En mi precedente columna me refiero a la desaparición del Estado venezolano, ocupándome esta vez de la cuestión de su territorio, elemento fundamental para su existencia. Es el espacio que delimita la jurisdicción exclusiva, léase el ejercicio por los órganos de aquél -si existiesen- de sus competencias o en el que traban sus relaciones sociales y jurídicas los individuos que lo ocupan. En suma, es el sitio en el que se está o se reside, sobre todo, dentro del que se es persona y/o ciudadano. De allí que represente la dimensión espacial de lo que se conoce como la soberanía.

Es verdad que uno y otro elemento –el espacio y la soberanía– han mudado o se han vuelto antiguallas en el siglo que corre, dominado por la virtualidad, ajeno a la materialidad y en el que predominan el tiempo y la velocidad de las realidades. Tanto que, se dice que todos tenemos al mundo en una mano, encerrado en el dispositivo electrónico personal. Tanto que, fuera de la diáspora que aqueja a Venezuela y a Siria, que son ostracismo, las migraciones masivas que se suceden mucho dicen sobre el derrumbe de las fronteras y las acotaciones geopolíticas fijadas por los Estados –El Leviatán de Tomas Hobbes– desde inicios de la modernidad.

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El asunto viene al caso, apartando el ejercicio intelectual o de abstracción anterior, pues la gente, todos nosotros, en uno u otro lado en que nos encontremos, cada uno y todos pisamos tierra firme y en ella habitamos; pero también ocurre que de ella se nos empuja o expulsa a la fuerza por la presencia indiscriminada e incontrolable de asociaciones criminales transnacionales que canibalizan el Hábitat, arrasan con sus recursos y riquezas, como si viviésemos en la hora más pretérita de la conquista colombina.

Entre realidades reales e incuestionables que a propósito se confunden con las fake news –sea por móviles políticos desestabilizadores, sea por choque entre las mismas mafias beneficiarias– y que las hacen exponenciales, la opinión actual se escandaliza, en buena lid, con los incendios que destruyen a la Amazonia, pulmón del planeta.

Poco se dice, extrañamente, de la destrucción que grupos delictivos y narcoterroristas coludidos con intereses cubanos, rusos, chinos y árabes, ejecutan a mansalva en la parte de esa Amazonia que se encuentra bajo la nominal soberanía de Venezuela.

Desde 2016 se ha denunciado, sin eco externo, desde el Parlamento venezolano, el etnocidio y ecocidio que vienen causando más de 150 empresas autorizadas por el régimen usurpador de Nicolás Maduro dentro del llamado Arco Minero del Orinoco. Atrás quedan las Reservas de Imataca o de la Selva El Dorado –contigua a la Zona en Reclamación del Esequibo– y la del Caura, establecidas en tiempos de Rómulo Betancourt (1959-1963), para sobreponerles la destrucción indiscriminada dispuesta por aquél sobre una extensión que alcanza los 112.000 km2. Los estados Delta Amacuro, Bolívar y Amazonas, son gobernados, al efecto, por una estructura paralela de sicarios que integran el crimen organizado, el ELN o Ejército de Liberación Nacional de Colombia y los restos de las FARC.

La virginidad ecológica del país ha sido despedazada. No hay agrupamiento militar, salvo los coludidos con las asociaciones criminales responsables y mencionadas, que haga valer un ápice de soberanía sobre el Sur venezolano. Hasta Hezbollah tiene allí su mina, para nutrir de dineros su actividad terrorista global. Y las masacres de indígenas, pemones en su mayoría, se han hecho hábito. Han sido asesinados, incluso, por ese andamiaje de violencia coludido con gobiernos extranjeros dictatoriales y hecho rompecabezas, propiciado por mafias e intereses mercaderiles que explotan el territorio que hiciera parte de la ahora inexistente República de Venezuela, pueblos originarios –waraos y pemones– que acuden hacia el Brasil para obtener su sustento en medio de la crisis humanitaria que los azota.

Cientos de estos –entre ellos 434 waraos procedentes del Delta del Orinoco– ya ocupan campos de refugiados en Brasil, para protegerse de la inopia, sobre todo para cuidar de sus vidas. Es como si les hubiese atrapado una máquina del tiempo que los devuelve medio milenio atrás, cuando a horas de iniciarse el choque entre dos mundos –así lo narro en libro cuya edición me reservo– “caribes esclavizan o asesinan a los pacíficos arahuacos del sur del Orinoco y del norte, quienes deben huir desde Tierra Firme hacia las islas, alcanzando incluso a Puerto Rico”. La prensa de ahora, avanzado el siglo XXI, cuenta que los Macuxi, indígenas brasileños, protestan airados la invasión que sufren de aborígenes venezolanos.

En escrito anterior señalo, sin exagerar, que “el futuro de Venezuela, al término, se decide en la parte sur de su geografía, en cauce de destrucción como ecosistema y a manos de una refriega de intereses foráneos ajenos a la racionalidad diplomática, política y democrática, que los oculta, deliberadamente”. Da mucho que pensar, por ende, que la prensa internacional fije hoy su atención sobre Jair Bolsonaro, quien enfrenta las intromisiones de Cuba y de Rusia, de las FARC y los elenos en nuestro territorio sur, mientras Maduro, responsable de su destrucción, ofrece ayuda para mitigar los incendios en Brasil. Esas tenemos.

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