Cierra el año con la noticia de que en Memphis, Tennessee, retiraron estatuas del político Jefferson Davis y del general Nathan Bedford Forrest, figuras destacadas de la Confederación durante la Guerra Civil (1861-1865). La acción se llevó a cabo, mediante un truco legal, en contra de la opinión de la Comisión Histórica del estado de Tennessee.

Este revisionismo histórico populista no es fenómeno exclusivo de Estados Unidos: lo vemos por igual en Francia, Portugal y España. De hecho, puede aparecer en cualquier lugar, si grupos con suficiente influencia o potencial de algarabía se hacen presentes mediante amenazas, protestas y boicots.

Algunos de esos grupos se inspiran en acciones de líderes mesiánicos, quienes, desde la Revolución Francesa, han pretendido borrar la Historia y cambiar de raíz las costumbres. No más llegar al poder Fidel Castro dio nombre a cada año y fue obligación de maestros y alumnos escribirlo en pizarras y cuadernos. Castro rebautizó avenidas con nombres de “revolucionarios”, echó abajo el águila que coronaba el monumento a las víctimas del acorazado Maine e hizo desaparecer la estatua dedicada a Tomás Estrada Palma, el primer presidente de Cuba.

Hugo Chávez ordenó el retiro en el 2004 de todas las estatuas de Cristóbal Colón, a quien tildó de “jefe de una invasión”. Curiosamente, esta fobia con el almirante nunca tuvo eco en Cuba, pero sí en otros lugares.

En Argentina, el Gobierno de Cristina Kirchner logró retirar en el 2013 la estatua del Almirante situada detrás de la Casa Rosada. La idea era reemplazar el monumento por otro dedicado a la guerrillera boliviana Juana Azurduy, que costó más de $100,000.00 a Evo Morales. Finalmente, la obra dedicada a la generala fue a parar a la Plaza del Correo, frente al Centro Cultural Kirchner, mientras que el conjunto escultórico dedicado a Colón aún no retornó a su sitio original.

Hace unas semanas en Lisboa, Portugal, el grupo “Descolonizando” quiso echar abajo la estatua del jesuita Antônio Vieira (1608-1697), acusándolo de esclavista, pese a que el clérigo había enfrentado a la Inquisición y defendido a los indios.

En Cataluña, España, los independentistas se empeñaron en borrar la palabra “Espanya” del paisaje urbano: según el diario ABC, en el 2001 había 111 calles o plazas con ese nombre; en 2017 solo quedan 87. Para agravio de la literatura, también quisieron eliminar a Antonio Machado, Francisco de Quevedo, Calderón de la Barca, Garcilaso de la Vega, Luis de Góngora, José de Espronceda, Ramón de Campoamor, Gustavo Adolfo Bécquer, Tirso de Molina y Francisco Goya, entre otros, por considerarlos “hostiles a la lengua, cultura y nación catalanas”. Por fortuna, la propuesta no avanzó, aunque la manipulación de la historia en los programas escolares de la comunidad autónoma viene ocurriendo desde hace años.

Lo común a todas estas acciones —aparte del desconocimiento del fenómeno histórico que acusan— es que pretenden juzgar a figuras y situaciones del pasado con valoraciones y criterios morales del presente. En realidad, responden a una agenda que en poco se relaciona con el objeto de la condena.

Pensemos, por ejemplo, en el fenómeno de la esclavitud. Esta data desde tiempos inmemoriales y las primeras obras de la literatura mundial (la Ilíada y la Biblia) así lo atestiguan. No se podría hablar de las civilizaciones antiguas (Egipto, China, Grecia y Roma) sin hacer referencia a la esclavitud. Lo mismo podría decirse de África o América: antes de la llegada de los europeos ya existía allí semejante práctica, sobre todo, como resultado de guerras.

Durante siglos y hasta bien entrada la Edad Moderna la esclavitud era una institución socialmente aceptada. La historia del comercio mundial está marcada por el trabajo esclavo. Salvo excepciones, no hay países donde no haya existido esclavitud en alguna de sus modalidades. De hecho, pudiera decirse que, en algún momento a lo largo de la sinuosa y remota historia de nuestros antepasados hay mezclada sangre esclava blanca, negra o amarilla.

Buena parte de los monumentos que admiran los turistas, algunas de las llamadas Maravillas de Mundo Antiguo, son resultado del aporte del trabajo esclavo: las pirámides de Egipto, el Coliseo Romano, el Partenón. ¿Sería un acto de justicia, atendiendo a los clamores de hoy, hacerlos desaparecer?

