron a votar más colombianos para apoyar o no el Acuerdo de Paz que el presidente Santos arregló en La Habana con las FARC?
En esa significativa abstención habita una respuesta mucho más ardua y profunda que en el No ganador. En ese silencio semántico está la más cardinal de las respuestas de los colombianos, que no es otra que la desconfianza. Y no es en balde.
¿A pesar de la abrumadora insistencia gubernamental en el Sí, podrían los colombianos confiar en un Acuerdo de Paz maquinado por un grupo terrorista y por la dictadura cubana? Tendrían que sobrepasar los límites del perfecto idiota latinoamericano para haberlo hecho. De ahí que la abstención fuera tan cuantiosa. ¿Si los colombianos hubieran leído en esos acuerdos el fin de las FARC, en qué cabeza cabe que hayan botado No, o que la inmensa mayoría no saliera a votar? Sólo las FARC y sus secuaces habrían votado No a la Paz. Es una ingenuidad pensar lo contrario.
El resultado, abstención incluida, demuestra que las FARC no ha dejado ser la organización más odiada por los colombianos. ¿Cómo aceptar entonces que sus líderes, responsables de las mayores desgracias que han azotado a su sociedad, no tengan que ir a la cárcel si sólo admiten sus crímenes, y que como recompensa adicional a sus actividades terroristas se le regalen 10 curules, 5 en el senado y 5 en la cámara, sin necesidad de ir a elecciones, y además puedan optar a todo tipo de cargos públicos de los que depende el futuro del país, entre otros muchos peligrosos privilegios?
¿A quién se le ocurre que pueda premiarse así a un grupo terrorista como las FARC, que han asesinado a miles de personas en nombre de la ideología marxista-leninista? ¿Si esto es justo, entonces qué podemos esperar para el Estado Islámico, que alega que sus crímenes no son tales sino el estricto cumplimiento de la voluntad de su dios, Alá? La justicia jamás puede dejarse contaminar con ideologías, religiones, culturas o intereses de grupos de ningún tipo. Cuando eso pasa, la justicia se corrompe y muere, que es precisamente el objetivo de las FARC.
Por suerte, detrás de la propaganda colosal y despiadada del Sí, una buena parte entendió que el plebiscito no se trataba de la Paz o la Guerra, sino de las FARC encaminadas a gobernar Colombia luego de medio siglo de asesinatos y secuestros. ¿En qué país del mundo democrático los criminales de lesa humanidad son condecorados de este modo tan prosaico y a la vez institucional? ¿O de verdad son sólo revolucionarios que han asesinado a miles de personas por una equivocada interpretación ideológica? ¿Y han secuestrado a otros miles para sólo asustarlos, jugar a los escondidos o porque están aburridos en la selva?
Hoy el mundo centra su foco en la amenaza del Estado Islámico, mientras los líderes de las FARC hacen su pasarela como mansas palomas de la paz. Qué ironía. La FARC es un grupo terrorista tan peligroso como ISIS. De hecho han cometido muchísimos más crímenes. Sólo bastaría con contabilizar los miles de niños secuestrados por esa sarta de matones revolucionarios, convertidos en robots, sicarios, narcotraficantes. Hablar de las FARC es hablar de innumerables matanzas. Ese es el real significado de sus siglas.
Algunos han exclamado: “Qué pena que Colombia votó contra la Paz”. Como si los colombianos fueran tontos o masoquistas. Qué gran falacia publicitaria de la más miope izquierda europea y del mundo. Los colombianos no votaron en contra de la Paz. Jamás pasaría por sus mentes semejante deseo. Al contrario: los colombianos votaron en contra de las FARC, que simbolizan guerra, secuestros, acoso, extorsión, desplazamientos, corrupción, asesinato de miles de personas y de las instituciones democráticas. Los colombianos votaron contra las 297 páginas del Acuerdo de La Habana (qué democrático lugar). Los que votaron No, por suerte no hicieron caso a la simplista y embaucadora pregunta del plebiscito. En las 297 páginas está la respuesta de por qué ganó el No a las FARC.
Es lógico que la mayoría de los colombianos no crea en la voluntad de paz de los guerrilleros. Sería como creer en un sicópata y entregarle el cuidado de nuestra familia. La falsa paz de las FARC y La Habana no sólo pretendía ir al borrón de los miles de crímenes y cuenta nueva, sino legislar su poder político. Lo que procuraba el plebiscito era ratificar el acuerdo del partido en el poder, el de Santos, con las FARC. No del pueblo colombiano con los criminales de las FARC. De ahí que la opinión de la oposición no tuviera peso en el acuerdo.
Aunque el Nobel le ha dado fuerzas a Santos para continuar con su sombría estrategia, al mismo tiempo el premio debe influir, como ha afirmado el presidente, en mantener vigente el cese bilateral del fuego a pesar del No a sus acuerdos con las FARC. Los guerrilleros, por su parte, dicen mantener su “voluntad de paz” y que seguirán insistiendo con la palabra, no con las armas. No les conviene manifestar otra cosa. Al menos por el momento.
Las estadísticas también pueden manipularse. Y en política se hace todo el tiempo. Es una invención lo que dijo Santos: “una mitad del país dijo Sí y la otra mitad del país ha dicho que No”. Colombia no está divida políticamente. Lo que sucede está claro: la mayoría de los colombianos no confían en las FARC, como tampoco confían en el gobierno de Santos y mucho menos en el régimen cubano, responsable en la creación de las FARC y árbitro de ese acuerdo mal intencionado entre criminales.
Aunque de momento los colombianos se salvaran de premiar e institucionalizar el terrorismo, no hay completos ganadores. La mayoría del país, el 63% que no votó, no se siente inseguro entregando su porvenir a los Acuerdos de La Habana, las FARC y el gobierno de Santos. Si se quiere hablar de perdedores habría que mencionar, a pesar del regalo manipulador del Nobel, a Santos, las FARC y sus asesores de La Habana en esta patraña enfilada a desarticular la democracia. Pues aún con defectos, es una democracia. Todo lo contrario a lo que intentan imponer las FARC.
Es participar de un inmenso y vulgar sofisma repetir que Colombia dijo No a la paz. Basta ya de publicidades engañosas, como la pregunta del plebiscito: “¿Apoya usted el acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera?”. Los Acuerdos de La Habana son una perversión de la paz. Los colombianos no le dijeron No a la paz. Le dijeron No a las FARC. E hicieron lo correcto.
Más allá de los dos grupos más visibles, los del Sí y los del No, hay un grupo aún mucho más grande: el de la descomunal abstención, que es vital para entender el fenómeno. Ahí sí no hay eslóganes, ni derechas ni izquierdas, ni ambidiestros ni mancos políticos. Ahí se anida una verdad importante. Por ello nadie finalmente ha vencido. Hasta que los terroristas de las FARC sean erradicados, Colombia no habrá ganado.
@luisleonelleon