La decisión del presidente Donald Trump de responder militarmente al uso de armas químicas contra la población civil por parte de la dictadura de Bashar al-Assad, ha dado a la administración republicana una sólida victoria política y ha conseguido elogios de los principales medios de prensa en el país, que hasta ahora han criticado agudamente su desempeño.
El dictador Assad cruzó una gravísima línea roja que ninguna nación civilizada del planeta puede permitir: usó el letal gas Sarín, según el informe de la investigación llevada a cabo por Washington, contra su propia población con el saldo de más de 80 personas muertas, muchos de ellos niños, y decenas de afectados.
No es la primera vez que el régimen sirio comete un crimen de tal magnitud durante la larga y letal guerra civil que sacude a esa nación del Medio Oriente. Durante la administración de Barack Obama, Assad cruzó la línea roja sin que hubiera una contundente respuesta de Washington, al que el mundo ha mirado desde los lejanos días de la Primera Guerra Mundial como garante de que atrocidades como estas no vuelvan a ocurrir.
La falta de respuesta de Obama en esa ocasión fue percibida por el resto del planeta como un error estratégico que laceró la credibilidad de la nación más poderosa ante sus enemigos y aliados y envió un mensaje de debilidad al Kremlin. Vladimir Putin entendió la falta de resolución de Estados Unidos y reforzó su influencia en la región.
Los entendidos en el conflicto sirio aseguran que Assad echó mano a su arsenal químico amparado esta vez, justamente, en el abierto apoyo del gobierno de Putin, que ha participado en la guerra civil del lado de la dictadura siria y en realidad ha bombardeado -bajo la excusa de estar golpeando a las fuerzas del grupo terrorista ISIS- a las fuerzas rebeldes que han combatido a la dictadura siria durante años.
La decisión del presidente Trump es la correcta y esperamos que venga acompañada de una estrategia clara para poner fin a la guerra civil en Siria, que tantas vidas de inocentes ha cobrado.