La toma de conciencia sobre la naturaleza inhumana y envilecedora de la esclavitud fue paulatina y contradictoria. En Estados Unidos, los Padres Fundadores se percataron de la incoherencia de no incluir el tema dentro de la Constitución que aprobaron en 1787. Algunos, como Washington, Madison y Jefferson, poseyeron esclavos. Con todo, trataron de limitarla y, actuando con sabiduría, dejaron la solución del conflicto para más adelante; pero incluso tiempo después el mismo Abraham Lincoln fue radicalizando su pensamiento a favor de la abolición, lo cual no le libró de fuertes críticas tanto de esclavistas como de abolicionistas.

La Guerra de Secesión (1861-1865) tuvo como centro el tema esclavo, pero no fue su única causa. Es reprobable, por cuestiones de política actual, falsear o simplificar la historia. Los hombres que defendían su derecho a tener esclavos lo hacían por razones económicas y no por crueldad genética. Resguardaban la fuente de su riqueza, su estatus social y modo de vida. El esclavo, a quien apenas unos siglos atrás se le consideraba una máquina parlante, era visto como un “medio de producción” similar a la desmotadora de algodón.

Esos “amos” fueron hijos de su época y es comprensible que se resistieran a abrazar lo que amenazaba sus vidas. Ello no los exime de responsabilidad por las injusticias, crueldades y abusos; ni tampoco opaca el valor y la importancia de las voces más adelantadas que denunciaron, frente a todo, la espantosa esclavitud.

Las heridas de la Guerra Civil —en la que murió casi un millón de estadounidenses— no cerrarán por más que se destruyan u oculten monumentos; mucho menos aumentará el conocimiento de este hecho que marcó a las generaciones por venir y moldeó la cultura norteamericana. Lamentablemente, el pasado no puede borrarse y no admite que se le pidan cuentas.

Pese a la inutilidad del esfuerzo, algunos pretenden hacerlo. Y no solo con el fenómeno de la esclavitud.

Grupos indigenistas y gobiernos populistas condenan a rajatabla la conquista y colonización de América. Se sabe que fue violenta y cruel, ante todo, porque los hombres que la hicieron eran violentos y crueles. Pero ninguna de las llamadas hazañas de Hernán Cortés o Francisco Pizarro pudiera haberse llevado a cabo si ellos no hubieran contado con el apoyo de la población nativa. Los jefes aztecas, mayas e incas no se caracterizaron precisamente por su humanismo. También ellos fueron fieros guerreros, cometían crueldades y esclavizaban a sus enemigos.

Aun reconociendo los horrores y crueldades de la Conquista —recogidas en lo que se ha dado en llamar la Leyenda Negra—, es absurdo negar la grandeza de la empresa de Cristóbal Colón y el inmenso aporte cultural y civilizatorio que trajo España, lo que luego fructificó, al mezclarse europeos, indios y africanos, en lo que hoy se conoce como Hispanoamérica. Si en la actualidad, por encima de las fronteras e idiosincrasias, nos comunicamos y entendemos, lo debemos al idioma español, nuestro cemento cultural.

Como ha señalado el Nobel peruano Mario Vargas Llosa (1936- ), ser latinoamericano es reconocerse mestizo. Así pues, el mestizaje, en tanto combinación de etnias y culturas, impide la separación artificial y ahistórica de sus componentes, circunstancias y determinantes. Lo ha resumido brillantemente el novelista mexicano Carlos Fuentes (1928 - 2012): “Somos lo que somos porque Hernán Cortés, para bien y para mal, hizo lo que hizo”.

Muchas de las iglesias representativas del barroco americano, y que concitan la admiración de historiadores del arte, fueron levantadas con las piedras de los antiguos templos prehispánicos. Son expresión en la arquitectura de la hibridez entre lo español y lo indio que constituye parte esencial de nuestra identidad latinoamericana. En la búsqueda de la pureza autóctona —otro racismo— o una justicia para con antepasados, ¿sería justificable derribarlas?

Ocultar las ofensas del pasado no resuelve los conflictos del presente. Refiriéndose a la Guerra Civil española, el hispanista británico Paul Preston ha aseverado que “no se puede borrar la historia”. Cada generación aporta su propia visión del pasado, basada en nuevos datos y perspectivas levantadas sobre los aportes de las anteriores. Pero el hecho histórico, al igual que su interpretación a través del tiempo, debe preservarse, para así poder analizarlo en su integridad. Es un derecho que no debería violarse a mansalva por grupos o personalidades que dicen defender derechos humanos.

Si faltan monumentos por erigir, construyámoslos; si hay omisiones, llenémoslas; si resulta pertinente una placa aclaratoria, pongámosla. Derribar estatuas solo puede ser obra de necios.

Periodista, profesor de Nova Southeastern University

emilscj@gmail.com

http://www.sehablaespanolblog.wordpress.com

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